Sandra Romandía es periodista de investigación y coautora del libro ‘Narco CDMX’.

Ciudad de México inició el año con un incendio en una de las subestaciones del sistema de transporte metro, el cual ocasionó la muerte de una persona y que seis de las 12 líneas dejaran de operar: 1.4 millones de pasajeros, de los cinco millones que lo utilizan a diario, se quedaron sin poder usar el transporte.

El 9 de enero, a la 1:00 am, trabajadores reportaron fallas en un transformador. La versión preliminar de quienes estaban en el sitio es que fue la falta de mantenimiento y refacciones lo que habría ocasionado el incendio que duró 12 horas. Las autoridades dijeron que se realizarán tres peritajes.

Este percance se suma a una larga lista de otros decesos y lesionados en los últimos 15 años. Los peritajes posteriores han señalado la falta de mantenimiento y errores humanos como las causas. Es urgente que las autoridades, tanto locales como federales, tomen en serio el reto que implica renovar y modernizar este sistema de transporte que alguna vez fue un orgullo mexicano.

El metro de la capital mexicana es el más grande en América Latina por su extensión y cobertura, y uno de los más antiguos de la región. Sin embargo, tras los túneles oscuros en los que se mueve y las oficinas antiguas de su aparato burocrático, están las causas de sus fallos: la caída del presupuesto para su operación, desvíos de recursos y falta de esquemas de mantenimiento sostenibles que aseguren su continuidad.

La historia de su deterioro es la misma que la de muchas obras monumentales en el país. Fue inaugurado el 4 de septiembre de 1969, en la que ya era una de las ciudades más grandes y pobladas de mundo, que mantendría un crecimiento demográfico y económico en los años posteriores.

Para 1970, ya era considerado un éxito por el tiempo récord en el que fue construido, a pesar de los obstáculos técnicos a los que se enfrentó. Un artículo realizado por la revista académica chilena Eure, en 1988, lo ubicaba como uno de los de mayor crecimiento en América Latina, eficaz y que cumplía con las expectativas para las que había sido construido.

El crecimiento y años de oro de lo que era un orgullo para la capital mexicana empezó a estancarse después del año 2000, cuando después de 70 años cambió el partido en el gobierno federal y se dio la transición democrática en México. En ese entonces, la ciudad era gobernada por el actual presidente del país, Andrés Manuel López Obrador. Según los registros, en ese periodo creció el presupuesto de movilidad, pero para obras viales que alentaban el uso del automóvil.

Actualmente, el transporte público de la Zona Metropolitana de Ciudad de México es utilizado por 45% de su población y, de ese total, el que mayor capacidad tiene es el metro. La importancia de tener un sistema de transporte sano en cualquier capital del mundo radica en que de esto depende la movilidad eficiente de la población, que es su base productiva.

En Ciudad de México el sistema opera en números rojos desde hace años. Desde 2018, el presupuesto destinado al Metro ha ido paulatinamente a la baja. Ese año se le asignaron casi 19,500 millones de pesos (1,000 millones de dólares) y, en 2021, 15,000 millones de pesos.

Además, los viajes están subsidiados por el gobierno y los usuarios pagan menos de 25 centavos de dólar por viaje, cuando el costo debería ser de poco más del doble. A esta situación se suma la de un sindicato, fundado también hace más de 50 años, que controla gran parte de los recursos del sistema y los utiliza con opacidad.

La infraestructura se descuidó, y las bases y la tecnología son casi las mismas con las que se inauguró. Cuenta con trenes que tienen 50 años prestando servicio, cuando fueron construidos para durar 25; grandes talleres donde se utilizan repuestos de viejos vagones, en lugar de adquirir piezas nuevas; y un centro de control que, como reveló La Silla Rota, a veces opera el seguimiento de las rutas con post-its sobre un tablero, porque se descompone el sistema de monitoreo electrónico.

Yo he visto, realizando investigaciones, los almacenes de refacciones totalmente vacíos y las órdenes de compra en blanco por la falta de recursos. En un reportaje de Emeequis, se muestra que también existían auditorías internas que alertaban sobre falta de mantenimiento en el sistema y protocolos claros.

Para los usuarios esto representa fallas constantes en los viajes, que van desde descompostura de trenes en pleno movimiento, incendios, caída de techos, escaleras descompuestas, choques entre trenes o retrasos de horas.

Directivos y especialistas calculaban, en 2017, que hacía falta una inversión de unos 30,000 millones de pesos (1,500 millones de dólares) para estabilizar el sistema. Actualmente, el presupuesto previsto para 2021 ronda los 15,000 millones de pesos, la mitad de lo que realmente se necesita.

El dinero debe ser ejercido lo más pronto posible antes de que haya una tragedia mayor. A esta inversión deberán sumársele candados para evitar el mal manejo y desvío de recursos, práctica que ha sido señalada en las últimas décadas. Solo así el Metro podrá volver a los días de gloria, cuando habitantes de la ciudad, visitantes y turistas se maravillaban de sus buenas condiciones y eficiencia.

Leer más: