El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, encontró su tanque de oxígeno. Estaba ahogándose por su mal manejo de la pandemia, su fallo al diseñar un plan contra la crisis económica, y el incumplimiento de su promesa de mitigar la inseguridad: México es el tercer país del mundo con más muertos por coronavirus, casi 17 millones de personas han perdido ingresos y ha habido casi 60 mil homicidios en sus menos de dos años de gobierno.

Su popularidad lo reflejaba: de 70% de aprobación que llegó a tener a inicios de 2019, había caído a 47% este junio. Pero el presidente encontró el oxígeno para respirar en esta ahogante realidad: recordarle a la población de México lo corruptos que fueron los gobiernos anteriores, retomando así el discurso que lo llevó al poder.

No fue solo de palabra. A principios de julio, el mismo día que visitó y elogió al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la Casa Blanca, ese país detuvo a César Duarte, exgobernador de Chihuahua acusado de corrupción. Una semana más tarde, España extraditó a México a Emilio Lozoya, acusado de ser el nodo de buena parte de los escándalos de sobornos en el gobierno del expresidente Enrique Peña Nieto. Lozoya se volvió testigo protegido y mantuvo su libertad a cambio de que hablara.

Desde entonces, el presidente ha priorizado en sus conferencias de prensa el tema de la corrupción del pasado. Le ha funcionado: aquel 46% de aprobación subió a 53% en poco más de un mes. Está ya en mejor posición de salida para las elecciones federales intermedias del próximo año, en las que se juega la mayoría de su partido en la Cámara de Diputados. Y, sobre todo, reanima a sus militantes, que estaban de capa caída ante los pobres resultados de la administración.

Para este exitoso giro narrativo, el presidente mexicano ha contado con dos apoyos invaluables.

El primero es de la Fiscalía General de la República, que se supone es independiente al poder Ejecutivo, pero a cuyo titular, Alejandro Gertz Manero, se le ha cuestionado su cercanía con López Obrador. Hasta ahora, el fiscal se ha ajustado a los deseos presidenciales.

Unos días después de la llegada de Lozoya a México, el presidente pidió “que se busque un modo que permita, sin violar el debido proceso, informar al pueblo” de lo que Lozoya confesaba a la Fiscalía: nombres, sobornos, empresas, negocios a la sombra del poder. A las dos semanas, el “fiscal independiente” Gertz Manero ofreció un mensaje a los medios revelando que Lozoya había implicado a Peña Nieto, a su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, a cinco senadores, un diputado y un secretario de Finanzas de un partido político. Dijo que Lozoya presentó cinco testigos, recibos —que aparentemente son de los sobornos— y un video. A los tres días, el presidente deslizó que le gustaría que todo México viera ese video. Seguramente pronto estará a disposición del público.

La segunda gran ayuda que ha recibido el presidente es de la oposición. Gobernadores, dirigentes y figuras de los opositores Partido Acción Nacional y Partido Revolucionario Institucional se ven muertos de miedo frente a lo que Lozoya pueda decir y mostrar. En vez de confrontar la situación, parecen estar esperando a ver qué presenta. Como se dice en México: “Para tener la lengua larga, hay que tener la cola corta”. Entre la población, esta actitud calculadora genera una sensación de que tienen algo que esconder.

Toda esta trama arroja para los mexicanos una complicada disyuntiva: está claro que hubo una rapaz corrupción en el pasado y el presidente López Obrador hace bien en perseguirla, condenarla, purgarla; como también está claro que el presidente está usando los escándalos del pasado para que los ciudadanos no vean el presente, para que no se hable de los muertos de la pandemia, los desempleados de la crisis, los asesinados por la inseguridad.

La duda es cómo aplaudir el combate a la corrupción sin caer en una trampa con fines electorales. Porque exhibir la cortina de humo del presidente no es defender a los corruptos impresentables.

Es lógico que el presidente busque extender esta buena racha hasta la elección federal. Pero falta mucho tiempo. Es previsible que vaya dosificando las entregas de esta serie apasionante, tratando permanentemente de recordarle al electorado: ¿Están conmigo o prefieren regresar a ese pasado corrupto? Le ayuda que la oposición no haya sido capaz de presentar una alternativa de futuro.

¿Cuánto durará este tanque de oxígeno? Dependerá no sólo del morbo de los dichos sino de la contundencia de las pruebas. La expectativa del público es que Lozoya sirva para traer a la justicia a su jefe, el expresidente Peña Nieto. Si el testigo estrella del gobierno resulta que sólo logra acreditar casos contra políticos menores —quizá desconocidos para la mayoría de los mexicanos— el desencanto hará que el tanque se agote pronto.

Y para cuando se termine el oxígeno, le convendría al presidente ya no estar bajo el agua, hundido por la realidad.

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