Eduardo Suárez es periodista y director de Comunicación del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo de la Universidad de Oxford.

Esta pandemia no nos sorprendió a todos los periodistas por igual. Quienes cubrieron antes epidemias como el SARS, el ébola o el zika advirtieron en enero y febrero del desastre que se avecinaba. Medios de todo el mundo, sin embargo, actuaron entonces como si ese desastre no fuera a ocurrir.

A nadie debería sorprenderle que las redacciones, despojadas de expertos por años de recortes, ignoraran la magnitud de la tragedia; que jefes de sección cuyo éxito se juzgaba por el número de clics desoyeran los tambores lejanos de una historia que, por entonces, no generaba visitas; que reporteros políticos acostumbrados a cubrir pequeñas miserias apenas dedicaran tiempo a indagar sobre los preparativos de sus gobernantes; que directores sin interés por la información internacional dejaran fuera de sus portadas a un virus que había surgido a miles de kilómetros, pero que ya se transmitía en silencio en su propio país.

El periodismo reaccionó tarde, pero no reaccionó mal. Al igual que los hospitales se transformaron para combatir una amenaza inédita, los medios se adaptaron también en tiempo récord a una historia que requería una cobertura constante, científica y global. Obligados a trabajar fuera de sus redacciones y en un entorno dañino para su salud mental, miles de reporteros informaron y sus editores comprendieron la dimensión excepcional del fenómeno.

La improvisación, sin embargo, ya no es suficiente. Al igual que las autoridades sanitarias buscan cómo mejorar, los periodistas también debemos preguntarnos qué necesitan las audiencias de nosotros y cómo podemos hacerlo mejor.

Lo primero que debemos hacer es ponernos en el lugar del lector, que a menudo ha percibido nuestra cobertura como un relato inconexo, donde hipérboles y detalles irrelevantes se mezclan con noticias que merece la pena conocer. La incertidumbre sobre el virus y su novedad nos empujaron a construir titulares categóricos sobre estudios preliminares, cuyas tesis mostraron ser falsas o estar incompletas. De ahora en adelante, deberíamos subrayar los límites de los hallazgos y recordar más lo que sabemos y lo que no sabemos. Es importante informar con transparencia y con humildad.

El lector no siempre necesita una crónica más. A veces es más útil integrar los detalles nuevos en boletines diarios o semanales, o en textos enciclopédicos que recojan la información esencial. Este ejercicio de contención no siempre es fácil pero es cada vez más necesario. En un entorno salpicado de informaciones falsas, el lector necesita consultar la información básica: cómo puede protegerse del virus, a qué teléfonos debe llamar si presenta alguno de los síntomas, en qué momento debe acudir a su centro de salud.

El diario El País ha construido una lista de preguntas y respuestas para ayudar a resolver las dudas de sus lectores. The Washington Post ha creado esta página para seguir el desarrollo de todos los proyectos de vacuna. El medio digital Civio ha creado una guía para ayudar a los ciudadanos a descifrar las ayudas del Gobierno español.

El acceso a los datos no ha sido fácil durante la pandemia. Algunos gobiernos han intentado esconder las cifras de infecciones. Otros han rehecho sus series históricas por errores metodológicos, o porque ni sus empleados ni su tecnología estaban preparados para transmitir una pandemia en tiempo real. A la luz de estos problemas, es importante que los periodistas examinemos con atención las cifras oficiales, que señalemos sus agujeros, y que expliquemos lo que dicen y lo que no.

En este entorno volátil no bastan las cifras nacionales: nuestros lectores necesitan datos en tiempo real sobre lo que ocurre en su ciudad o en su región. Ese es el propósito de este proyecto que ha creado un grupo de ingenieros en Estados Unidos y de muchos otros que han florecido en todo el mundo. Periodistas como Harry Stevens han creado simulaciones para explicar conceptos complejos como la inmunidad de grupo o el contagio exponencial. El proyecto Our World in Data ha elaborado la mejor guía interactiva sobre la evolución global de la pandemia con base en métricas relevantes como el porcentaje de tests positivos que obtiene cada país.

Estos interactivos a menudo quedan fuera de las portadas porque no tienen un titular informativo, pero han atraído la atención de millones de lectores. Esas cifras demuestran que satisfacen necesidades básicas de la audiencia y nos recuerdan que los periodistas deberíamos pensar menos en nuestros propios procesos y más en los intereses del lector.

Si hay un efecto positivo de la pandemia, es que nos ha empujado a colaborar. Medios como The Economist o Datadista han hecho públicas las bases de datos que han ido limpiando y construyendo durante estos meses, y periodistas y académicos han construido conocimiento a partir de ellas. Médicos e ilustradores han creado viñetas y animaciones para transmitir mensajes que pueda entender toda la población. Esa colaboración es más importante que nunca.

La periodista Mia Malan me dijo que esta pandemia es “como un espejo” que refleja lo que funciona y lo que no en una sociedad. A medida que avanza, percibimos que informar de las cifras de contagios no es suficiente. Es necesario reflejar las condiciones miserables de los trabajadores temporeros, el impacto de los recortes sanitarios, los dilemas de los padres y de los maestros, los pisos en los que se hacinan inmigrantes infectados que no se pueden aislar.

Es importante además vigilar a los gobiernos que han asumido poderes extraordinarios: denunciar sus ataques contra las libertades, destapar que compraron mascarillas defectuosas a precio de oro, explicar por qué abandonaron a su suerte a miles de ancianos en las residencias, explicar cómo ignoraron las advertencias de los expertos.

Ese tipo de trabajos periodísticos pueden ayudar a salvar vidas. Pero un reportaje no siempre es lo mejor que podemos hacer por nuestros conciudadanos. Se avecinan meses difíciles para ellos y debemos crear herramientas para ayudarles a sobrevivir: un foro en el que padres y maestros puedan compartir y encontrar recursos educativos digitales, una página en la que los vecinos puedan pedir ayuda y ofrecérsela a quien más la necesita, un entorno seguro en el que los trabajadores sanitarios puedan compartir experiencias y denunciar las carencias del sistema de salud.

La pandemia ha creado una oportunidad extraordinaria para el mejor periodismo. Ha disparado la confianza en los medios y ha subrayado que son instituciones esenciales para la supervivencia de la sociedad. Pero ese reconocimiento sólo perdurará si los periodistas aprendemos las lecciones de esta crisis y ponemos nuestra cobertura al servicio de las necesidades de la audiencia con rigor, curiosidad e imaginación.

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