Donna F. Edwards es columnista contribuyente del Post. Gwen McKinney es estratega de comunicaciones y creadora de Suffrage.Race.Power - Black Women Unerased, una iniciativa de participación pública.

El conveniente y multiusos “mujeres de color” (MDC) es un descriptor simple en un mundo obsesionado con la comunicación abreviada y los acrónimos. Pero a las mujeres negras en Estados Unidos, esto nos molesta. La frase evoca la sutileza y complejidad de identidades que se borraron en el transcurso de 401 años en este país.

Al mismo tiempo, el término oculta las realidades diversas de las mujeres latinas, asiáticas, polinesias e indígenas. Nos convierte en un monocromático amorfo, neutraliza nuestros patrimonios y linajes multidimensionales.

Resulta irónico que las mujeres negras acuñaron la terminología MDC a finales de la década de 1970, a modo de rechazo frente a la etiqueta despectiva de “minoría”. Similar a nociones como “posrracial” y “sin prejuicios raciales”, el término MDC niega la identidad racial en beneficio de la unidad racial. Con el tiempo, el contraste no ha reconocido las multietnias sino un simple binario blanco/no blanco.

Somos negras. El término es directo e invoca algo visceral y difícil de entender o aceptar para aquellos que no son negros. A lo largo de nuestra vida, los identificadores más cómodos han mutado: “de color”, “negro”, “afroestadounidense”. La explosión del multiculturalismo creó un arcoíris al estilo “somos el mundo”. Y en todo este tiempo hemos seguido siendo negros. No es una etiqueta ni un color, es una experiencia, es el pegamento de nuestro singular legado en los Estados Unidos.

El censo decenal en curso lleva a los hogares la vacuidad de una carpa enorme y monocromática que describe a todos y a nadie. La microfocalización y los datos que se obtienen de las distintas poblaciones raciales y étnicas son fundamentales para asegurarse de que los servicios y fondos lleguen a comunidades identificables. Por ello, entre las 19 categorías (incluida “otra raza”) del censo de 2020 no existe un recuadro para “gente de color”. ¿En cuántos hogares las mujeres son jefas de familia y quiénes son estas mujeres? ¿Cuántos propietarios de sus casas, pequeños comercios y empleos se cuentan en una comunidad? Estas preguntas son particularmente relevantes para las mujeres negras, quienes de manera desproporcionada son proveedoras, toman decisiones sobre asistencia médica, son empresarias, madres solteras y cuidadoras en sus hogares. Identificarnos con un grupo étnico/racial específico es vital para lograr la equidad racial y la paridad económica.

En el frente electoral, las etiquetas imprecisas desdibujan el foco político que las mujeres negras se han ganado en el curso de muchas elecciones en el país. La inclusión de la senadora por California Kamala D. Harris en la terna democrática subraya este tema identitario. Su contexto multidimensional no borra ni socava quién es. Reconoce y celebra su patrimonio indio, pero ella misma se identifica como una mujer negra, cuyo carácter forjó en la Universidad Howard (históricamente una universidad negra). Por esto, su conexión con la sororidad Alpha Kappa Alpha, una de las “nueve divinas” organizaciones griegas enclaustrada en la experiencia del campus negro, es importante. Estos son aspectos únicos de la identidad negra que no tienen cabida en el universo amorfo de las MDC.

Como mujeres negras, aceptamos las expresiones que celebran a las MDC como “la columna vertebral” del cambio democrático. Sin embargo, la información y los resultados electorales de toda la nación revelan que las mujeres negras, en particular, han surgido como el bloque electoral más consistente, sobre todo para el partido democrático. “La magia de las chicas negras” supera en desempeño y distancia a otros grupos demográficos. Como ejemplo, la carrera presidencial de 2016, en la cual 94% de las mujeres negras votaron por Hillary Clinton; los porcentajes comparables de latinas y “otras” mujeres fueron casi un tercio menores. No es justo ni verdadero fusionar el comportamiento electoral de las mujeres negras con un electorado MDC imposible de contar, de amplio origen étnico, racial y geográfico.

En conclusión, nuestras experiencias de vida no son intercambiables. Por tanto, la solución debe ser una política identitaria directa que afirme y celebre quiénes somos: mujeres negras, latinas, asiáticas, indígenas, birraciales o el origen que cada uno reclame y reconozca. Cada comunidad merece designar su nombre y dar forma a sus narrativas específicas. Las políticas de cambio han sido definidas, en gran medida, por mujeres que no tienen nada que perder y mucho que ganar al dar la cara y ser tomadas en cuenta. Esto no puede ocurrir mediante un kumbayá multicultural que impida reconocer nuestra identidad. Ya sea al obtener el derecho al voto o buscar la equidad salarial, como mujeres negras, quizá podamos compartir nuestra experiencia con todas las mujeres, pero no es la misma.

Derribar barreras entre razas, etnias y culturas es transformador. Nuestras experiencias individuales y colectivas pueden sortear divisiones en apariencia inextricables. Es un objetivo maravilloso. Pero las experiencias de las personas negras, o de cualquier pueblo oprimido por su raza, no deberían subvertirse ni borrarse en la búsqueda de un arcoíris idealizado —aunque escurridizo—.

En esta relevante época electoral, todos los votos cuentan. Y la identidad importa, sobre todo para las mujeres negras que se han ganado y comandado protagonismo como agentes de cambio electoral. Hoy en día es más importante que nunca.

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