Temprano en la mañana del 21 de enero, Will Wilkinson, vicepresidente de políticas del Centro Niskanen, tuiteó un chiste muy desatinado: “Si Biden en realidad quisiera unidad, lincharía a Mike Pence”.

Esa misma mañana emitió una generosa disculpa. Para la noche ya había dejado de ser el vicepresidente de políticas del Centro Niskanen.

Will es un buen amigo, así que, naturalmente, estoy consternada por lo que pasó. También me aflige el hecho de que haya sucedido en Niskanen, una institución de centro-izquierda que admiro. Y me preocupa aún más tener otro ejemplo del daño que Twitter le está haciendo al diálogo. Es un daño tan profundo que estoy empezando a pensar que la única forma de solucionarlo no es instar a la tolerancia, sino que las principales instituciones del mundo de los medios de comunicación y centros de investigación le digan a sus empleados que se larguen de Twitter.

Sé que esto podría parecer un poco contradictorio como solución a la cultura de la cancelación. Pero la cultura de la cancelación no es el único problema de tener a intelectuales públicos comunicándose cada vez más entre sí en formatos de redes sociales de 280 caracteres, aunque sí es el más notorio.

El mismo formato de Twitter fomenta el tipo de cosas que probablemente causen que cancelen a alguien: mensajes breves y sin contexto, redactados en un instante y publicados sin reflexión. Además, esa misma velocidad y falta de esfuerzo facilita que se genere —o se acumule— una turba que persiga los tuits de otra persona. El resultado se asemeja al famoso duelo en el que todos tienen una pistola cargada apuntando a la cabeza de otra persona.

En el escenario ideal, todos bajarían sus armas simultáneamente, pero nadie confía en que alguien más lo haga. Entonces, en cambio, las personas intentan protegerse mediante la venganza preventiva. O refugiándose en comunidades de extremistas que al menos los cuidarán de cualquiera que esté en el otro bando, sin importar lo que digan, siempre y cuando esté suficientemente a la izquierda o a la derecha.

A cambio, por supuesto, te exigen que sonrías con tolerancia ante lo peor que tu propio bando puede ofrecer. Y ese “peor” sigue empeorando debido a un fenómeno bien conocido por los científicos sociales: cuando se clasifica a las personas en grupos ideológicos, la presión del pensamiento grupal tiende a empujar tanto a los mismos grupos como las personas dentro de ellos a tener posturas más extremas de las que solían tener. Dentro de cada espacio ideológico hay una conformidad cada vez más restringida a las posturas radicales; y entre ellos, una creciente crueldad interpersonal y una carencia absoluta de comprensión.

Evidentemente, esta dinámica es mala para las personas que, sin darse cuenta, se dan un tiro en el pie en unos segundos de redacción casual. Pero es peor para las instituciones en las que trabajan, que se convierten en rehenes de las cosas más estúpidas o extremas que cualquier empleado haya dicho en su momento más imprudente. También sufren cuando empleados enojados convierten peleas internas en horribles espectáculos públicos. Este comportamiento ha afectado en particular a los medios de comunicación en años recientes.

Esto es malo no solo para esas instituciones, sino para el país. Los que estamos en los medios de comunicación lamentamos la manera en que gran parte de la derecha se ha encerrado en burbujas que no pueden ser penetradas por hechos o fuentes inconvenientes para su ideología. Y no hemos hablado casi de cómo nuestro propio comportamiento contribuye a este fenómeno, en particular en las redes sociales.

No confiaría en nadie que hablara de mí y de mis amigos con el desprecio arrogante que veo habitualmente emanar de periodistas y académicos en Twitter; así que no debería sorprendernos que los conservadores tampoco lo hagan. En especial cuando ven cómo las turbas de Twitter obligan a las instituciones a ceñirse a una línea ideológica cada vez más estrecha.

Estos costos de tuitear no se equilibran con los beneficios y, a estas alturas, la mayoría de los usuarios de Twitter que conozco parecen estar de acuerdo. Odian lo que Twitter le hace a sus organizaciones y amigos, odian el miedo omnipresente e incluso odian la cantidad de tiempo que desperdician allí pudiendo haberlo dedicado a algo mejor. Pero son adictos a la atención, o temen cederle el control de la narrativa a quienes estén dispuestos a permanecer en la refriega. Y así, todos quedan atrapados en un equilibrio destructivo pero lamentablemente estable.

Soy tan culpable como cualquiera, y entiendo cómo esto puede sonar como si le estuviera pidiendo a mi jefe que despidiera a mi dealer porque no tengo la fortaleza para dejar de consumir. Pero esto es realmente un problema de acción colectiva: la gente siente que tiene que quedarse en ese espacio porque otros lo hacen, y otros se quedan por la misma razón. Los problemas de acción colectiva por lo general solo pueden resolverse de manera institucional, por lo que creo que los grandes medios de comunicación y los principales centros de investigación deberían decirle a sus empleados que lean Twitter todo lo que quieran, pero que no publiquen nada que sea más controversial que fotos de bebés o recetas de pasteles. Aquellos que tienen la suerte de tener una reputación lo suficientemente grande como para perderla —o de trabajar para organizaciones que la tienen— les irá mejor llevando sus voces al interior de las instituciones que fueron diseñadas para amplificar sus mejores trabajos en vez de sus peores momentos. Pero solo si hacen ese viaje juntos.

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