Hillary Rodham Clinton es exsenadora de Estados Unidos, exsecretaria de Estado y fue la candidata demócrata a la presidencia en 2016.

El ataque al Capitolio del 6 de enero fue el resultado trágicamente predecible del rencor de los supremacistas blancos alimentado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Pero su salida del cargo, ya sea de inmediato o el 20 de enero, no resolverá los problemas más profundos expuestos por este episodio. Lo ocurrido es motivo de dolor e indignación. Pero no debería ser motivo de sorpresa. Lo que con demasiada frecuencia pasó como los desvaríos de una figura desafortunada pero temporal de la vida pública, forma parte, en realidad, de algo mucho más grande. Ese es el desafío que enfrentamos todos.

Durante estos últimos días, he estado pensando en mis experiencias como senadora de Nueva York en los atentados del 11 de septiembre de 2001 y en el Informe de la Comisión del 11-S que le siguió. Los autores del informe exploraron las fallas que terminaron permitiendo un devastador ataque terrorista. “La falla más importante”, escribieron, “fue de imaginación. Creemos que los líderes no entendieron la gravedad de la amenaza”.

Casi 20 años después, estamos viviendo otra falla de imaginación: la falla de no haber reconocido el daño que pudo hacerle a nuestra nación un presidente que incita a la violencia, líderes del Congreso que avivan las llamas y las plataformas de redes sociales que tallan las teorías de la conspiración en la mente de los seguidores de Trump. A menos que lidiemos con las amenazas que tenemos en frente, corremos el riesgo de garantizar que los eventos de la semana pasada sean solo el preludio de una tragedia mucho mayor.

Trump se postuló para presidente con una visión de Estados Unidos donde ser blanco se valora a expensas de todo lo demás. En la Casa Blanca, le dio a los supremacistas blancos, miembros de la derecha extrema y teóricos de la conspiración sus plataformas más poderosas hasta el momento, incluso llegando a afirmar que había “gente muy buena” entre los miembros de la milicia con antorchas que convergieron en Charlottesville en 2017.

Para el momento de su derrota en 2020, ya había convertido un peligroso elemento de nuestro país en histeria. Sus simpatizantes comenzaron a planificar su insurrección, haciendo planes para marchar hacia el Capitolio y “detener el robo”. Algunos miembros del Congreso, incluyendo el senador Josh Hawley (republicano por Misuri), el senador Ted Cruz (republicano por Texas) y el representante Mo Brooks (republicano por Alabama), los alentaron, en palabras de Brooks, a “comenzar a anotar nombres y patear traseros”. Trump no dejó ninguna duda sobre sus deseos en los días previos al 6 de enero y con sus incendiarias palabras antes de que su turba atacara.

Entonces, ¿cómo avanzamos como país? ¿Qué dice de nosotros el hecho de que tantos fueran cómplices, mientras que los que sonaron la alarma fueron descartados y calificados de histéricos?

La explicación bondadosa es que es difícil comprender el peligro de lo que parecen teorías de conspiración ridículas hasta que experimentas ese peligro de primera mano. Esta es una lección que yo misma he aprendido. He tenido mi cuota de experiencias desagradables con personas que creían que yo era la encarnación del mal: desde ser quemada en una efigie por luchar por la reforma del sistema de salud y aseveraciones de que dirijo una red de pederastas desde una pizzería, hasta recibir una bomba en el correo, enviada por un miembro rabioso de la secta de Trump.

Las ideas fanáticas pueden provocar daños reales e incluso letales. Eso es algo que el pueblo de Míchigan comprendió el año pasado cuando miembros de una milicia armada conspiraron para secuestrar a su gobernador. Es algo que vieron los habitantes de Nashville cuando un teórico de la conspiración hizo estallar una manzana entera de la ciudad. Ahora, es algo que todo Estados Unidos ha experimentado.

Pero no es suficiente examinar —y enjuiciar— a los terroristas domésticos que atacaron nuestro Capitolio. Todos tenemos que hacer un examen de conciencia por nuestra cuenta.

En el nuevo libro de Isabel Wilkerson, Caste, la autora cita una pregunta del historiador Taylor Branch: “Si a la gente se le diera a elegir entre la democracia y el ser blanco, ¿cuántos elegirían ser blancos?”. Este 6 de enero nos recordó una fea verdad: existen algunos estadounidenses, más de los que muchos quisieran admitir, que elegirían ser blancos.

Es aleccionador que a muchas personas no les haya sorprendido lo que ocurrió la semana pasada, en particular personas de color, para quienes una turba violenta ondeando banderas confederadas y colgando sogas es un espectáculo ya conocido en la historia de Estados Unidos. Consideremos lo que vimos en junio, cuando los manifestantes de Black Lives Matter que protestaban de forma pacífica en Lafayette Square fueron recibidos por agentes federales y gases lacrimógenos. Si el primer paso hacia la sanación y la unidad es la honestidad, entonces eso comienza por reconocer que esto, de hecho, forma parte de quienes somos.

Remover a Trump del cargo es esencial, y creo que debería ser impugnado. Los miembros del Congreso que lo apoyaron en intentar subvertir nuestra democracia deberían renunciar, y aquellos que conspiraron junto a los terroristas nacionales deberían ser expulsados de inmediato. Sin embargo, eso por sí solo no eliminará la supremacía blanca y el extremismo de Estados Unidos. Hay cambios que los líderes elegidos deberían buscar realizar de inmediato, como la promoción de nuevas leyes penales a nivel estatal y federal que no dejen impunes a los supremacistas blancos y que rastreen las actividades de extremistas como los que violentaron el Capitolio. Twitter y otras compañías tomaron la decisión correcta al no permitir que Trump utilizara más sus plataformas, pero tendrán que hacer más para frenar la propagación del discurso violento y las teorías de conspiración.

El gobierno del presidente electo Joe Biden deberá abordar esta crisis en toda su complejidad y amplitud, lo que incluye que las plataformas tecnológicas rindan cuentas, enjuiciar a todos los que infringieron nuestras leyes, y hacer públicos más datos y análisis sobre el terrorismo doméstico.

A pesar del horror de lo que vimos, el ciclo de noticias pasará a otra cosa en las próximas semanas y meses. Nos debemos a nosotros mismos no hacer lo mismo. Tenemos la fuerza, la capacidad y, sí, la imaginación para enfrentar lo ocurrido y asegurarnos de que nada parecido vuelva a suceder. Así luce el verdadero patriotismo.

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