Olga Behar es periodista, politóloga y escritora colombiana. Durante más de tres décadas ha investigado sobre el conflicto armado y político de Colombia. Es autora de una veintena de libros.

La detención el pasado 4 de agosto del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, investigado por la Corte Suprema de Justicia en un proceso por falsos testigos, abre un nuevo panorama para la política nacional, a pesar de que faltan aún 20 meses para la próximas elecciones presidenciales.

El desconcierto y la lucha por el poder dentro de su partido, Centro Democrático, apenas comienza. Pero un nombre ha saltado a la escena, el de Tomás Uribe Moreno, su primogénito. Durante los días siguientes a la orden de detención domiciliaria contra el patriarca, Tomás —un empresario sobre quien se han tejido críticas y denuncias por supuestas irregularidades en sus negocios— insinuó en entrevistas y redes sociales que tomaría las banderas de su padre. Sin embargo, después aclaró en su cuenta de Twitter que su rol es como consultor, y que no aspira a cargos ni curules.

La aclaración es absolutamente necesaria. En los últimos años, la descendencia de exlíderes políticos y sociales colombianos ha creado una nueva generación política en el país.

Estos herederos, o delfines, como se les conoce popularmente en Colombia —en referencia al título de ‘Delfín’, que se daba al hijo legítimo del monarca reinante como heredero al trono de Francia— son quienes le están dando forma al presente y futuro del país.

“Todos los delfines son unos fariseos, critican con la boca untada de mermelada”, dice un tuit de agosto pasado sobre el senador Rodrigo Lara Restrepo, hijo del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por el Cartel de Medellín en 1984. El año pasado, el portal uribista Los Irreverentes tituló un texto “Los aullidos del delfín”, que criticaba las posturas antigobernistas del excongresista Juan Manuel Galán Pachón, hijo del candidato presidencial Luis Carlos Galán, acribillado en plena campaña electoral en 1989.

Lara Restrepo y Galán Pachón forman parte del grupo de descendientes de la generación de políticos de los años 80 y 90 en Colombia, entre los que se encuentran herederos de caciques tradicionales, como el senador Horacio José Serpa, hijo del varias veces candidato presidencial Horacio Serpa; el representante a la Cámara Gabriel Santos, hijo del actual embajador en Washington, Francisco Santos; la senadora Paloma Valencia, nieta del expresidente Guillermo León Valencia; y el exdirector de Planeación Nacional Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria.

Diego Martínez Lloreda, director de información del diario colombiano El País, explica que el hecho de que las casas políticas traten de perpetuarse es una vieja costumbre, teniendo como precedente las elecciones de 1974, cuando los tres candidatos —Alfonso López Michelsen, Álvaro Gómez Hurtado y María Eugenia Rojas— ya eran delfines. Es una modalidad, explica, antigua y tradicional, además de lógica: “Es natural que el hijo de un médico quiera seguir la medicina, el hijo de un abogado quiera ser un abogado; me parece que esto tiene de suyo algo de lógica”.

Pero, ¿son Lara Restrepo y Galán Pachón verdaderamente unos delfines? ¿O más bien forman parte de una generación a la que la muerte le negó a sus padres ese derecho a acceder al poder y, después, cederlo a sus hijos?

El principal contradictor en los estrados judiciales del expresidente Uribe, el senador Iván Cepeda Castro, es otro de ellos. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, senador por la izquierdista Unión Patriótica, fue asesinado dentro del llamado “Golpe de Gracia”, un plan para terminar con los pocos dirigentes que quedaban de ese partido en los años 90, luego de una acción sistemática de paramilitares y agentes del Estado colombiano, denominada “Baile Rojo”, que dejó miles de muertos la década anterior.

Cepeda reclama, con indignación, que se le llame “herederos del poder” a quienes tuvieron que sufrir de orfandad y violencia: “No es automático poder abrirse paso cuando se proviene de un hogar en el cual padre y madre han sido objeto de persecuciones intensas, que incluso han llevado al asesinato”, dice el senador. Por lo tanto, explica, la figura del delfín no es la adecuada. “Aquí lo que hay son hijos e hijas de procesos de resistencia y de lucha, por vencer la impunidad y construir una alternativa”.

“Más que delfines, somos huérfanos de una esperanza que fue asesinada, la esperanza de toda una generación de colombianos que se sentía interpretada por Luis Carlos Galán, por su movimiento Nuevo Liberalismo, que representaba una amenaza para el establecimiento tradicional de la política colombiana ligado a ese proyecto político del narcotráfico, ligado a esas prácticas clientelistas”, agrega Galán Pachón.

La aparición del hijo de Uribe sirvió para que, de inmediato, los defensores del expresidente y Premio Nobel de la Paz, Juan Manuel Santos, ripostaran lanzando al agua a su primogénito, Martín Santos Rodríguez, un emprendedor en temas de seguridad con casi medio millón de seguidores en redes sociales. Él explicó en entrevista que su plan no es incursionar en política, principalmente porque prefiere que otras personas, jóvenes y más preparadas que él, entren en ese ámbito: “El poder no se hereda sino que se cultiva. El liderazgo se crea, no se hereda, entonces dentro de mis planes no está hacer carrera política para convertirme en presidente de Colombia”.

Preparación, eso es lo que para muchos —como Santos Rodríguez— se requiere para asumir las riendas de un país con una crisis tan severa.

Incluso quienes desde los medios defienden ideológicamente la causa uribista, como Martínez Lloreda, lo creen así: “A Tomás Uribe no se le conoce ninguna trayectoria en el sector público, pero sí hay un vacío de liderazgo en el uribismo, que es un movimiento bastante caudillista. No sería raro que buscaran que el reemplazo natural fuera el hijo del creador del movimiento”.

Sea o no Tomás Uribe candidato próximamente, no hay duda de que en el contexto de la política nacional, las caras de los hijos y nietos de los dirigentes actuales seguirán apareciendo en la escena electoral y que, sean o no delfines, incidirán en la vida futura de los colombianos, algo que definitivamente debemos considerar al momento de elegir a nuestros nuevos líderes en mayo de 2022.

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