Si el presidente estadounidense, Donald Trump, es derrotado en noviembre, gran parte del daño que ha inflingido al sistema político y a las alianzas internacionales de Estados Unidos podrá revertirse. El candidato demócrata, Joe Biden, podrá restaurar las normas anteriores de comportamiento presidencial y reactivar los nexos con amigos tradicionales de Estados Unidos. Sin embargo, una parte del legado tóxico de Trump probablemente persista: la degradación de la verdad como divisa común en la vida pública.

Las democracias no pueden funcionar si las diferencias ideológicas son agravadas por la circulación de teorías de conspiración e informaciones falsificadas. Los hechos comprobados son la base para la formulación de políticas y la conciliación legislativa. Trump ha acelerado enormemente lo que ya era una tendencia de algunos elementos del Partido Republicano en cuanto al rechazo a la ciencia y al periodismo de investigación. Sus mentiras incesantes —desde inflar el número de personas presentes en su investidura hasta el curso de la pandemia del coronavirus— han llevado a que muchos de sus seguidores tengan creencias que son demostrablemente falsas y que, en algunos casos, son el producto de campañas de desinformación generadas por poderes hostiles.

Mientras tanto, Trump ha emprendido una campaña implacable para desacreditar a las instituciones que buscan difundir la verdad y desmentir historias falsas, en especial a la comunidad de inteligencia de Estados Unidos y los medios de comunicación. Los informes de inteligencia meticulosamente documentados sobre las intervenciones de Rusia en la política estadounidense, incluyendo la campaña electoral actual, son, dice Trump, “un engaño” conjurado por un “Estado profundo”. Las revelaciones de los medios sobre casos de corrupción y malversación en su presidencia son “noticias falsas”.

Presidentes anteriores han mentido o tergiversado la verdad, pero las distorsiones de Trump son de una escala épica. Hasta julio, según una base de datos mantenida por el Post, Trump había hecho más de 20,000 declaraciones falsas o engañosas en apenas tres años y medio, incluidas más de 1,000 exclusivamente sobre el coronavirus. Su mendacidad se ha venido acelerando: mientras que sus primeras 10,000 mentiras se acumularon en 827 días —según reporte de The Post Fact Checkers—, solo le tomó 440 días duplicar el total.

Las afirmaciones falsas más comunes de Trump son que ha sido partícipe del mejor momento de la economía de todos los tiempos, y que aprobó la mayor reducción de impuestos de la historia. Durante la investigación del juicio político el año pasado, hizo casi 1,200 declaraciones falsas, incluyendo repetidas referencias a la teoría falaz —propagada por la inteligencia rusa— de que Ucrania intentó perjudicar su campaña electoral de 2016.

Los profesionales de inteligencia y las organizaciones de noticias que han dado información sobre la interferencia rusa y el intento de Trump de extorsionar al gobierno de Ucrania han sido sujetos a una corriente implacable de retórica presidencial, y en el caso de la comunidad de inteligencia, a purgas políticas. Una de las consecuencias de eso es que la Oficina del Director de Inteligencia Nacional, ahora encabezada por un excongresista republicano leal a Trump, ha reducido las sesiones informativas para el Congreso sobre la interferencia rusa en la campaña de 2020, y ha distorsionado los informes que han proporcionado, como la vez que equipararon las actividades rusas con las de China e Irán.

Cuando Trump asumió el cargo, el término “noticias falsas” se usaba comúnmente para describir historias falsas difundidas en internet y en otros lugares por Rusia y otros agentes malignos. El presidente se propuso adueñar del término, al responder una pregunta de un periodista de CNN en una conferencia de prensa de enero de 2017 diciéndole “tú representas las noticias falsas”. Desde entonces, Trump ha usado el término más de 500 veces solo en Twitter. También comenzó a referirse a organizaciones como CNN, el Post y The New York Times como “enemigos del pueblo”, una frase que ha repetido docenas de veces.

Se puede decir que la táctica no le ha hecho mucho daño a las organizaciones de noticias, excepto en la base política de Trump. Según un estudio realizado por The Economist y YouGov, la confianza general en el Post y el Times se incrementó entre 2016 y 2018, mientras que se redujo en los medios pro Trump como Fox News y Breitbart. El Centro de Investigaciones Pew reportó en enero resultados similares.

Sin embargo, el recurso de las “noticias falsas” ha tenido dos efectos de gran alcance. A nivel internacional, los gobiernos autoritarios —y algunas democracias— la han aprovechado como una herramienta para silenciar a sus críticos. De acuerdo con Freedom House, entre enero de 2017 y mayo de 2019, al menos 26 países promulgaron o introdujeron leyes o reglamentos para la censura o el enjuiciamiento penal de las “noticias falsas”. Desde entonces, más países se han sumado. Entre los gobiernos que se inspiraron en Trump se encuentran Egipto, Polonia, Hungría, Turquía, Corea del Sur y Filipinas. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, incluso siguió el ejemplo de Trump y comenzó a acusar a CNN.

En casa, Trump ha ayudado a polarizar lo que solía ser un espacio de información en común. Pew reportó que los republicanos han perdido ampliamente la confianza en los principales medios de comunicación, en especial los señalados por Trump. Muchos existen ahora en un mundo paralelo donde el calentamiento global es un mito y Estados Unidos lidera al mundo en la lucha contra el coronavirus. Una encuesta reciente reveló que 56% de los republicanos cree que la teoría QAnon, que alega que una secta secreta de pedófilos está incrustada en el gobierno de Estados Unidos, es en parte o mayormente cierta.

El mismo Trump le dio la bienvenida recientemente al apoyo de los seguidores de QAnon. También dejó en claro que su campaña para derrotar al candidato demócrata Joe Biden en las elecciones de noviembre estará basada en mentiras. En la convención republicana, el presidente y sus aliados propagaron repetidas veces las falsas afirmaciones de que Biden está a favor de retirarle fondos a la Policía, que aprueba los disturbios en las ciudades estadounidenses y que tanto él como su hijo estuvieron involucrados en tratos corruptos en Ucrania y China. Si pierde, es muy probable que Trump les diga a sus simpatizantes que fue por fraude, y muchos de ellos le creerán.

Incluso si Trump sale de la presidencia en enero, es probable que el país sufra por años de esta desvinculación del debate público con la realidad. Si gana, su guerra contra la verdad seguramente se intensificará. En su primer periodo, el presidente tomó medidas para perjudicar a los principales medios de comunicación: intentó bloquear una fusión de AT&T y Time Warner, propietaria de CNN, y ha buscado repetidas veces hacerle daño a Amazon, cuyo director ejecutivo, Jeff Bezos, es dueño del Post.

En un segundo mandato, Trump podría intensificar estos ataques, quizás buscando forzar la venta de los medios de comunicación señalados a propietarios más amigables. Seguramente instalaría más figuras leales en lugar de profesionales en las agencias de inteligencia. Convertiría a las emisoras del gobierno de Estados Unidos, incluida la Voz de América, en sus medios de propaganda personales. Su objetivo sería lograr que su versión de la realidad domine el discurso político, independientemente de la verdad.

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