Marco Avilés escribe sobre racismo en América Latina. Es autor de ‘No soy tu cholo’ y ‘De dónde venimos los cholos’. Actualmente estudia un doctorado en la Universidad de Pennsylvania.

El estudiante universitario Bryan Pintado tenía 22 años cuando se despidió de su abuela para protestar contra el gobierno más violento que ha experimentado el Perú desde el fin de la dictadura de Alberto Fujimori. Era el sábado 14 de noviembre y el régimen de Manuel Merino cumplía cuatro días. Las redes sociales eran una galería de imágenes y videos de policías persiguiendo jóvenes, rompiéndoles las cabezas, disparándoles a quemarropa, mientras el Ministro del Interior, el expolicía Gastón Rodríguez, de 54 años, recorría canales de televisión negando las evidencias. Un año antes de su bicentenario el Perú estrenaba otra vez una dictadura.

Esa noche, los médicos que examinaron el cadáver de Bryan Pintado extrajeron 10 perdigones y restos de plomo de su cabeza, cuello y tórax. La politóloga y funcionaria del Ministerio de Salud, Jimena Limay, de 26 años, estaba en el centro de Lima durante esa marcha, y recuerda los gases y el sonido de las balas y a jóvenes desmayados, ensangrentados o vomitando. “Yo también pude terminar muerta”, me dijo al teléfono unos días después. Jimena no ha podido dormir desde entonces.

Merino ya no es presidente y el país se remece ante la irrupción de lo que muchas personas comienzan a llamar “Generación del Bicentenario”. Es decir, las multitudes de jóvenes y adolescentes (desde universitarios hasta obreros, desde k-popers hasta tiktokers, feministas, indígenas, organizaciones antirracistas, barras de fútbol) que tomaron las calles, a pesar de la pandemia, para enfrentar el desmadre generado por las mafias enquistadas en la política, y de manera especial en el Congreso peruano.

“¿Qué está pasando en el Perú?”, me preguntó esta semana una profesora al inicio de una clase por Zoom, en el doctorado que sigo en los Estados Unidos.

El mundo, lejos de permanecer aletargado por la pandemia, parecía un cuerpo sacudiéndose las pulgas. La semana anterior habíamos comentado sobre la derrota y las pataletas del presidente estadounidense, Donald Trump; una semana antes, el triunfo del “Sí” en Chile para reemplazar la Constitución vigente desde la dictadura de Augusto Pinochet. En el Perú, comenté, ocurría algo parecido. La Constitución, diseñada también durante una dictadura, no funciona en democracia. En solo tres décadas, ha producido un caos donde mafias y oportunistas y aventureros no terminan en la cárcel sino en el Congreso. Al ciudadano Merino le bastaron los votos de 5,000 personas para ser elegido congresista; y los de 105 de sus colegas (68 de ellos investigados por diferentes delitos, de acuerdo con una investigación del medio El Foco) para vacar al presidente en funciones y usurpar el cargo en medio de la peor crisis sanitaria y económica de la historia reciente.

Más que una jugada maestra de ajedrez, la aventura de Merino parecía el robo de un autobús repleto de pasajeros y en plena marcha, una locura que intentó sostener con violencia y con el apoyo de un gabinete ministerial de ultraderecha. Su primer ministro, Ántero Flores Aráoz, abogado de 78 años, acudió en persona a aplaudir a la Policía después de los primeros días de represión. Para entonces, desde la Organización de las Naciones Unidas en el exterior hasta gerentes de grandes empresas, expresaban su preocupación ante la represión en el Perú. Merino renunció el domingo 15 en una sala solitaria donde ni siquiera sus ministros se atrevieron a aparecer, mientras multitudes de jóvenes seguían sus palabras desde las calles en todo el país. La dictadura fue tan breve que ni siquiera las encuestas tuvieron tiempo para medir su impopularidad.

Las viejas tribus políticas garantizan su supervivencia controlando el acceso al poder de quienes están llamados a reemplazarlos. “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”, escribió en 1888 el ensayista Manuel González Prada, en su “Discurso en el Teatro Politeama”, en respuesta a esa clásica fatalidad peruana. Los mecanismos de control suelen ser diversos: desde estereotipos hasta balas. “Durante años, a los jóvenes nos han lanzado los peores insultos”, me dijo Jimena Limay, mientras el ruido enérgico de la calle se colaba por el auricular. “Nos han dicho apolíticos, ignorantes, adictos a las redes sociales. Y a pesar de todo eso, acá estamos, incluso gracias a las redes”. En un país castigado por un conflicto armado que dejó alrededor de 70,000 muertos hasta fines del siglo pasado, la posguerra ha sido un largo periodo de control de la potencia política de los jóvenes. Políticos, autoridades y periodistas aún llaman “terrorista” al opositor, al manifestante, al estudiante; a veces desde un miedo sincero, pero también desde la histeria y la complicidad con el régimen de turno. Durante los primeros días de la protesta, ese maleficio propio de la psicosis del siglo pasado pareció envejecer de pronto. Alguien intentó dibujar la hoz y el martillo, seguramente para que los medios afines al régimen pudieran interpretarla como un signo de que las marchas eran terroristas, pero el trazo era tan descuidado que, lejos de dar miedo, se volvió chiste, meme. “Parecía una P”, me dijo Jimena Limay. “P de pendejos”.

No solo la política necesita un cambio acorde a los tiempos en el Perú. También los medios de comunicación, plagados todavía de operadores y lobistas disfrazados de periodistas, tendrían que aprovechar esta oportunidad para sacudirse de ellos y abrirles las puertas al espíritu de estos tiempos. No es casual que una de las fuentes clave de información de esta generación sea TikTok, donde adolescentes con audiencias de cientos daban cuenta de las protestas. Tras el vacío de poder generado por Merino, y ante la vigilancia ciudadana que seguía la sesión como si fuera una tanda de penales, el Congreso eligió como presidente interino a Francisco Sagasti, un reconocido académico de 76 años. “Cuando un peruano muere, y más aún si es joven, todo el Perú está de duelo. Y si muere defendiendo la democracia, al luto se le suma la indignación”, dijo en su primer discurso, y enseguida salió a saludar a los manifestantes reunidos afuera del Congreso. Era un gesto sanador, cuando, además del luto por los fallecidos y la preocupación por los desaparecidos, muchos jóvenes estaban hospitalizados a causa de los ataques policiales, y no sabemos cuántos se encuentran en shock, como Jimena Limay.

“¿Hasta dónde seguirá la protesta?”, le pregunté. “Esto recién comienza. No vamos a parar hasta tener una nueva Constitución”, me respondió y, tras unos segundos de silencio, añadió: “Me da temor que comencemos a celebrar. Que la gente sienta que ya lo hemos logrado porque no es así. Nos han matado a dos”. Académicos discuten en redes sociales si esta generación se parece a la del 68 o más a la que sacó a Fujimori del poder en el 2000, con la ansiedad de quien quiere escribir la historia antes de que esta termine de ocurrir, y el gesto no deja de ser comprensible en un país necesitado de honestidad y héroes. Para alguien que pertenece a ese segundo momento, y que participó en aquellas manifestaciones, la gran limitación de los jóvenes de entonces fue que, una vez recuperada la democracia, la dejamos en manos de los políticos de siempre. Esta vez, y con ese aprendizaje, los jóvenes que ahora han logrado este momento maravilloso y contagiado al país con su coraje, tienen la oportunidad de impulsar una regeneración política, ya no solo desde las calles, sino desde adentro.

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