“Todas las historias de adictos son demasiado largas”.

Con esa frase comenzaba un ensayo sobre la adicción a la heroína que leí cuando era adolescente y nunca la he olvidado. Para los adictos, el ciclo de las recaídas suele repetirse una y otra vez, y eso es lo que lo hace una tragedia especial. En tu primera recaída todos tus amigos y familiares están allí, a tu lado. Pero con cada nueva recaída menos personas aparecen, desalentados por la aparente desesperanza de la situación. Algunos sencillamente se aburren de una historia que parece repetirse eternamente y que no llega a ningún lado. Los círculos concéntricos se van estrechando a tu alrededor y —como toda historia de adicción se extiende más allá del punto en el que aún tiene sentido narrativo continuarla— terminas solo con tu madre, si tienes suerte. O completamente solo si no.

Es una reflexión que recuerdo a menudo mientras veo cómo Venezuela avanza rápido en su descenso al abismo. El ciclo de autoagresión de mi país sigue la narrativa de la espiral con una precisión escalofriante. Hace cinco años, cuando el presidente Nicolás Maduro se negó a aceptar los resultados de las elecciones parlamentarias que había perdido, toda la comunidad internacional estuvo allí, apoyándonos y presionando de forma activa para que la democracia regresara. Pero desde entonces, con cada ciclo de protestas, represión y exilios, hemos sentido cómo cada vez más amigos se alejan. Diplomáticos, editores, líderes políticos, intelectuales: uno a uno fueron desapareciendo. Casi puedes sentirlos reclasificar a Venezuela en sus mentes como “caso perdido”.

En cierto modo, no puedes culparlos. Una historia que nunca cambia es, por definición, lo contrario a una “noticia”, así que no es para nada un misterio la gradual desaparición de Venezuela de los titulares. Al igual que un adicto, el país sigue haciéndose daño de maneras predecibles y repetitivas, agotando la compasión de las personas. El aburrimiento se mezcla con la indignación; la indignación allana el camino para la desconexión. Pronto a nadie le importa.

Es fácil dejarse llevar por la impresión de que si un país sufre por demasiado tiempo, de alguna manera ya no cuenta. Por supuesto, esto es un disparate. Pero cuando nuestra reserva de compasión se agota, nuestra mente busca modos de racionalizar nuestra desconexión. La impotencia y desesperanza se fusionan en un desinterés tóxico. Dejamos de notar el sufrimiento de quienes lo viven.

Pero no se detiene.

Los casos de coronavirus están aumentando dramáticamente en Venezuela debido a una oleada de migrantes que retornan al país tras haber huido de la pobreza extrema en los últimos años… solo para hallarse sin dinero ni trabajo en los países vecinos por la recesión pandémica. Están entrando a escondidas a un país devastado que no podía alimentarlos ni cuando vivían allí, trayendo consigo una enfermedad incontrolable mientras el gobierno intenta llevarlos a campos de cuarentena obligatoria cerca de la frontera.

En Caracas, lo que alguna vez se consideró vida política se ha convertido en una parodia de sí misma, con un gobierno completamente autoritario que ya ni siquiera pretende dar la impresión de ser otra cosa. En una medida descarada contra lo que quedaba de la tradición democrática, el régimen ha tomado el control de los tres partidos políticos más importantes de la oposición y ha instalado a sus propios títeres como “líderes de oposición”. En una señal absoluta de que la revolución socialista ha entrado en la inevitable fase de “comerse a sus propios hijos”, la semana pasada fue arrestado Nicmer Evans, un militante de izquierda disidente que ha liderado la oposición al régimen de Maduro desde la izquierda. Alguna vez considerado uno de los intelectuales socialistas más prominentes de Venezuela, Evans ahora se encuentra bajo custodia en una de las deprimentes prisiones del régimen, enfrentando cargos orwellianos de “incitación al odio” contra un gobierno al que tiene tiempo acusando de no tener suficiente fervor socialista.

Mientras tanto, investigadores independientes de universidades han revelado que Venezuela es actualmente el país más pobre del continente americano, con un impactante 96% de la población experimentando pobreza e inseguridad alimentaria. La economía no ha parado de contraerse desde 2014, convirtiendo las carencias extremas en la condición permanente de una nación que, hasta hace apenas unos ocho años, se jactaba de tener una numerosa clase media.

Las atrocidades no han parado: todos los días se arruinan vidas nuevas. Ante una evidente impotencia, el no saber qué hacer al respecto y la distracción de la pandemia, el mundo simplemente se ha desconectado de estas atrocidades. Tú también, probablemente. No te culpo, es de humanos.

Y aún así, los niños cuyo crecimiento está siendo atrofiado por una crisis alimentaria innecesaria en Venezuela no sufren menos porque simplemente estamos aburridos con la trama. Los disidentes políticos que siguen siendo detenidos y encarcelados no sufren menos porque hayamos dejado de observarlos. El martirio de un país entero no se detiene porque hayas dejado de prestarle atención.

Pero dejaste de prestarle atención. Y no te culpo. Incluso yo he dejado de prestar atención, y es mi trabajo prestar atención. Es natural. Todas las historias de adictos son demasiado largas.

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