Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

Morena no parece un partido sino un botín político. El partido Movimiento Regeneración Nacional nació para llevar a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México en 2018 pero, una vez obtenido el triunfo, ha sido incapaz de trascender el mandato original.

Continúa siendo el partido del presidente y la disputa actual por la sucesión en la dirigencia nacional refleja las dificultades que sufre para sobrevivir a su fundador.

Morena padece una circunstancia envilecida porque, en vez de construir institución, sus dirigentes solo tienen en mente el capital político que potencialmente alimentará sus muy personales aspiraciones políticas.

El paradójico origen de esta situación es la actitud tomada por López Obrador frente a la disputa feroz de estas facciones. El mandatario se echó algunos pasos atrás —según explicó, para convertirse en presidente de toda la población— y, en revancha, las ambiciones inmaduras dentro de Morena se desbordaron con virulencia.

Los incidentes exhibidos durante las frustradas asambleas del año pasado son la radiografía más precisa del exceso. Algo comenzó a apestar cuando las sillas volantes sustituyeron a los discursos, los petardos a los aplausos y los candados en las puertas a los votos de la militancia.

El desastre en la vida institucional de Morena debió ser atendido por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, el cual ordenó que no fuera a través de delegados y asambleas como se procesara la sucesión en la dirigencia, sino mediante un método que no estaba previsto por los estatutos: las encuestas.

Estas se realizarán entre el 26 de septiembre y el 2 de octubre y serán orquestadas por el Instituto Nacional Electoral, el cual ya contrató para ello a tres casas encuestadoras de prestigio: Parametría, Covarrubias y BGC Ulises Beltrán.

Ayer terminó el registro de las personas que aspiran a dirigir el partido y cuyos nombres aparecerán en los sondeos. Destacan Mario Delgado, Porfirio Muñoz Ledo, Yeidickol Polevnsky y Gibrán Ramírez.

Detrás del mapa político evidente de los aspirantes se perfila, sin embargo, un actor principal: el canciller Marcelo Ebrard. Mientras la candidatura del diputado federal Mario Delgado, cercano a Ebrard, congrega a los cuadros y facciones que valoran al ex jefe de Gobierno capitalino como el sucesor más probable de López Obrador en la presidencia, la candidatura del también diputado Porfirio Muñoz Ledo aglutina a los adversarios del funcionario.

Delgado tiene como ventaja el reconocimiento de nombre con el que cuenta, después de una destacada biografía política. Antes del ingreso de Porfirio Muñoz Ledo a la contienda, era quien gozaba de mejores probabilidades de triunfo. Lo respalda además Ricardo Monreal, líder de Morena en el Senado y uno de los principales barones del morenismo. Hay también, dentro del gabinete presidencial, apoyos que no se hacen públicos pero sí evidentes.

Del otro lado de la acera han hecho coalición una serie de dirigentes que asumen, desde ahora, la posibilidad de ser desplazados si Delgado triunfa en esta ronda y Ebrard se alza con la candidatura presidencial en 2024.

Para ellos, el canciller no los representa en ideología, valores, ni oferta política. Opinan que su origen priista lo determina como emisario de un régimen con el cual hay que romper todos los puentes.

Dentro de esta coalición sobresalen Bertha Luján, presidenta del Consejo Nacional; Alfonso Ramírez Cuellar, dirigente actual de Morena; los senadores Martí Batres y Citlalli Hernández; y algunos integrantes del gabinete presidencial como la secretaria del Trabajo, Luisa Alcalde; y el subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas.

Antes de que el tribunal resolviera aplicar el método de la encuesta, Bertha Luján era la candidata favorita de este grupo para dirigir el partido. Su posición destacada dentro de Morena aseguraba que un nutrido núcleo de delegados se inclinara a su favor en las asambleas distritales.

Sin embargo, el conocimiento estrecho de su nombre entre la población que no milita en Morena hizo que la decisión a favor de las encuestas la colocara en situación desventajosa. Por esa razón abandonó la contienda. La facción a la que pertenece exploró entonces acudir al proceso con Martí Batres o Alejandro Encinas a la cabeza. Batres declinó y Encinas no quiso (o no le permitió el presidente) abandonar la responsabilidad que tiene dentro del gobierno.

Fue entonces cuando surgió como opción Porfirio Muñoz Ledo, cuyo nombre y trayectoria conoce la inmensa mayoría de la gente. Acompaña en fórmula a este longevo líder la senadora Citlalli Hernández, política joven, como candidata a la secretaría general.

Ninguna de las facciones en disputa está dispuesta a ceder en favor del partido. Solo importa en sus cálculos el poder que la próxima dirigencia tendrá a la hora de seleccionar candidatos para las elecciones intermedias de 2021: Cámara de Diputados, 15 gubernaturas, 30 congresos locales y más de 1,800 puestos municipales. Es obvio que quien consiga hacerse de la mayor parte de estos cargos tendrá todas las de ganar en los comicios presidenciales tres años después.

Hay otros dos candidatos que merecen reflexión. Yeidckol Polevnsky, exdirigente nacional de Morena, guarda resentimiento contra el grupo ahora encabezado por Muñoz Ledo y le reclama que le arrebataran el cargo sin reconocerle un liderazgo que fue fundamental para el nacimiento de esta fuerza política. Ella tiene pocas posibilidades de ganar en la encuesta, por lo que probablemente termine arrimando sus activos al servicio de Delgado.

Contrasta en este contexto la candidatura de Gibrán Ramírez, porque nadie la vio venir. Este joven intelectual con asideros orgánicos fuertes dentro de la autonombrada Cuarta Transformación del presidente, se introdujo en la contienda con objeto de reclamar a las facciones en disputa la incapacidad que tienen para trascender las ambiciones de sus dirigentes.

Su candidatura hace un llamado a los simpatizantes más jóvenes de la base morenista, pero sobre todo a quienes creyeron que en este partido no iba a repetirse el mismo pleito entre tribus que antes destruyó a la izquierda en el Partido de la Revolución Democrática, quien postuló a López Obrador dos veces a la presidencia y hoy es una fuerza menor.

Las críticas que ha recibido Gibrán Ramírez desde la coalición a la que pertenece Muñoz Ledo hacen suponer que, de no crecer en las encuestas, él también se sumará a la órbita de Delgado. Aunque, si ocurriese un milagro, un liderazgo muy distinto a los demás podría surgir en el escenario.

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