Luz Mely Reyes es periodista y analista política. En 2015 cofundó el medio independiente ‘Efecto Cocuyo’, del cual es directora.

La política venezolana sigue en su inercia hacia la nada. Para agosto de 2020, a un año de que los principales actores políticos dieran por terminada una iniciativa de diálogo bajo la guía de Noruega y otros países, lo que parece prevalecer en la oposición mayoritaria es un ruego para que ocurra un milagro. Mientras tanto, el chavismo, cada vez más ligado al dirigente Nicolás Maduro y desdibujado de su oferta inicial —una revolución para saldar la injusticia social de este país, que alguna vez fue próspero—, se aferra al poder como una garrapata a la piel de un perro macilento.

Según un reciente estudio de la firma Datincorp, para febrero de 2019, casi 50% de los venezolanos reconocían al recién entronizado líder opositor, Juan Guaidó, como presidente de Venezuela. Más de 50 países respaldaron el rol del diputado que asumió la presidencia de la Asamblea Nacional en enero de aquel año y a los pocos días se proclamó como presidente interino del país. Hoy, solo 16% de los venezolanos lo reconoce.

El país, sumido ya en la pobreza y en una emergencia humanitaria compleja pre COVID-19, y cruzando ahora la fase de crecimiento de la pandemia, se enrumba a unos comicios para escoger el próximo 6 de diciembre un nuevo parlamento. De acuerdo con la Constitución, la actual Asamblea Nacional cesa su mandato el 5 de enero de 2021. Los partidos que apoyan a Guaidó informaron que no participarán en estas elecciones. Sin embargo, otros sectores no chavistas, pero contrarios a Guaidó, agrupados en la instancia de Mesa de Diálogo Nacional (MDN), sí participarán. Lo hacen, explican, porque no descartan la opción electoral, pese a las falencias del proceso.

La decisión de abstenerse asomó tímidamente la discusión sobre qué hará el actual cuerpo legislativo: entregar el único poder con legitimidad de origen que hay en Venezuela o declarar una continuidad administrativa, que a su vez llevaría a una gestión en el exilio.

También llevó a un inesperado pronunciamiento de la Conferencia Episcopal Venezolana, cuyos obispos razonaron: la abstención no basta. Y pese a reconocer las irregularidades que están rodeando el proceso, afirmaron que la dirigencia política debía construir propuesta. Advirtieron que la no participación hará crecer la fractura político-social del país.

La iniciativa de caminar hacia un gobierno de transición y elecciones libres desde la presidencia interina asumida por Guaidó comenzó a hacer agua en abril de 2019, luego de una desastrosa operación militar que se presentaba como una rebelión. Los errores se sumaron, mientras el oficialismo fraguaba la herida mortal con una maniobra que fue conocida como la Operación Alacrán y que consistió en cooptar parlamentarios que habían sido electos en las filas opositoras. Este año, otro desastre abrió un nuevo boquete al liderazgo de Guaidó: la Operación Gedeón, una conspiración internacional para sacar a Maduro del poder por la fuerza que terminó siendo una parodia.

El comunicado de los obispos fue una especie de salvavidas al cual podrían aun asirse aquellos que, sin dejar de ser aliados de Guaidó, ha barajado la posibilidad de incorporarse al proceso electoral, y desde allí construir un hecho político que logre encauzar el descontento popular.

Sin embargo, esa tabla de flotación ha sido descartada por Guaidó. El parlamentario hizo un llamado público a distintos líderes opositores a que se sumen a una nueva hoja de ruta, cuyo borrador plantea “denunciar, rechazar y desconocer el fraude parlamentario”, “convocar al país a expresar su verdadera voluntad a través de un mecanismo nacional e internacional de participación masiva ciudadana” y “activar una agenda de acción y movilización nacional e internacional”.

No hay nada novedoso ni claro en esta propuesta que Guaidó ha invitado a revisar para lograr un ruta unitaria. El alcance de su llamado se verá en los próximos días.

Si nada cambia, la situación de Venezuela va hacia un alargamiento de la crisis política, con un dominio del chavismo gobernante. Los esfuerzos de los partidos agrupados en la MDN , que han negociado con el gobierno de Maduro para la celebración de los comicios del 6 de diciembre, son solo eso, un intento por sobrevivir a la “nueva normalidad” venezolana.

El tiempo sigue corriendo. Y aunque los milagros existen y siempre surgen imponderables, no hay indicios de que las fuerzas democráticas puedan encontrar un camino realista en el corto plazo para lograr un cambio.

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