Mientras se desarrolla en París el juicio a los co-conspiradores de la masacre de la revista Charlie Hebdo, es importante recordar que la libertad de expresión no puede sobrevivir sin la solidaridad de todos los involucrados en el negocio de las ideas.

Charlie Hebdo es un semanario humorístico francés conocido por satirizar todos los lados del debate político y tener un desprecio especial por la religión, o mejor dicho, por todas las religiones. Papas, rabinos y califas por igual han recibido críticas de estos alegres bromistas ateos de la publicación francesa, y si no les gustaba el chiste, no hacían mucho al respecto. Eso, hasta que el periódico publicó algunas caricaturas del profeta Mahoma, el fundador del Islam. Aunque existe un debate entre historiadores de religión y arte acerca de cómo la posición islámica ante las representaciones de Mahoma ha evolucionado con el tiempo, muchos musulmanes contemporáneos consideran prohibida cualquier representación del profeta. Cuando Charlie Hebdo publicó las caricaturas, la revista recibió ataques físicos por haberlo hecho.

En enero de 2015, dos hombres armados irrumpieron en las oficinas de Charlie Hebdo y asesinaron allí a 11 personas, así como a un oficial de Policía mientras huía de la escena del crimen. Un par de días después, un amigo de los asesinos mató a varios clientes en un supermercado de comida kosher. No queda claro que tuvo que ver el judaísmo de las víctimas con la publicación de las caricaturas, pero el odio de ese tipo rara vez tiene buena capacidad de razonamiento, y los terroristas realmente nunca han necesitado tener una excusa para asesinar judíos.

Cinco años y medio después de esa matanza —así como de otras masacres, incluyendo el asesinato de 89 personas en el teatro Bataclan en noviembre de ese año—, el pueblo francés apoya con más firmeza la libertad de expresión frente al terror.

“De acuerdo con la encuestadora IFOP y la Fundación Jean Jaurès, un centro de investigaciones francés, 59% de los consultados afirmaron que la revista hizo ‘lo correcto’ al publicar las caricaturas en nombre de la libertad de expresión, un incremento con respecto a 38% en 2006”, informó Norimitsu Onishi en The New York Times. Esas son buenas noticias dada la decisión de Charlie Hebdo de volver a publicar las caricaturas esta semana por el inicio del juicio, aunque sería genial que el apoyo francés por la libertad de expresión se extendiera más allá de caricaturas provocadoras e incluyera también el derecho a burlarse de los pobres y acosados alcaldes.

Los editores actuales de Charlie Hebdo escribieron que sería un acto de “cobardía política y periodística” no mostrar las caricaturas que inspiraron tanto derramamiento de sangre. Según la visión del periódico, las personas necesitaban un recordatorio de que solo habían sido unos dibujos los que motivaron los asesinatos.

Otros fueron menos comprensivos.

“Pakistán condena en los términos más enérgicos la decisión de la publicación francesa Charlie Hebdo de volver a publicar la caricatura profundamente ofensiva del Sagrado Profeta Mahoma (la paz sea con él)”, tuiteó el Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán. “No se puede justificar un acto tan deliberado de ofensa para el sentimiento de miles de millones de musulmanes como un ejercicio de libertad de prensa o libertad de expresión. Este tipo de acciones atentan contra las aspiraciones globales de lograr la coexistencia pacífica así como la armonía social e interreligiosa”.

La elección, al parecer, es simple y directa. Puedes apoyar a los editores que supervisan un semanario cuyos caricaturistas y escritores fueron salvajemente asesinados por criminales pre-iluminados que utilizaron unos dibujos como una excusa para consentir la violencia antioccidental y antisemita, o puedes apoyar al gobierno de Pakistán.

Pero no puedes apoyar ambos bandos ni ponerle matices a esta situación. Así lo describe Onishi en The Times: “La creciente sensibilidad a la raza, origen étnico y religión ha chocado con el compromiso tradicionalmente enérgico de Francia con la libertad de expresión y el secularismo. Muchos tradicionalistas han expresado su preocupación de que el país esté cediendo a la política de identidad de estilo estadounidense, rechazada desde hace mucho tiempo en Francia”. Si esa es la elección a tomar, pues que así sea: la sensibilidad tendrá que morir, y debemos considerarlo un sacrificio apropiado para el ideal superior de la libertad.

Es imposible pretender apoyar la libertad de expresión y, al mismo tiempo, sugerir que Charlie Hebdo debió contener su fuego, que debió ser mas cauto acerca de a quién ofende, que debió preocuparse por los terceros que podrían verse amenazados por la decisión de un semanario de ejercer nuestro derecho más básico y preciado: la libertad de escribir y decir lo que deseamos sin tener miedo a la muerte por hacerlo. Si eres amigo de la libertad de expresión, no tienes otra opción sino apoyar a Charlie Hebdo sin ninguna otra reserva mayor a “estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Es una cobardía hacer lo contrario. Es una cobardía enzarzarse en el argumento “por supuesto… pero quizás”, como bien señaló Adam Gopnik en 2015: “Por supuesto que está mal que los caricaturistas hayan sido asesinados. ¿Pero quizás debieron haber previsto cuán amenazante era su trabajo para otras minorías oprimidas?”. Fue una cobardía de parte de Garry Trudeau, autor de la inofensiva tira cómica “Doonesbury”, sugerir que las caricaturas de Hebdo eran “discurso de odio” y por lo tanto menos dignas de protección. Fue una cobardía por parte de Peter Carey, Michael Ondaatje, Francine Prose, Teju Cole, Rachel Kushner y Taiye Selasi el haberse retirado de la gala anual de PEN America en 2015 que rindió honor al semanario por haber pagado el precio más alto en la búsqueda de la libertad de expresión.

En este momento, es una cobardía despreciable ofrecer a los periodistas de Charlie Hebdo otra cosa que no sea solidaridad.

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