La negativa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a aceptar su derrota electoral junto a la implacable incitación a sus partidarios causaron el miércoles 6 lo impensable: un ataque al Capitolio de Estados Unidos por parte de una turba violenta, que superó a la Policía y expulsó a los miembros del Congreso de sus cámaras mientras debatían el conteo de los votos electorales. La responsabilidad de este acto de sedición recae directamente en el presidente, quien ha dejado en evidencia que su permanencia en el cargo representa una grave amenaza para la democracia estadounidense. Debe ser removido del cargo.

Trump alentó a la turba a reunirse el miércoles —cuando el Congreso se disponía a realizar su sesión— y a “ser salvajes”. Tras repetir una colección de absurdas teorías de conspiración sobre las elecciones, instó a la multitud a marchar hacia el Capitolio. “Vamos a caminar hasta allá, y yo los acompañaré”, dijo. “Nunca recuperaremos nuestro país mostrando debilidad. Se tiene que mostrar poder y se tiene que ser fuerte”. El presidente no siguió a la turba, sino que la vio pasivamente por televisión mientras sus miembros derribaban los cercos alrededor del Capitolio y desbordaban a la Policía que custodiaba el edificio. Los miembros de la Cámara y los senadores se vieron obligados a huir. Se realizaron disparos y al menos una persona resultó muerta.

En lugar de denunciar de inmediato la violencia y pedirle a sus simpatizantes que se retiraran, Trump emitió dos tuits tibios en los que les pidió que “siguieran” o “permanecieran” en paz. Tras solicitudes de algunos republicanos líderes, finalmente subió un video en el que le pidió a las personas que se fueran a sus casas, pero no sin antes insistir en las mentiras que alimentaban a los vigilantes ilegales. “Los amamos. Son muy especiales”, le dijo a su pandilla sediciosa. Más tarde justificó los disturbios al tuitear que “estas son las cosas y los eventos que suceden cuando se roba con saña y sin contemplaciones una victoria electoral sagrada y aplastante”.

El presidente no está en condiciones para permanecer en el cargo durante los próximos 14 días. Cada segundo que conserva los vastos poderes de la presidencia es una amenaza para el orden público y la seguridad nacional. El vicepresidente Mike Pence, quien tuvo que ser sacado del Senado para su propia protección, debería reunir de inmediato al Gabinete para invocar la Vigesimoquinta Enmienda, declarando que Trump está “imposibilitado para desempeñar los poderes y obligaciones de su cargo”. El Congreso, que estaría obligado a ratificar la acción si Trump se resiste, debería hacerlo. Pence debería asumir la responsabilidad hasta que el presidente electo Joe Biden asuma el cargo el 20 de enero.

De no lograrse eso, los republicanos de alto rango deben contener al presidente. La insurrección se produjo justo cuando muchos de los principales republicanos, incluyendo al líder de la Mayoría en el Senado, Mitch McConnell (Kentucky), estaban finalmente denunciando la campaña antidemocrática de Trump para revertir los resultados de las elecciones. Un número deprimente de legisladores republicanos —como el senador Josh Hawley (Misuri), el senador Ted Cruz (Texas), el líder de la Minoría de la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy (California), y el Líder Partidario de la Mayoría de la Cámara de Representantes, Steve Scalise (Luisiana)— estaban preparados para apoyar el plan de Trump, alimentando la ira de aquellos a los que el presidente ha engañado haciéndoles creer que las elecciones fueron robadas.

Supporters of President Trump crossed barricades and began marching toward the back of the U.S. Capitol on Jan. 6. (The Washington Post)

A su favor, McConnell, no formó parte de eso. “El presidente Trump afirma que las elecciones fueron robadas”, dijo. “Pero “no tenemos nada frente a nosotros que pruebe una ilegalidad ni cercana a la escala masiva necesaria para afectar toda la elección… si estas elecciones fueran anuladas por las meras acusaciones del bando perdedor, nuestra democracia entraría en una espiral mortal”. McConnell agregó: “No pretenderé que un voto en ese sentido sería un gesto de protesta inofensivo mientras confío en que sean los demás quienes hagan lo correcto”. Y como para demostrar su punto, la turba de Trump pronto treparía los muros del Capitolio, y McConnell y sus colegas tendrían que buscar resguardo en lugares seguros.

Ahora que está visceralmente claro lo que está en juego, McConnell y todos los demás republicanos, casi todos los cuales tienen alguna culpa por lo ocurrido el miércoles, tienen una responsabilidad fundamental con la nación: detener a Trump y restaurar la confianza en la democracia. Eso comenzó el miércoles por la noche con la reanudación de la sesión del Congreso y la continuación del conteo de votos electorales. Algunos de los legisladores que buscaron beneficiarse de la rabia fomentadora de turbas de Trump suspendieron su postura cínica, aunque siempre cargarán con el estigma de haber contribuido con los vergonzosos acontecimientos del día.

El caos confirmó una vez más la sabiduría de los votantes al rechazar a Trump a favor de Biden. El presidente electo se puso a la altura de la situación. “Le hago un llamado a esta turba, en este momento, para que retroceda y permita que el trabajo de la democracia avance”, dijo Biden. “Esto no es una protesta, es una insurrección”. Concluyó diciendo: “El día de hoy es un doloroso recordatorio de que la democracia es frágil”.

Biden tiene razón. Las reglas, las normas, las leyes, incluso la propia Constitución tienen valor solo si la gente cree en ellas. Los estadounidenses se abrochan los cinturones de seguridad, siguen las leyes de tránsito, pagan impuestos y votan gracias a una confianza en el sistema, y esa confianza hace que funcione. La voz más alta del país incitó a la gente a quebrantar esa confianza, no solo en tuits, sino al exhortarlos a la acción. Trump es una amenaza y, mientras permanezca en la Casa Blanca, el país estará en peligro.

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