Días antes de ganar las elecciones de Estados Unidos, el candidato demócrata Joe Biden dijo en una entrevista con CiberCuba que “las políticas de Trump hacia Cuba han sido un fracaso total” y que “empoderar al pueblo cubano será la pieza central de mi enfoque”. Tras su victoria, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel escribió en Twitter: “Creemos en la posibilidad de una relación bilateral constructiva y respetuosa de las diferencias”.

Todo hace indicar que una vez Biden asuma la presidencia de Estados Unidos el próximo enero, la política de ese país hacia la isla cambiará con respecto a la que desarrolló la administración del actual presidente, Donald Trump. Y en consecuencia con ese supuesto cambio que está por llegar, en Cuba, después de haber muchos nervios durante los días decisivos de las elecciones, uno palpa una sensación de alivio en las calles con la salida de la Casa Blanca de un hombre que, en su afán por liberar a los cubanos del castrismo, terminó ahogando, hasta más no poder con sus medidas y sanciones, a quienes en definitiva padecen el régimen.

La victoria de Biden despierta un renacer de esperanzas en la mayoría de los cubanos de la isla que añoran aquellos días de apertura económica y sosiego político que se vivieron cuando, en 2014, los presidentes Barack Obama y Raúl Castro decidieron dejar atrás décadas de rencillas entre los dos países para restablecer las relaciones diplomáticas. Es entendible la ilusión que genera una nueva apertura económica en el horizonte sin los aprietos a los que Trump sometió a Cuba, más aún cuando hoy la isla vive su peor momento económico tras el desastre que fue la década de los noventa. Pero detrás de ese regocijo de los cubanos, se esconde un asunto trascendental: la poca capacidad que tiene el régimen, al no dar su brazo a torcer con los cambios sistémicos que la ciudadanía pide a gritos, para modificar su propio futuro.

Indigna cómo el desastroso funcionamiento gubernamental de Cuba provoca que el bienestar y el porvenir de la nación pasen por las elecciones de otro país, como si fuéramos una colonia. Es cierto que lo que sucede en las elecciones de Estados Unidos no solo condiciona a Cuba, sino a la geopolítica mundial por los próximos cuatro años. Pero también es cierto que la isla ha tenido pocos presidentes “enemigos” tan calamitosos como Trump, quien dictó en su mandato más de 150 medidas y sanciones contra Cuba, y que es en extremo difícil que un país tercermundista soporte por casi seis décadas un embargo financiero y comercial de la principal potencia mundial, pero Cuba y los cubanos, pese a todas esas presiones externas, no pueden seguir depositando el destino del país en manos de otros.

El desarrollo solo se alcanza con la verdadera independencia. Por lo que la administración de Biden no puede significar un capítulo más de dependencia económica de Cuba hacia el exterior. Si bien el demócrata se antoja un salvavidas para sacar a la isla del pantano en el que se encuentra, ese no puede ser el principio de acercamiento de La Habana a Washington, porque estaríamos en presencia de otra balsa económica.

En la entrevista a CiberCuba, Joe Biden también declaró lo siguiente: “La situación de hoy en Cuba no es igual a la situación hace cuatro años y yo seguiré políticas que reconozcan el ambiente de hoy, empezando con la eliminación de las restricciones de Trump a las remesas y los viajes, las cuales perjudican al pueblo cubano y mantiene a las familias separadas. También abordaré el atraso de más de 20,000 visas que ha aumentado bajo la administración Trump, exigiré la liberación de los presos políticos y defenderé los derechos humanos en Cuba, tal como lo hice cuando era vicepresidente”.

Está claro: al menos de arranque, la política de Biden con Cuba será similar a la de Obama. Por eso quiere que “el pueblo cubano se empodere”, porque “es fundamental para la seguridad nacional de Estados Unidos” y, además, es en definitiva el pueblo cubano quien debe “determinar su futuro”.

Esa es la pretensión de Joe Biden, un arma de doble filo para el régimen cubano. Porque él revertirá el desastre de Trump, como lo desea con ansias el gobierno cubano para volver a respirar un poco y salir del asfixie económico, pero a su vez exigirá a cambio, como ya anunció, la liberación de presos políticos y el respeto a las libertades fundamentales a las que los cubanos no pueden acceder. Es decir, el gobierno de Biden tenderá la mano, pero no por ello dejará de hincar donde más le duele al régimen.

Contrario a lo que se piensa, las relaciones de diálogo abierto son las más perjudiciales para el régimen cubano. Esto tiene una sencilla razón: el nivel de exposición que conllevan. Y es ese el talón de Aquiles de la dictadura cubana: desnudarse y mostrar sus falencias democráticas. Es por ello que, pese a sufrir las relaciones confrontacionales, las prefiere, pues con ellas se siente como pez en el agua y, de paso, tiene una buena justificación para excusar la mantención de su status quo.

En tanto, Biden ya tiene la experiencia de Obama y debe recordar a la perfección que, incluso antes que Trump echara por tierra todo el progreso alcanzado entre los dos países, fue el gobierno cubano quien comenzó a ponerle frenos al intercambio bilateral con Estados Unidos. Fidel Castro llegó a escribir sobre la visita de Obama: “No necesitamos que el imperio nos regale nada”.

Hoy, con Castro bajo tierra, con Trump fuera de juego, en medio de una pandemia, sin la ayuda de Venezuela, sin turismo, al régimen no le quedan muchas más opciones que Joe Biden para menguar un tanto su crisis económica. Para ello, su fastidioso vecino solo le pide que se reconozca como tal: un país donde no abundan las libertades de los ciudadanos. Mordiéndose los labios, tendrá que aceptar.

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