El 29 de agosto, el secretario de Hacienda de México, Arturo Herrera, ofreció una valoración sombría de la situación del país tras la pandemia. Este año y el siguiente, México tendrá “la crisis más fuerte desde 1932”, dijo Herrera.

Esa evaluación podría terminar quedándose corta. La economía mexicana está en ruinas. El Producto Interno Bruto se ha contraído por cinco trimestres consecutivos, mucho antes de que comenzara la pandemia. La inversión ha caído a un ritmo récord. Industrias esenciales como la del turismo, han colapsado. En los últimos meses, el país ha perdido al menos 12 millones de empleos, más de un millón solo en el sector formal. Sin ayuda del gobierno, el cual ha insistido en una política de austeridad, miles de pequeñas empresas se han hundido. Los salarios han caído de forma dramática. Para el momento en que termine la crisis, los expertos predicen que 25% del país estará en pobreza extrema, con 10 millones más de mexicanos por debajo de ese umbral. Los analistas optimistas predicen que le tomará cuatro años a la economía de Mexico para recuperarse; otros afirman que cerca de una década.

Los economistas en México están alarmados. “Nadie ha vivido lo que estaremos enfrentando en estos meses”, escribió el columnista Macario Schettino. La economista Valeria Moy concuerda: “Este año México experimentará la crisis económica más grande en casi 100 años. Pero no todo es culpa del coronavirus, gran parte de esta crisis está hecha en casa”. Para el profesor de economía Isaac Katz, la culpa recae en Andrés Manuel López Obrador, el presidente de México, por “la negativa a aplicar una política fiscal anticíclica y la falta de apoyo gubernamental para las empresas, el empleo y el ingreso familiar que podrían haber atenuado el choque”. En vez de eso, ha dejado “al aparato productivo en una situación de notable debilidad”.

López Obrador no comparte el pesimismo de Katz. Tampoco comparte el de su propio secretario de Hacienda.

Muy al contrario. Mientras se acerca a su segundo año de gobierno, tras su aplastante victoria electoral en 2018, López Obrador ha decidido construir una realidad alternativa, una que predica con fervor religioso. “Tenemos (…) la dicha enorme de ayudar a la gente humilde, a los más necesitados, a los desposeídos”, dijo López Obrador recientemente en un video promocional.

Su afición por el pensamiento mágico se ha extendido al desastroso manejo de la pandemia por parte de su gobierno. Durante toda la crisis, López Obrador ha decidido ignorar las normas sanitarias básicas, recorriendo el país durante la cuarentena, negándose a utilizar cubrebocas (hizo una excepción cuando visitó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hace un par de meses) y prometiendo una conclusión prematura de la devastación del coronavirus en México. “México ha dado un ejemplo al mundo”, afirmó López Obrador a principios de junio. Esto es absurdo. El país ha pagado un precio muy alto por la ineptitud de su gobierno: solo India, Brasil y Estados Unidos tienen mayor número de muertes registradas.

El 1 de septiembre, durante su segundo informe de gobierno, López Obrador se afincó en su diagnóstico optimista de la situación del país y la respuesta de su administración. Admiró particularmente su propia actuación en tiempos de crisis. “No es para presumir, pero en el peor momento contamos con el mejor gobierno”, alardeó. Su fórmula para atacar los desafíos económicos de la pandemia, dijo, fue “distinta, peculiar, heterodoxa, diría única en el mundo”. Lo que la hizo especial, explicó, fue su decisión de entregar los apoyos y créditos de manera directa a la gente pobre, pasando por alto al sector empresarial (incluyendo a miles de pequeños negocios que son el eje de la economía mexicana).

Los críticos han cuestionado las intenciones de López Obrador, y han señalado el riesgo de crear una clientela política en vez de programas sociales realmente efectivos. López Obrador procedió a pregonar la creación de cerca de 100,000 empleos, una fracción de los que se han perdido y una cifra muy por debajo de los dos millones de empleos que prometió para 2020. “López Obrador está promocionando una recuperación cuando lo que estamos viendo es apenas un rebote”, me dijo el analista Jorge Suárez. “Si lanzas un gato muerto de un cuarto piso, rebotará. Eso no significa que esté vivo”.

Incluso si los hechos apuntan a una grave crisis, López Obrador parece estar decidido a apuntalar su narrativa engañosa. También quiere desviar la atención de la pandemia y sus consecuencias para centrarla en un fantasma útil: el pasado. López Obrador ha abierto la posibilidad de abrir procesos judiciales contra cinco expresidentes de México por sus presuntas implicaciones en casos de corrupción. De manera conveniente, ha dicho que en lo personal se opone a la idea, pero que le dejará a los mexicanos decidir al respecto a través de una consulta de dudosa legalidad. ¿El truco? La consulta coincidiría exactamente con las siguientes elecciones de México, en junio de 2021, donde se jugará el control del Congreso. Esto no es un accidente.

López Obrador parece estar más interesado en consolidar su poder que en ejercerlo de manera responsable. Y si tiene que tergiversar los hechos alrededor del desastre del país, o incitar a la población a perseguir a los gobiernos anteriores para su provecho electoral, pues que así sea.

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