La senadora Kamala D. Harris ahora puede añadir “quebradora de techos de cristal” a su ya de por sí impresionante currículum.

Cien años después de que las mujeres garantizaron su derecho al voto en Estados Unidos, Harris está por convertirse en la primera mujer vicepresidenta de este país. Hija de madre india y padre jamaiquino, Harris será también la primera mujer no blanca en ocupar el cargo.

Las encuestas de salida demostraron una vez más que las mujeres negras llevan en sus hombros al Partido Demócrata, pues 91% de las mujeres negras votaron por la dupla Biden-Harris: el porcentaje más alto entre cualquier grupo étnico. En Georgia, Stacey Abrams ha destacado como una superheroína política. Su organización a favor de los derechos electorales, Fair Fight, ayudó a registrar a 800,000 votantes y es probable que haya sido determinante para que Biden ganara en este estado tradicionalmente rojo.

Es motivo de orgullo que el camino de Harris hacia el éxito haya sido marcado por instituciones negras: se graduó de la Universidad Howard, una institución de educación superior históricamente negra, y es miembro de la sororidad Alpha Kappa Alpha, también históricamente negra.

Sin embargo y a pesar de lo mucho que hay que celebrar la victoria de Harris, como mujer negra no puedo sino temer lo peor. Las mujeres negras sabemos los horrores de los que son capaces los Estados Unidos. Sabemos que las violentas fuerzas gemelas del racismo y el sexismo corren por el ADN de Estados Unidos con tal poder que ni siquiera una mujer negra en la Casa Blanca puede estar a salvo de ellas.

En su condición de mujer que se identifica como negra y de una muy exitosa hija de inmigrantes, el ascenso de Harris representa todo lo que Estados Unidos dice valorar y defender como nación. Por décadas —excluyendo los últimos años— hemos declarado que los inmigrantes no solo son bienvenidos sino que son parte esencial del gran experimento estadounidense, poniendo a prueba si es que este país es capaz de extender el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad a quienes salen de los márgenes de la blancura y la masculinidad.

Por supuesto, el presidente saliente ha dejado claro que él no apoya nada de eso. Donald Trump se ha esforzado en pronunciar incorrectamente el nombre de pila de Harris y la ha tildado despectivamente de “mujer socialista”. Incluso, Trump decidió resucitar la conspiración sobre la ciudadanía por nacimiento, cuestionando si Harris cumple con los requisitos para ser vicepresidenta.

La seguridad de la integridad física de cualquier figura política es una preocupación en tiempos normales, pero en su condición de mujer no blanca, Harris tiene sobre sí un blanco más grande en la era del trumpismo. En octubre, un hombre de Maryland fue acusado de intentar violarla y asesinarla. Los días previos a la elección, mientras Harris hacía sus últimos actos de campaña en Texas, un autobús de la campaña Biden-Harris fue rodeado por una caravana de trumpistas. En vez de hacer un llamado urgente a la calma y la civilidad, Trump tuiteó que esos “patriotas no hicieron nada incorrecto” y más tarde publicó un video de la caravana, diciendo “¡AMO TEXAS!”.

Me preocupan los ataques que vendrán contra Harris. Trump puede irse de la Casa Blanca, pero su marca de racismo violento y sexismo quedará incrustada en la psique política de Estados Unidos como esquirlas de vidrio roto.

Mientras Harris, como muchas mujeres negras, se abre camino por un Estados Unidos lleno de gente enojada que votó por Trump, podemos estar seguros de que habrá muchas decepciones y errores. Incluso durante su campaña ya vimos cómo eso puede presentarse: cuando la campaña de Biden-Harris publicó un comunicado sobre el asesinato en Fildelfia de Walter Wallace Jr., un hombre negro de 27 años, le dedicaron más espacio y energía a regañar a los manifestantes por causar daños materiales que a condenar las acciones de la Policía que tan trivialmente le robó la vida de un hombre negro con padecimientos mentales.

El escritor James Baldwin alguna vez le preguntó a Estados Unidos: “¿Cuánto tiempo quieres para alcanzar tu ‘progreso’?”. Con humildad, yo añadiría otra pregunta: ¿Bajo qué condiciones permitirá Estados Unidos a las mujeres y a la gente negra cosechar los frutos de décadas y décadas de lucha?

Este es un momento triunfal que merece celebrarse. La mejor manera en que Estados Unidos puede rendirle honor al logro histórico de Harris es proteger, respaldar y exaltar a las mujeres negras.

Estados Unidos ha decidido elevar a una mujer negra a la vicepresidencia precisamente cuando el país ha sido humillado y puesto de rodillas. Harris ahora debe ayudar a salvar este Estados Unidos profundamente polarizado, afligido por una pandemia mortal y con una economía hecha pedazos. Es un panorama bien familiar para las mujeres negras: el Estados Unidos blanco siempre espera que nosotras limpiemos sus desastres. Pero las mujeres negras no votamos para salvar al Estados Unidos blanco, votamos para salvarnos a nosotras mismas del Estados Unidos blanco y sus impulsos. Es hora de que los demócratas trabajen para darnos a las mujeres negras lo que merecemos.

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