Pasarán años antes de que constatemos si los nuevos criterios sobre diversidad anunciados el 8 de septiembre por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas lograrán generar cintas nominadas a mejor película que sean menos blancas y masculinas que las homenajeadas en los últimos años, las cuales han recibido críticas. Mientras eso sucede, la nueva maraña burocrática desplegada por la academia no puede hacer mucho para resolver algunos de los debates más espinosos de Hollywood acerca de la representación, y hasta puede crear nuevos.

La estrategia que está tomando la academia está bien intencionada, al usar su máxima distinción para presionar a Hollywood a que realice cambios tangibles en sus contrataciones. Sin embargo, la esencia de la diversidad está tanto en los matices como en los números.

Las nuevas reglas son algo así como un menú de precio fijo: a partir de 2024, los proyectos cinematográficos que quieran competir en la categoría de Mejor Película deben comprobar que sus creadores buscaron ser inclusivos en varios niveles. Sin embargo, podrán elegir exactamente cómo establecer su buena fe de una lista de opciones proporcionada por la academia. Los productores pueden contratar protagonistas racial o étnicamente diversos. O pueden ensamblar elencos diversos en general y contar historias “centradas en uno o varios grupos poco representados”. O contratar miembros de una minoría y comunidades poco representadas en cargos claves detrás de las cámaras. O proporcionar pasantías y oportunidades de capacitación en el set.

Mark Harris de New York Magazine y Emily VanDerWerff de Vox han señalado que no será muy complicado para muchas películas —particularmente aquellas realizadas por grandes estudios que ya tienen un personal grande y diverso, y programas de pasantías bien establecidos— reunir las condiciones. Aun así, la medida podría tener impacto. Como bien lo dice el crítico de Variety, Clayton Davis, en un artículo de opinión: “La academia no le está diciendo a Picasso qué poner en sus pinturas. Sin embargo, si quisiera presentar su obra para optar para un Óscar, tendría que usar colores más vivos o invitar a un joven pintor local para que observe su proceso”.

Académicos como Martha Lauzen de la Universidad Estatal de San Diego y Stacy L. Smith de la Escuela de Comunicación y Periodismo Annenberg de la Universidad del Sur de California tienen tiempo realizando estudios que documentan la homogeneidad de Hollywood tanto al frente como detrás de las cámaras. Al establecer objetivos concretos para las cintas que esperan ganar la categoría de Mejor Película, la academia está proporcionando un verdadero incentivo para mejorar esas cifras.

Sin embargo, los números son solo una manera de hablar sobre representación en Hollywood, y pueden llegar a ser un aspecto crudo de esa conversación.

Consideremos esta situación hipotética: hay rumores de que una película biográfica sobre una histórica mujer transgénero está siendo considerada al Óscar, y aunque 30% del elenco está compuesto por personas de color de la comunidad LGBT+, la protagonista es interpretada por una mujer cisgénero. Los productores insisten en que contratar a una estrella ya establecida como protagonista fue determinante para poder lograr el financiamiento de la película, aún cuando la actriz no comparta la identidad de género del personaje que está interpretando. La película cumple por mucho las exigencias de diversidad en pantalla para poder ser nominada a Mejor Película. Pero, ¿sería esta película un verdadero triunfo para la diversidad si reafirma el mensaje de que los actores transgéneros no son rentables o interesantes para las audiencias en general?

Las reglas también parecen estar destinadas a motivar el debate sobre quién está “poco representado”, y quizás también sobre quién es considerado blanco. La academia enumera a asiáticos, hispanos/latinos, negros/afroestadounidenses, indígenas estadounidenses/nativos de Alaska, del Medio Oriente/África del Norte y hawaianos nativos u otros isleños del Pacífico como comunidades a las que considera poco representadas en la gran pantalla. Sin embargo, también deja una apertura para “otras etnias o razas poco representadas”.

Las preguntas que eso genera son casi infinitas. ¿Cómo debería la academia considerar una película como Parasite, de Bong Joon Ho, la tragicomedia surcoreana que habla sobre clases? Esa película fue dirigida y protagonizada por estrellas que están poco representadas en las pantallas de los cines estadounidenses pero que son miembros de la mayoría étnica donde se filmó. ¿Habrá requisitos de contenido para, supongamos, una película con un protagonista del Medio Oriente pero al que le han asignado un papel cliché de terrorista?

¿Los judíos son blancos? Si no lo son, ¿estamos posiblemente sobrerrepresentados en las películas y la televisión, o los judíos jasídicos y ortodoxos deberían ser considerados como comunidades con poca representación? En Estados Unidos, a los inmigrantes irlandeses e italianos —y a sus descendientes— se les consideró alguna vez distintos de otras personas blancas, pero con el tiempo fueron asimilados a una identidad blanca más grande. ¿Cómo considerarán los Óscar las películas sobre personas que podrían ser consideradas blancas en Estados Unidos, pero cuyas identidades étnicas tienen una connotación distinta en Europa, como los rusos o eslavos?

Todo esto, y ni siquiera he comenzado a discutir sobre lo que significa que las nuevas reglas de la academia no contemplen la poca representación por motivos de clase y religión.

En el mejor escenario posible, estos cambios a las reglas de los Óscar no solo generarán unos premios más diversos, sino una industria del entretenimiento que representará de manera más significativa al mundo en general. Esa podría ser la mayor medida de éxito para la academia. Sería el comienzo de una conversación mucho más honesta y exigente para el resto de nosotros.

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