El viernes pasado, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, dedicó más de 20 minutos de su conferencia de prensa a atacar a un periodista: a mí. Uno pensaría que tendría cosas más importantes sobre las cuales informar a la nación: los contagios por COVID-19 siguen en ascenso, se han registrado casi ocho veces más muertes de las pronosticadas inicialmente por las autoridades, la violencia ha dejado cerca de 60,000 homicidios en su gobierno, y se avecina una crisis económica sin precedentes que, según los especialistas, significará una caída de hasta 9% del Producto Interno Bruto.

En la conferencia, el presidente hizo que su vocero leyera casi íntegras dos columnas mías y presentó dos videos con fragmentos de entrevistas que realicé hace años. Uno de los videos, como no lo encontraban en ese momento, le fue entregado improvisadamente por el comandante de la Guardia Nacional por orden del secretario de Seguridad. El simbolismo no pudo ser más desafortunado, si no es que francamente intimidante: en un momento de crisis por la violencia en México, los jefes del cuerpo militar creado para combatir al crimen organizado ocupan su tiempo en proveer elementos para calumniar a la prensa.

López Obrador no quiere hablar de la pandemia, la crisis económica o la crisis de seguridad. Como dentro de un año hay elecciones para renovar la Cámara de Diputados y su popularidad ha ido cayendo dramáticamente, teme perder la mayoría que su partido, Morena, tiene en el Congreso y truncar sus planes. Así que está en campaña y prefiere atacar a la prensa, así sea mintiendo abiertamente, inventando entrevistas inexistentes, confundiendo videos y alterando la secuencia de hechos hasta por años. Y una vez que él da el banderazo, sus huestes digitales se activan para redondear el acoso en redes sociales.

El mal ejemplo presidencial cunde. Recientemente Sanjuana Martínez, la directora de la agencia de noticias estatal, Notimex, emprendió una campaña sucia en redes que no escatimó en ataques personales contra Carmen Aristegui —comunicadora que difícilmente podría incluirse en la lista de críticos del gobierno— por haber publicado una investigación. El presidente, que se sabe que tiene cariño por ambas, dijo que les creía a las dos, y con ello legitimó el ataque.

En los últimos días, el gobernador de Baja California, Jaime Bonilla, del mismo partido que el presidente, arremetió públicamente contra el semanario Zeta y su directora, Adela Navarro, por haber exhibido sus cifras contradictorias sobre la pandemia.

¿Dónde está el peligro? En un país como México, donde 98% de los crímenes quedan impunes, la actitud del presidente contra los periodistas y los medios —varios hemos sido sistemáticamente atacados por él— motiva a que cualquier autoridad, de cualquier nivel de gobierno, se sienta con la bendición presidencial para agredir a cualquier reportero, editor o comentarista que lo critique.

El tema se complica si consideramos que, en 2019, México fue el segundo país del mundo en el que murieron más periodistas a consecuencia de su profesión, solo detrás de Siria (que está en guerra), de acuerdo con el Comité de Protección de Periodistas. La organización Human Rights Watch contabiliza 19 asesinatos de colegas en el poco más de año y medio que lleva el gobierno lopezobradorista.

Esos dos organismos, además de la Sociedad Interamericana de Prensa, ya han señalado los peligros de estas amenazas y hostigamiento presidencial a la prensa.

Para López Obrador, “todos los buenos periodistas de la historia siempre han apostado a las transformaciones”, y él ha dicho que quiere encabezar una. “Se está por la transformación del país o se está en contra”, ha planteado.

El presidente demuestra así que no le gusta la democracia. No entiende el papel de los periodistas en ella y no tolera la crítica. Su ADN político es autoritario y por eso usa con descaro los instrumentos del Estado para intimidar, calumniar y descalificar a los periodistas que no lo alaban. En general, va contra quien no piense como él y se atreva a decirlo, sean periodistas, científicos, intelectuales, mujeres activistas o padres de niños con cáncer. Su abuso del poder y la estructura que le brinda el cargo para el que fue electo no tiene límite si se trata de ensuciar a ciudadanos que simplemente ejercen la libertad de expresión.

Al ubicarse por encima de los mecanismos de control democrático elementales, apunta hacia una presidencia que va hacia la megalomanía.

No entiende el fundamento de la democracia: el derecho a pensar distinto a quien está en el poder, y tener el derecho a expresarlo. Por eso, en su mente, el periodista que documenta hechos de corrupción de su gobierno y da a conocer información que no le gusta, debe responder a intereses oscuros. No entiende que haya periodistas que hemos investigado, criticado y cuestionado a todos los presidentes sobre los que nos ha tocado informar, del color partidista que sean. Para él, los que no se asumen como porristas de su presidencia son malvados, corruptos, indignos de mancillar con una crítica o una investigación a su santificada figura presidencial.

En esa ecuación cuasi religiosa, la democracia no tiene cabida. Para usar sus propias palabras: no entiende que México ya cambió. Y que ya dejó atrás el régimen cerrado que tanto añora.

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