Mientras escribo este artículo, continúa el conteo de votos. Y lo escribo independientemente del resultado de la contienda presidencial. Aunque espero que ganen los demócratas Joe Biden y Kamala D. Harris —lo que no es una sorpresa para mis lectores— e incluso si el presidente Donald Trump no es reelegido, todavía tengo algo que decir sobre la trágica remodelación de nuestro país por parte de un hombre malévolo y narcisista que ocupó la Casa Blanca durante casi cuatro años.

Tengo que hablar al respecto porque algunos de mis colegas en la tierra de los expertos están lanzando frases que sugieren que esta contienda presidencial fue simplemente sana diversión, que “los hombres son así”, y que los que quizás seguimos frunciendo el ceño es porque estamos exagerando todo el asunto.

Ellos están pasando por alto o descartando alegremente el argumento de los que consideramos a Trump un peligro claro e inminente para nuestra democracia. A través de la demagogia ha destruido todas las aspiraciones (incluso si no se han cumplido) que nosotros como país atesoramos: e pluribus unum (“de muchos, uno”), el lema estadounidense, la igualdad de todas las personas que llaman hogar a este país.

Creo con todo mi ser que Trump, el autócrata egoísta, se ha burlado de todo eso. Peor aún, ha alentado —no, envalentonado— a millones de estadounidenses a seguir su ejemplo.

Que Trump se vaya o se quede es de poca importancia.

Trump ha causado daños de una magnitud tan grande que solo un esfuerzo titánico de un futuro presidente, y un Congreso dedicado y amante de la Constitución, podrían deshacer.

La amargura de esta elección no es un accidente, esa especie de alejamiento imprevisto de un “Estados Unidos de antaño” al que la nación puede regresar una vez que las llaves de la Casa Blanca sean entregadas al próximo presidente.

¿Cómo afirmar que los estadounidenses atizados y explotados por Trump de verdad, de verdad, jurándolo de corazón, no consideran enemigos a sus conciudadanos? ¿Cómo asegurar que no odian a otros estadounidenses y que, después de los resultados finales, no terminaremos enfadados el uno con el otro? Eso es imaginar un Estados Unidos que no existe.

Trump ha alentado a los estadounidenses a ofenderse entre ellos. Ha sacado lo peor de nosotros para satisfacer sus propios intereses retorcidos. El resultado de las elecciones de 2020 no resolverá nada de esto.

Los defectos de carácter de Trump, su comportamiento repugnante por debajo de la dignidad de la presidencia, su desprecio por la honestidad y la gobernabilidad ética han estado expuestos desde que ingresó a la Casa Blanca en 2017. Y a millones de estadounidenses, como sucedió en las elecciones de 2016, les encanta ver eso.

Lo que debería ser visto con preocupación es señalado con orgullo por sus seguidores.

Nos encontramos en esta situación desesperada porque Trump se dispuso, desde el primer día de su presidencia, a intentar transferir la titularidad del gobierno de Estados Unidos del pueblo a sí mismo.

Ningún presidente estadounidense —desde George Washington, Franklin D. Roosevelt, Harry S. Truman, Dwight D. Eisenhower y John F. Kennedy, pasando por Bush padre e hijo, hasta Bill Clinton y Barack Obama— intentó jamás semejante acto subversivo.

Así que independientemente del resultado final, no habrá un “borrón y cuenta nueva” para mí. El trumpismo representa un peligro para mí, para mi país y para las personas que aprecio. Lo considero tan aterrador como las fuerzas malignas que eliminaron la Reconstrucción y desataron a racistas con túnicas blancas y capuchas contra mis antepasados.

No pasen la página, mis colegas expertos, incluyendo aquellos con un tono más blanquecino. Quizás esto sea solo deporte para ustedes y alimento para futuros comentarios reflexivos que atraigan visitas a las páginas.

En cuanto a mí, Donald Trump fue, sigue siendo y siempre será —junto con sus discípulos— una amenaza a esta nación que él no merece liderar.

Leer más: