Alejandro Wall es periodista especializado en deportes. Actualmente es columnista de Pasaron Cosas, por ‘Radio con Vos’, y co-conductor de Era por abajo. Escribe para ‘Tiempo Argentino’ y otros medios. Ha publicado cuatro libros deportivos, entre ellos ‘El último Maradona’.

Una contraseña se convirtió durante décadas en el salvoconducto para cualquier argentino que caminara por el exterior, mucho más si se trataba de un país en el que no se dominaba el idioma: “Argentina Maradona”. A ese código le siguen historias infinitas. Comidas gratis, un trago, amistades, romances fugaces, gritos y abrazos napolitanos, un partido de fútbol, un taxi que llega a tiempo, la salvación de una desgracia, la indicación justa para volver a casa, un parto urgente. Diego Maradona fue un pasaporte —una estampita— que abrió mundos, un sustantivo que nunca necesitó de traducción, el apellido definitivo de un país.

Su muerte, a los 60 años, deja en shock a ese país, la Argentina, que se siente huérfana como nunca. Pero también lastima a los millones que lo lloran en el mundo, incluso a quienes no sabían que lo querían tanto. La muerte de Maradona no era una muerte inesperada, era una muerte imposible. Todo lo que se podía hacer con un cuerpo para vencerlo, Diego lo había hecho. Lo llenó de sustancias, lo sometió a operaciones, le entregó picos de stress y presión, lo llevó de acá para allá, sin descanso; lo expuso en un campo de juego a las patadas rivales y en el campo de las aventuras a las patadas propias. Lo quebró emocionalmente. Entregó el cuerpo, su cuerpo, a la felicidad colectiva. Diego fue un fabricante de felicidad.

Diego las hizo todas y todas las que se le pusieron enfrente las fue esquivando en lo que era su propio arte. Se imantó —y nos imantó— de una sensación de invencibilidad. No parecía haber finitud en Diego, D10s. Y en realidad es que Diego no hizo lo que quiso; hizo lo que pudo con lo que fue. Con lo que significó ser Maradona, mucho más que un jugador de fútbol, un artista. Su obra fue ser la encarnación del Sueño del pibe, un tango de 1942 que alguna vez él mismo interpretó en televisión. Si el potrero (la cancha de tierra) fue el mito fundante del fútbol argentino, Maradona lo completó.

Maradona nació en Villa Fiorito, un barrio periférico de Buenos Aires, lo que tampoco tiene traducción: una villa miseria. Y de ahí, el villero fue directo a ser un Zeus del fútbol, como lo llamó el periodista español Santiago Segurola. Maradona entregó su vida a la reivindicación de Fiorito, del barro, de una madre que no comía para que pudieran comer él y sus siete hermanos. Su historia es la historia de la desigualdad de la Argentina, de América Latina. Es todo lo que hay que entender para entender al Maradona que arremete contra el oro del Vaticano y el poder de la FIFA; el que se tatúa al Che Guevara y se hace amigo de Fidel Castro, el que va a Nápoles y saca la pus del norte rico y el sur pobre, el que pide igualdad para los futbolistas y anuncia un sindicato.

Las contradicciones, en las que siempre hurgan sus detractores, son parte de su humanidad desmesurada. Y la belleza de Maradona radicó, sobre todo, en su humanidad. Quienes a esta hora lo lloran —y lo lloran mucho, a oleadas— es por lo que fue como futbolista, pero también lo que fue como persona. El hombre adentro de la cancha estaba condicionado al hombre afuera de la cancha, y al revés. Se repite mucho en este dolor colectivo y popular que a Diego se lo despide como a un familiar, un amigo, con la clase de dolor que sólo se siente por un hermano. Diego construyó una cercanía con absoluta simpleza. Fue Fiorito para los argentinos. Fue Nápoles para los italianos. Fue los excluidos para el mundo, los olvidados. ¿Qué otra cosa podía ser Maradona? ¿Qué otra cosa podían pretender de un hombre al que hasta en los últimos días le infiltraron un drone en el fondo de la casa donde intentaba recuperarse?

Diego es un nombre común en la Argentina. Pero decir El Diego sólo es decirlo a él. En la Argentina decimos El Diego. Y también decimos La Claudia, la mujer que lo acompañó en los momentos más extraordinarios. Nuestra realeza del barro. Eran nosotros, los comunes, paseándose entre la realeza formal, ahí arriba. Si algo podría resumir a Maradona, y nada lo resume, es su partido contra Inglaterra en el Mundial 86, cuatro años después de la guerra de Malvinas, un diálogo entre el gol con la mano y el gol más maravilloso de la historia. Un hombre jugando como nadie mejor jugó el deporte que habían inventado ellos, los ingleses.

Maradona está en canciones, libros, crónicas, poesías, como si se tratara de una obra paralela. Pero Diego siempre fue su propio narrador. Una máquina verbal, como dice el sociólogo Pablo Alabarces. Fue el hombre al que la efedrina lo sacó del Mundial 94 en Estados Unidos. Y el que escribió su propio epitafio: “Me cortaron las piernas”. Después del doping, Diego nunca pudo volver a Estados Unidos, aunque lo intentó con el sueño de llevar a su nieto a Disney, aunque lo recomendaron médicos para algún tratamiento. Sólo piso Nueva York por unas horas como escala a Londres. Pero poco se supo que en una ocasión, durante una visita a su hermano Lalo, que vive en Toronto, Canadá, su subió a un auto y fueron hasta la frontera. La historia se contó siempre con sigilo, la reconstruimos junto a Andrés Burgo para un libro. Maradona cruzó a Estados Unidos, llegó a hasta una estación de servicio en la que se movía una bandera, se bajó, se tomó una foto y se fue. Alguien quizá tenga ese recuerdo. La foto de una rebeldía. Así fue su vida, la que desde hoy es bandera.

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