Pamela Cerdeira es periodista y escritora mexicana.

La toma de las instalaciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en Ciudad de México la semana pasada por colectivas feministas —que ha impulsado protestas en otros estados del país— es el resultado de una cadena de errores de las autoridades mexicanas.

Más que un golpe planeado estratégicamente, la toma por parte del Frente Ni Una Menos y otras colectivas se debe a la inacción del Estado para establecer políticas públicas que frenen la violencia contra las mujeres. En México, al menos 10 mujeres son asesinadas cada día.

Este gobierno ha minimizado la violencia de género desde el principio. Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador, en el mensaje de su segundo Informe de Gobierno, dijo que los feminicidios han disminuido en el país, lo cual no es cierto. También insistió en que la mayoría de las llamadas a los servicios de emergencia por violencia de género son falsas, lo que tampoco es cierto. En estos casi dos años de gobierno ha sido incapaz de nombrar a una sola de la víctimas de violencia feminicida por su nombre.

No solo hemos sido atacadas desde el discurso, también desde el presupuesto: los recursos del Instituto Nacional de las Mujeres se redujeron 75% este año.

Las feministas llegaron inicialmente a la CNDH en apoyo a los familiares de víctimas de violencia y desaparición, pero su demanda sigue siendo la de siempre: justicia.

Entender lo que pasa adentro del edificio implica entender que no hay un solo movimiento feminista. Son muchos y se sustentan en las experiencias particulares de cada grupo, incluso de cada mujer: no es la misma experiencia de vida la que tiene el feminismo negro, que el indígena, el blanco o el que se vive en cada país y cada región.

Sin embargo, todos los feminismos, a través de sus distintos acercamientos, se unen en la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres. Y específicamente en México, con nuestra violencia cotidiana y aterradores números feminicidas, para poner un alto a la violencia en contra de las mujeres.

Para escuchar los motivos de quienes tomaron la CNDH y la convirtieron en la Casa Refugio Ni Una Menos, pasé casi veinticuatro horas al interior para hablar con ellas, conocer sus historias y ver desde sus entrañas al movimiento.

Ahí conocí a Maribel, quien formaba parte del grupo de familiares de víctimas de desaparición. Hay más de 73,000 personas desaparecidas en el país.

En la cocina de la CNDH me contó una anécdota que parece simple, pero refleja la forma en que han sido tratadas las personas que acuden a la institución: “Tuvimos una reunión y me ofrecieron café. Les dije que yo no lo tomo negro. Respondieron que lo sentían, que no había más”. Mientras lo contaba, me señalaba los litros de leche que había al interior de un enorme refrigerador de puertas transparentes. Después, apuntó a la crema en polvo que había en la mesa de la cocina. El refrigerador y la despensa del organismo estatal estaban repletos de comida que estaba ahí antes de la toma, mientras los grupos de mujeres usaban una cubeta para pasar por la ventana alimentos a quienes se encontraban atrincheradas.

El 4 de septiembre, día en que tomaron las instalaciones, Maribel estaba afuera del inmueble y quería entrar, pero los guardias de seguridad no se lo permitieron. Les pidió que le dieran acceso para usar el baño, pero tampoco se lo permitieron. El guardia se rió de ella, y su risa provocó el enojo de las feministas que la apoyaban en la calle.

También conocí a Erika, quien busca justicia para su hija menor de edad, víctima de abuso sexual. Y a Yesenia, cuya hija murió al caer de un quinto piso y, aunque había razones lógicas para pensar que había sido aventada, las autoridades ni siquiera citaron a declarar a los probables responsables.

“Dicen que yo las mando a todas”, me dijo Yesenia riendo. Pero cualquiera que conozca de movimientos feministas sabe que eso es imposible, que no hay una sola voz y los desacuerdos son parte de su esencia, y que eso no significa por ningún motivo que el movimiento no avance unido.

Al interior del recinto conviven diversos feminismos: el Bloque Negro, las Crianzas Feministas, las mujeres de las distintas colectivas que se aparecieron para acuerpar, las que han donado comida o dinero para mantener la toma, las que han ofrecido sus manos para trabajar, las fotógrafas, las que hacen arte con aerosol o con fuego, y las que pintaron sobre los cuadros de los héroes nacionales —Madero, Juárez, Hidalgo y Morelos—dándoles un nuevo significado.

Por la noche, en la oficina que hacía las veces de cuarto, platiqué con una de mis compañeras de habitación sobre estas pinturas y su valor. Hablamos de su supuesta subasta. Yo le dije que se estaría subastando un bien que no les pertenecía, y que legalmente era imposible. Ella me respondió: “Es un bien del Estado, pero el Estado no está cumpliendo con su función, por lo tanto también me pertenece. Es exactamente como el avión presidencial, es del Estado, entonces el presidente tampoco lo podría vender”.

Me gusta más este cuadro de Madero intervenido. El original hablaba de la construcción de la historia de un país narrada a través de los hombres y de sus partidos políticos que decidieron a qué figuras resaltar. El Madero del nuevo cuadro, feminizado, cuenta la historia de las mujeres y su lucha por ser tratadas como seres humanos.

La toma de la CNDH representa un punto de quiebre para el movimiento y sus demandas. Hoy no solo se trata de la toma de un inmueble, sino de la amenaza de tomarlos todos. ¿Y qué tiene que hacer el Estado para resolver la situación? Suena simple y, a la vez, se antoja complicado: en principio, entender. Eso ya sería un gran avance.

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