Lucina Melesio es periodista y colaboradora de diferentes medios como ‘Scientific American’ y ‘Al Jazeera’.

El 3 de octubre alrededor de 100 personas se contagiaron de COVID-19 en una boda en Mexicali, en el estado de Baja California, México. El 23 de octubre esos casos eran aproximadamente la mitad de todos los que estaban activos en la ciudad, lo cual convirtió a la ceremonia en uno de los eventos superpropagadores más grandes del mundo.

Si bien los medios fueron rápidos en atribuir los contagios al número de invitados (calculan 300) y a que, por lo que se veía en fotos y videos, los asistentes no usaron cubrebocas, uno de los asistentes dijo que en realidad las medidas no eran muy distintas a las que tienen los restaurantes: filtros en la entrada, cámaras de sanitización, gel antibacterial, tres metros de distancia entre mesas al aire libre. Entonces, ¿por qué la boda se convirtió en un evento superpropagador?

No es tan fácil determinarlo, sobre todo porque las recomendaciones sanitarias que emiten las principales autoridades de salud del mundo han cambiado radicalmente desde que comenzó la pandemia.

Por ejemplo, todavía hasta abril la Organización Mundial de la Salud (OMS) pedía a la población general no usar cubrebocas a menos que presentara síntomas, y dejar el escaso inventario mundial de cubrebocas y mascarillas N95 para el personal médico. Hoy, en muchas ciudades del mundo es obligatorio el uso de cubrebocas porque aún los más simples protegen principalmente a los demás de nuestras gotas de saliva (por eso estar cerca de una persona que no lo usa es riesgoso aunque tú lo estés usando y te proteja un poco).

Antes también la OMS señalaba que la principal vía de contagio era tocar con las manos superficies contaminadas con el virus, y después tocarse la cara. De allí la omnipresencia del alcohol en gel. Hoy, si bien se sigue recomendando lavarse las manos o usar un desinfectante frecuentemente, el consenso está en que esta vía es menos viable porque el virus es relativamente frágil fuera del cuerpo, y aún no hay casos documentados de que alguien se haya contagiado de esa forma.

Entrar en contacto con el virus no es suficiente para enfermarse: se necesita recibir una dosis mínima. Una persona se enfermará dependiendo del tiempo que esté expuesta al virus, y de la dosis que reciba. En el caso del coronavirus, los investigadores suponen que la dosis mínima debe ser parecida a la de la influenza estacional, y que entre mayor sea esta y el tiempo de exposición, será más grave la enfermedad. Eso explica por qué convivir con varias personas en un lugar con poca ventilación aumenta el riesgo de contagio.

Por eso creen que el personal médico es tan susceptible de padecer los síntomas graves de la enfermedad, porque suelen estar más expuestos a mayores dosis por su trabajo. También es la razón por la que investigadores se aventuraron a proponer que exponernos a pequeñas dosis del virus podrían detonar una respuesta inmune (llamada “variolación”) que nos prepararía para futuras exposiciones y reduciría la posibilidad de padecer los síntomas graves de la enfermedad. Así, el uso generalizado de cubrebocas contribuiría a la variolación.

Ha tomado tiempo que las autoridades, tanto en México como en el mundo, emitieran estas recomendaciones. Durante varios meses, aseguraron que el virus no se contagia por aire, sino por el contacto directo con las gotas de saliva que las personas infectadas emiten al hablar, toser o estornudar. De allí salieron las recomendaciones de mantener dos metros de distancia entre las personas, para evitar el contacto con esas gotas.

Pero 10 meses después, con más casos y más estudios, en octubre los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC por su sigla en inglés) finalmente reconocieron que el virus se contagia por aire (después de publicarlo en septiembre y luego retractarse), mediante aerosoles que emiten las personas infectadas al respirar y que se quedan suspendidos en el aire por varias horas en lugares poco ventilados.

Había evidencia de esto desde hace tiempo, identificada en otros eventos superpropagadores icónicos. Uno de ellos fue en marzo, en un ensayo de un coro en Washington en la que se contagiaron 32 de 61 personas. Pero los CDC habían determinado que la transmisión debió ocurrir principalmente porque las y los participantes estaban en cercanía próxima (a menos de dos metros entre ellos), aunque reconocieron que cantar aumentó el riesgo porque crece la cantidad y el alcance de las secreciones de los pulmones.

Hoy la evidencia apunta a que la principal vía de contagio del COVID-19 es mediante secreciones respiratorias, ya sea por cercanía con una persona infectada o por compartir el aire en espacios poco ventilados.

Algo interesante es que, al parecer, la mayoría de las personas no contagian el virus: estudios recientes señalan que es una muy pequeña parte de la población la que produce los contagios. Tan solo 8% de la población con COVID-19 produciría 60% de los contagios; 70% de las personas no parecen contagiar a otras. Pero, hasta el momento, no es posible saber quién estaría en alguno de los dos grupos y si hay una condición biológica asociada a ciertas personas que las convierte en súperpropagadores.

Los autores encontraron que en realidad muchos de los contagios vienen de eventos superpropagadores que comúnmente ocurren en espacios pocos ventilados durante varias horas, en los que se contagian 80% de las personas, mientras que en eventos menos riesgosos solamente se contagian 1.6%. De allí la importancia de entenderlos.

Los superpropagadores están asociados a los primeros brotes —y rebrotes, como la boda en Mexicali— en varios lugares del mundo. Una boda en Jordania en la que se contagiaron 76 personas detonó la pandemia en ese país en marzo. Otro fue una misa en una iglesia en Corea en la que 15 personas contagiadas fueron vinculadas a 5,000 transmisiones más; eran la mitad de los casos en la región en su momento. O los 800 casos de tres cruceros.

Los controles que supuestamente tuvieron en la boda de Baja California, que son los mismos que tienen en restaurantes, centros de trabajo o supermercados, pueden dar una falsa sensación de protección. Por ejemplo, los controles de temperatura, si bien sirven para filtrar personas con síntomas, no pueden hacerlo con asintomáticos ni con los que están en su fase más contagiosa antes de desarrollar síntomas. Los desinfectantes de manos tampoco son medida suficiente, pues los estudios no son concluyentes sobre los contagios por esta vía. Estar al aire libre reduce significativamente el riesgo, pero queda claro que el número de personas juega un papel importante y que los cubrebocas también. Pecar de ser extraprecavidos puede ser muy útil para prevenir el siguiente evento superpropagador en los próximos meses que, según la OMS, serán los más difíciles.

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