El mes pasado 57 viales que contenían más de 500 dosis de la vacuna Moderna contra el COVID-19 fueron sacados del refrigerador de una farmacia por un empleado de un centro médico de Wisconsin. Al principio las autoridades dijeron que había sido de manera accidental, pero luego corrigieron su declaración: la acción había sido intencional.

Las vacunas contra el COVID-19 que se están distribuyendo por todo Estados Unidos están siendo blanco de intensas campañas de desinformación que han provocado dudas sobre la seguridad y la eficiencia, incluso entre los trabajadores de la salud. Los líderes de los viejos grupos antivacunas ven este momento crucial como una oportunidad única para sacarle provecho a la infraestructura generadora de rumores que han construido a lo largo de los años. The Washington Post informó que miembros del Centro de Información Nacional de Vacunas están coordinando una “narrativa maestra” de que el virus no es una amenaza mientras que las medidas de seguridad contra él sí lo son. Están exagerando casos aislados de efectos secundarios como una prueba de peligrosidad general; acudiendo a notorias personas influyentes de la salud en línea para esparcir su propaganda; y se están enfocando en las comunidades afroestadounidenses, cuya tensa historia con el sector médico los ha predispuesto al escepticismo.

El mejor antídoto contra la mala información es la buena información. Lo que es un poco más complicado es saber cómo propagarlo. Eliminar afirmaciones falsas a esa escala es casi imposible para las plataformas sin tener que pasar muchas cosas por alto, y los estudios muestran que la práctica solo logra que las personas estén más ansiosas por lo que comienzan a percibir como un conocimiento ocultado. La aplicación de verificación de hechos y la reducción de la difusión algorítmica puede ayudar. Sin embargo, en el centro de este dilema está la cuestión de la confianza. Los expertos sugieren “predesmentir”, o anticipar las mentiras y llenar el vacío antes de su llegada con datos. También enfatizan la necesidad de ser honestos con los momentos en que la vacuna muestra sus imperfecciones, como en las reacciones adversas, efectos secundarios no anticipados y cuando su eficiencia no es perfecta. De antemano, la población debe estar segura de que estos problemas existen, que no son evidencia de un peligro generalizado y que nadie está tratando de ocultarles nada.

La población también necesita escuchar todo esto en los lugares adecuados y de las personas adecuadas. Eso significa una cobertura responsable de los medios de comunicación, ya sea que provenga de la página editorial de un periódico de alcance nacional o de la historia principal de un diario local. El mensajero puede ser tan importante como el mensaje, en especial en comunidades aisladas que sospechan de las vacunas en particular o del gobierno en general. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades probablemente sean mucho menos eficientes logrando persuadir a una comunidad judía ultraortodoxa para que se vacune que una sinagoga cercana con la que la agencia podría asociarse. Los médicos deben estar capacitados para aliviar los temores de los pacientes; a las personas se les debe enseñar cómo calmar los miedos de sus seres queridos. Las fuerzas que buscan sembrar la duda son determinadas y disciplinadas. Aquellos que esperan construir la confianza en estas vacunas salvavidas deben estar comprometidos de la misma manera.

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