Olga Wornat es periodista y escritora argentina. Es autora de diez libros y ’Felipe, el oscuro’ es su último trabajo editorial.

“Mire señito, esa es la chamarra de un muertito”, me dijo el niño y me señaló un pedazo de tela con manchas marrones de sangre seca. Le pregunté que hacía en ese lugar. Se encogió de hombros y continúo jugando. Tenía unos seis años y una mirada inexpresiva.

Me encontraba en la orilla de una inmensa fosa clandestina en el estado mexicano de Durango, una de las cientos que se abrieron durante el gobierno del expresidente Felipe Calderón, quien declaró una “guerra al narcotráfico” que dejó al menos 121,000 muertos.

Esa semana, a mediados de mayo de 2011, se habían encontrado al menos medio centenar de cadáveres en esas fosas. Pero nadie había visto nada. El olor a muerte era tan penetrante que me dolía la cabeza, pero los vecinos me decían que no sabían nada. La fosa era tan profunda que se necesitaban máquinas para excavar, pero nadie escuchó un ruido ni observó movimientos sospechosos.

Una señora salió de una tienda de abarrotes y pasó a mi lado sin mirarme. La cabeza baja y la espalda encorvada. Pasó un señor en bicicleta, a lo lejos. Un colegio. Una farmacia. Un barrio. Todo parecía normal, pero nada era normal.

Los sentí como fantasmas que habitaban una ciudad perdida, en una dimensión desconocida. Como yo misma me sentía en ese tiempo, cuando el violento hostigamiento a mi familia, mis colaboradores, mis fuentes y mi persona formaba parte de mi paisaje cotidiano.

¿Por qué me amenazaban? No lo sé y nunca lo supe. Quizás algún día, alguien me pueda dar alguna respuesta que me ayude a terminar de armar ese rompecabezas. Solo sé que mi trabajo periodístico molestaba mucho.

Esta es la historia de un libro, hoy publicado como Felipe, el oscuro, que el gobierno de Felipe Calderón censuró y que resucité después de ocho años de permanecer sepultado en un sótano de mi computadora.

La sinrazón del poder lo arrastró hasta ese sitio y hoy salió a la luz por mi perseverancia y trabajo. Por reivindicación y porque sí: porque detesto profundamente el látigo de los autoritarismos y la censura, y toda mi vida me he rebelado contra ellos.

Lo primero que despertó mi atención del gobierno de Calderón, en enero de 2007, fue la imagen del entonces mandatario en Apatzingán, en su estado natal Michoacán, tierra caliente dominada por la violencia del cártel La Familia Michoacana. Fue una escena para nada improvisada: su rostro marcado por una mueca, su lenguaje corporal, la chamarra militar y la gorra verde olivo. Fue, para mí, el preludio de que una larga y tenebrosa noche se avecinaba.

La idea de escribir este libro surgió después, a finales del aciago 2008, en un parteaguas del calderonato: el avión en que viajaba Juan Camilo Mouriño —mano derecha del presidente, confidente y secretario de Gobernación— se estrelló en la zona financiera de Ciudad de México, muy cerca de la casa presidencial de Los Pinos.

En ese entonces, Felipe Calderón transitaba su segundo año en el poder, al que había accedido con fórceps después de unas elecciones manchadas por graves denuncias de fraude.

“Mala señal”, pensé mientras comenzaba a mover los hilos de una investigación cuyo destino final aún desconocía. Hacía varios años que vivía en México y no era mi primer trabajo editorial. Conocía mucho al país, a sus protagonistas políticos y de memoria aquello de que “en México, nada es lo que parece”.

Comencé a trabajar y no me equivoqué en su devenir, a pesar de los costos personales.

Felipe, el oscuro es la crónica de un fracaso que no afecta solo a Calderón, sino a todo México. Es el relato detallado, con testimonios y documentación, de una promesa de cambio que inició con su antecesor, Vicente Fox, y que jamás se concretó. Que se corrompió en el camino. Que se deshizo en un mar de simulaciones y contubernios mafiosos, y que corrió en paralelo a los sueños deshechos de millones de mexicanos. Es apenas la punta del iceberg de la brutal tragedia que laceró hasta el fondo el alma de un país, cuyas consecuencias llegan hasta hoy.

Muchas veces me pregunté qué pasaba por la mente de Felipe Calderón durante aquellos años, ese hombre que trasmitía una imagen intermitente de irritación, rencor e impaciencia. Que nunca, ni en medio de la devastación de su guerra ni en la actualidad, ha pedido disculpas a las víctimas; que no tuvo la grandeza de un gesto de compasión.

Buscando respuestas a esta pregunta, y a otras, viajé a Michoacán tres veces. Entrevisté a sus compañeros de colegio, amigos de la infancia, de la militancia de su partido y a su familia. Investigué la relación tortuosa con su padre, Luis Calderón Vega, el gran historiador del Partido Acción Nacional, el intelectual, el hombre bueno que murió en la pobreza enemistado con su hijo.

Intenté y, creo, logré desentrañar por lo menos una porción de los secretos familiares, aquellos que sentaron la base de la compleja, inestable y adictiva personalidad de Felipe Calderón. Esa que generó crispaciones y choques con sus colaboradores, opositores, empresarios y diplomáticos de Estados Unidos. Los hechos que nos permitirán comprender el contexto de sus acciones públicas y privadas, que dejaron marcas en un sexenio teñido por el terror, la codicia, los pactos con el narco, las complicidades, las intrigas y la muerte de miles de inocentes.

Mi búsqueda apuntó a destruir las máscaras del poder y a colocar en una hoja en blanco a cada uno de sus protagonistas: hombres y mujeres sin mérito, amigos que hicieron y deshicieron el país a su antojo, que se enriquecieron y cometieron actos ilícitos, en abierto contraste con un México cada vez más pobre y doliente.

Pese a los años que esta historia estuvo guardada debido a la censura y las amenazas, nunca la olvidé. Algunas noches, en un ejercicio contra el olvido, releía algún capítulo y el pasado regresaba como un viento negro: las amenazas, la voz angustiada de mi hija, los autos siguiendo mis pasos y el olor a muerte de los osarios seguían vivos. Al margen de mi dolor y frustración, reforzar la memoria fue mi mantra y mi única certeza. Bajar los brazos habría sido un acto de traición contra mi conciencia y nunca iba a aceptar que ellos eran invencibles. El tiempo me dio la razón.

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