Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), tiene una convicción absoluta sobre el modelo económico que está improvisando en medio de una profunda recesión mundial. Sin ser economista, apuesta por sus teorías usando al país —la economía número 15 del planeta— para su experimento.

Este modelo se sustenta en cinco principios, según su libro Hacia una economía moral. El primero proviene de una noble inspiración moral: “Por el bien de todos, primero los pobres”. El segundo propone la lucha frontal contra la corrupción. El tercero impone una austeridad drástica sobre el gasto público. El cuarto quiere invertir en grandes obras de infraestructura financiadas con recursos fiscales. Y el quinto busca asegurar la soberanía energética a partir de fuentes fósiles.

Estos cinco principios podrían ser defendibles desde el plano moral, pero no responden a criterios de naturaleza económica. No hay precedente en la historia que permita suponer la salida a una recesión como la actual únicamente a partir de apoyos masivos a la población más necesitada; el combate indiscriminado a todo aquello que huela, parezca o se perciba como un acto de corrupción; el recorte excesivo del gasto público; el financiamiento de obra pública con recursos de un gobierno que no cuenta con recursos; y la exclusión de la inversión privada por razones políticas.

La ciencia económica no es un invento neoliberal. Se trata de un cuerpo de conocimientos que lleva andando más de 2,500 años. Respetar ese entendimiento acumulado es una herramienta fundamental a la hora de gobernar una nación moderna e importante como México.

El desprecio de AMLO por esta ciencia resulta su más grave error. Así como no es la primera vez que el mundo experimenta una pandemia, tampoco es la primera vez que su economía se ve arrasada por una recesión económica. Acaso la talla de esta crisis sea más grande en comparación con las anteriores. Sin embargo, el entendimiento científico del fenómeno permite atacar los orígenes y limitar las consecuencias de la recesión.

Pero el presidente de México ha dado la espalda a prácticamente todas las recetas que el resto de los gobiernos del globo están aplicando para salir del barranco. Muy en particular, ha despreciado el principal criterio recomendado por la economía contemporánea: proporcionar certidumbre.

No solo los grandes millonarios son adversos a la incertidumbre, cualquier ser humano —incluido el más pobre entre los pobres— calcula lo que hará con su tiempo, su trabajo y sus monedas a partir de las certezas que percibe en el horizonte.

¿Quién invertiría en una economía que no es capaz de ofrecer certidumbres sobre su pronta recuperación? El problema principal del modelo lopezobradorista es que desprecia esta variable. La paradoja de su modelo radica en que provoca máxima desconfianza sobre el porvenir.

Proponer que los pobres van primero es una aspiración moral difícilmente disputable, lo cuestionable es la aplicación práctica de la política. Dado que los padrones de las personas beneficiadas por las transferencias sociales no son públicos, y que aquellos que han sido publicados exhiben grandes deficiencias, cabe temer que los recursos de la política social no estén llegando con eficiencia a sus destinatarios, ni posean volumen y cantidad suficiente como para que el consumo de la población beneficiada sirva como movilizador de una economía paralizada.

La lucha contra la corrupción es igualmente un principio moral defendible. Sin embargo, los métodos utilizados para emprenderla están provocando más daño del que pretendían corregir. La mayoría de las denuncias públicas por corrupción, anunciadas durante las conferencias presidenciales de cada mañana, no han contado con un verdadero cauce penal.

Se trata de acusaciones probables, pero que nadie se ha molestado seriamente en probar. Esta dinámica alimenta un ambiente de suspicacia y, sobre todo, de desconfianza mutua que no está ayudando a la hora de producir certidumbre económica.

La austeridad drástica contra la burocracia suma inestabilidad al ecosistema. Ciertamente era indispensable racionalizar el gasto público y reducir los márgenes para el dispendio y la ostentación de la administración pública. Sin embargo, en vez de operar a partir de un diagnóstico acucioso sobre los excesos y las actividades presupuestalmente castigadas durante el periodo neoliberal, la presidencia ordenó recortes indiscriminados que terminaron por inmovilizar a su gobierno.

En consecuencia, por ejemplo, la banca de desarrollo no es capaz de ofrecer créditos, el Sistema de Administración Tributaria atiende con ingrata ineficiencia a los contribuyentes, la Secretaría de Economía se desentiende de los exportadores, y la Secretaría de Turismo es incapaz de reactivar al sector más lastimado por la recesión global.

También ha sido fatal la incapacidad política del gobierno para conciliar un plan de infraestructura que haga coincidir inversiones públicas y privadas en cantidad conveniente para atender la crisis.

Esto es así porque el presidente amaga todos los días con cambiar las reglas del juego, y muchas de esas veces cumple con sus amenazas. El ejemplo más evidente lo sufre el sector energético. En un mismo memorándum, AMLO advirtió que no echaría para atrás la reforma energética de la administración anterior, siempre y cuando las inversiones privadas dieran pronto resultado.

Ante la indefinición sobre lo que quiere decir el término “pronto”, cabe especular que esa reforma será “en breve” letra muerta. Si en las elecciones intermedias del próximo año el presidente logra mayoría en el Congreso, no tendrá dificultad para modificar la Constitución y afectar las inversiones celebradas bajo el marco legal vigente. Así las cosas, mejor no invertir; y sin inversión energética, el plan de infraestructura no es viable.

El último elemento del modelo lopezobradorista está centrado en promover energías fósiles. Camina en contra de establecer una planta energética renovable que no solo sería buena para el planeta, sino también para bajar los costos de producción.

El modelo económico del presidente López Obrador no es económico y, aunque sus componentes puedan tener argumentos morales, no es tampoco moral que un gobierno experimente teorías sin precedente en una circunstancia tan grave como lo es esta tremenda recesión global.

Leer más: