Xinyan Yu es una periodista de Wuhan con sede en Washington.

En enero, después de ver desde lejos cómo Wuhan, mi ciudad natal, se desmoronaba al enfrentarse al nuevo coronavirus, pensé que estaba mejor preparada para la pandemia que la mayoría de personas en Estados Unidos.

Poco sabía que este país tendría tantas dificultades, o que seis meses después, yo también contraería el coronavirus.

Desde que comenzaron a surgir noticias sobre el coronavirus, he estado viviendo con extrema cautela. Llevaba cubrebocas a todas partes, a pesar de que la gente me tosía y se burlaba de mí. “Gracias, China. Dios bendiga a Estados Unidos", me gritó una señora en un supermercado cerca de Washington a fines de marzo. Pero la burla no me molestó. He visto lo que se necesita para que 11 millones de personas en Wuhan controlen el coronavirus, y supe que eventualmente todos tendrían que aceptarlo.

En junio, cuando llegaba la fatiga por tantos meses de encierro, mi esposo quería celebrar los 70 años de su padre en Isla de Marco, Florida. Aunque la idea de viajar en un avión era estresante, bajé la guardia después de ver que la curva se aplanaba y se reabrían múltiples estados.

En Isla de Marco, mis suegros, mi esposo y yo éramos un grupo paranoico que se destacaba entre la multitud. Cuando nos aventuramos a ir a una heladería popular, nos horrorizó que ninguno de los clientes que esperaban en la fila o el personal que servía usaban cubrebocas. Poco después de que voláramos a Washington, mi esposo y yo contrajimos el virus.

Cuando le dije a mi familia en Wuhan, estaban incrédulos. En seis meses, parece que China y Estados Unidos habían cambiado de lugar: Wuhan, donde todo comenzó, no ha reportado ningún caso y ha encontrado solo 300 portadores asintomáticos desde finales de mayo, mientras que algunos estados de Estados Unidos están viendo miles de nuevos casos diariamente. El domingo 12 de julio, Florida estableció un récord de un solo día en el país, con más de 15,000 casos.

Mi madre está desconcertada por la respuesta de Estados Unidos ante la pandemia. “Los estadounidenses simplemente no escuchan”, me decía con frustración. Está acostumbrada a ver a las autoridades chinas pisotear agresivamente cada brote del virus. A mediados de mayo, Wuhan le tomó pruebas a 9 millones de residentes en una “batalla de 10 días” en respuesta a un puñado de casos nuevos. Recientemente, un video que se volvió viral en las redes sociales chinas mostró a una mujer llorando histéricamente después de recibir su resultado positivo en un centro comercial de Pekín. En seis días, los rastreadores de contacto en Pekín identificaron y pusieron en cuarentena a las 292 personas que tuvieron contacto cercano con ella para realizar más pruebas.

Al igual que la mujer en Pekín, mi primera reacción al resultado positivo de mi prueba fue sentirme angustiada y avergonzada. La respuesta del coronavirus de China ha alimentado el estigma social y ha hecho que algunos pacientes de COVID-19 se sientan marginados, asumiendo que han puesto sus vidas y a la sociedad en peligro. En algunas ciudades, las autoridades han ofrecido recompensas por reportarse a sí mismos o a otras personas que podrían estar infectadas. Aquellos que dan positivo deben someterse a múltiples rondas de pruebas y permanecer en cuarentena estricta bajo supervisión médica durante semanas.

Pero pronto me di cuenta de que no tenía que preocuparme por eso. Nadie impuso ninguna cuarentena, aunque yo me mantuve en casa durante el período en que los médicos dijeron que podía ser contagiosa. Los rastreadores de contacto en Washington verificaron cómo me sentía cada semana, pero no investigaron a dónde fui ni a quién conocí. Alerté a todos con quienes tuve contacto pero tuve la opción de mantenerlo en privado. Mi médico me aseguró que no sería contagiosa ocho días después de mis primeros síntomas y que no era necesario realizar pruebas adicionales.

En Estados Unidos, decidir cómo actuar frente a la pandemia depende principalmente de las personas, pero China actúa más como una máquina enorme, asignando recursos y mano de obra a cada desafío. Es la diferencia entre colectivismo y el individualismo: China completa está luchando contra una pandemia, mientras que cada estado, comunidad y persona estadounidense está luchando contra la suya propia.

Sin embargo, ninguno de los modelos ha sido completamente exitoso. En Estados Unidos, las políticas inconsistentes y demoradas han hecho que los casos crezcan, que los hospitales se vean abrumados y que las comunidades vulnerables tengan que soportar una carga desproporcionada. En China, los denunciantes y los periodistas ciudadanos han sido silenciados, los censores han estado limpiando el contenido en línea de disidentes, y las rígidas políticas de cuarentena han desplazado a los trabajadores migrantes e inmigrantes.

Hay enfoques híbridos por ahí. Corea del Sur, Alemania y Nueva Zelanda son ejemplos de cómo el colectivismo y el individualismo funcionan de maravilla juntos. Pero atascada entre los enfoques chino y estadounidense, me he estado preguntando: ¿Es mejor salir sin temor a que mi seguridad se debilite, o debería sentirme afortunada de no tener que soportar el estigma y las semanas de cuarentena por contraer el virus?

En el contexto de una pandemia, la libertad es inevitablemente una espada de doble filo. No es solo un derecho universal, sino también un pacto social que funciona solo si todos están a bordo, con cuidado de no infringir en la libertad de los demás con sus elecciones.

El 4 de julio, 10 días después de mis primeros síntomas, decidí salir a ver los fuegos artificiales después de muchas discusiones internas y consultas con mi doctor. Al hacerlo, acepté el estilo estadounidense, con el conocimiento aleccionador de que, a medida que los casos continúan aumentando, lo que elija realmente no hará una diferencia.

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