Adela Navarro Bello es directora de 'Semanario ZETA’ en Baja California, México.

En el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, pese a su discurso antimigrante, racista y de odio hacia los mexicanos, las deportaciones disminuyeron respecto al gobierno de Barack Obama, en el cual fue vicepresidente Joe Biden, hoy en camino a ser el nuevo presidente. Sin embargo, esto no sucedió por un esfuerzo de Trump, sino por los actos de gobiernos estatales y locales para limitar las acciones federales. Trump sí ha buscado acabar con la inmigración indocumentada.

De acuerdo con un estudio de la organización Migration Policy, su gobierno ha terminado virtualmente con las solicitudes de asilo en la frontera entre ambos países, ha seguido construyendo un muro, reduciendo las solicitudes de refugio y otros “cientos de acciones ejecutivas para cambiar el sistema de inmigración”.

Ahora Biden, tras su triunfo en las elecciones, ha dicho que cambiará esos años de políticas antinmigrantes, incluidos los de Obama: expandirá las “ciudades santuario” para migrantes, limitará el número de deportaciones y ampliará la concesión de asilo y refugio, que de estar en un promedio anual de 123,000 solicitudes aceptadas, se redujo a 18,000 en lo que va de este año. Sin embargo, aunque la propuesta migratoria de Biden es amplia, no es suficiente para los mexicanos en ambos países. Tampoco lo es la respuesta del gobierno mexicano tras las elecciones en ese país y los problemas existentes.

El demócrata ha dicho que, por medio de órdenes ejecutivas, restituirá las condiciones que se encontraban previo al arribo de Trump a la presidencia. Se comprometió también, de entrada, a legalizar la condición de más de 11 millones de migrantes indocumentados que residen en su país, de los cuales menos de la mitad son mexicanos, de acuerdo a la firma de análisis Policy 2020 Brookings.

Biden también señaló que terminará con la prohibición de viajes hacia Estados Unidos. Se comprometió a proteger a los beneficiarios de DACA, el programa que Obama aprobó para que los migrantes que llegaron a ese país siendo niños “existan” legalmente. También erradicará las jaulas para menores internados en centros de detención de migrantes, y buscará localizar a los padres de los al menos 545 menores migrantes que están solos debido a las autoridades migratorias de ese país.

En lugar de muros, asumió el compromiso de invertir en tecnología en la frontera para la revisión de carga y combatir el tráfico de drogas y la trata de personas. Sin embargo, hasta el momento no ha hablado sobre la reapertura de las fronteras terrestres para actividades no esenciales, ni ha hecho referencia a la activación de visas de trabajos especializados, temporales, de intercambio y directivos.

Al contrario de Biden, desde su primera campaña en 2016 Trump basó gran parte de su propuesta en aislarse de México y del mundo con su visión de “America first”. Stephen Miller, conocido como el arquitecto de la enmienda de prohibición de viajes desde países musulmanes y su asesor en el tema migratorio, trabajó durante los últimos tres años en un plan para el cierre de la frontera con México, que incluyó un intento de apelar a la salud pública pretextando un brote de paperas en centros de detención de migrantes.

Los afanes de Miller no prosperaron entonces, pero la pandemia de COVID-19 le dio el instrumento que necesitaba. Desde marzo a la fecha, las fronteras terrestres de los Estados Unidos han permanecido cerradas a ciudadanos mexicanos, excepto a quienes cuentan con una tarjeta de residencia o doble nacionalidad. Sin embargo, el flujo contrario es normal porque el gobierno mexicano no puso ninguna restricción en el cruce, aunque Estados Unidos lleva 238,000 muertos y casi 10 millones de contagios de coronavirus

De acuerdo al Instituto Nacional de Migración, tan solo por las fronteras del estado de Baja California, en donde Tijuana es la más concurrida, en 2019 se produjeron más de 77 millones de cruces de mexicanos hacia los Estados Unidos, mientras este 2020 han cruzado menos de la mitad, apenas unos 32 millones.

Los más afectados son los comercios fronterizos en territorio estadounidense. Tan solo en San Ysidro, California, ciudad colindante con Tijuana, el presidente de la Cámara de Comercio, Jason Wells, estimó que de los 865 millones de dólares que los comercios generan al año, este 2020 apenas llegarán a 20% de esa cifra.

Biden no ha dado declaraciones aún sobre la apertura de la frontera con México, tema en el que el gobierno mexicano ha sido bastante condescendiente con las políticas de Trump, al grado de que el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, se ha convertido en el vocero de los cierres fronterizos, los cuáles anticipa vía sus redes sociales.

La cancelación de visas de trabajo para empleos temporales especializados, directivos de empresas, intercambios, dependientes y acompañantes también afectó a los mexicanos. Sin embargo, el gobierno de Trump no canceló la visa H-2A, exclusiva para trabajadores agrícolas, a quienes se ha señalado como trabajadores esenciales en esta pandemia.

En esta circunstancia, el gobierno mexicano no ha ejercido un cabildeo visible en Washington o en el Congreso estadounidense, donde la mayoría de las reformas se llevan a cabo. Esta actitud llevó al país incluso a convertirse en los hechos en un “tercer país seguro” para migrantes rechazados en solicitudes de asilo, así como repatriados vía México.

Mientras el tema se mantiene a la expectativa, el gobierno mexicano, que se ha negado a felicitar al demócrata por su virtual triunfo —como ya lo hizo su otro socio comercial, el canadiense Justin Trudeau—, se aferra peligrosamente a la pasividad ante los cambios migratorios anunciados por Biden. Con ello afecta la consolidación de la relación bilateral en una materia vital para las economías de la frontera norte y los migrantes, a quienes solo parece recordar cuando habla de las cifras récord de las remesas que los mexicanos históricamente vulnerados en Estados Unidos, pese a todo, no dejan de enviar a casa.

El gobierno mexicano, ya sea mediante su presidente o su secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, debería comenzar las pláticas con el equipo de Biden, quien ya está trabajando con su equipo de transición. De persistir la terquedad de no reconocer al presidente electo de Estados Unidos, México estará perdiendo días valiosos para interceder y cabildear en nombre de los migrantes mexicanos en aquel país, y particularmente de las economías de la frontera.

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