Edmundo Paz Soldán es escritor boliviano y profesor de literatura latinoamericana en la universidad de Cornell (Nueva York).

A fines de marzo del año pasado llamé a mis padres en Bolivia para pedirles que usaran barbijo, tomaran precauciones al salir a la calle y evitaran las reuniones sociales; me escucharon extrañados, pues para entonces los casos eran muy pocos. Les insistí que, así como a nosotros en Nueva York el virus nos estaba golpeando con todas sus fuerzas tal como había ocurrido antes en Italia y en China, era solo cuestión de tiempo para que aterrizara al sur del continente. Seguro que soné alarmista, pero poco después aparecieron los primeros casos en el país y, con ellos, el pánico: barrios que querían expulsar a los afectados por el virus, hospitales que no los recibían, etc. En las redes sociales, la gotera inicial se convirtió en lluvia de pedidos de espacio en hospitales y clínicas privadas, ruegos de plasma y tanques de oxígeno. Luego comenzaron a llegar las necrológicas.

Lo que ocurrió en Bolivia se replicó en la mayoría de los países de América, el continente más vapuleado por la crisis sanitaria; hubo excepciones iniciales y países cuyos gobiernos reaccionaron bien en la primera ola, pero la tónica general fue de falta de preparación para la pandemia: llegó a haber ciudades con muertos en las calles y necesitadas de expandir sus cementerios (Guayaquil, Manaos). Así, un continente crispado por la exacerbación de las desigualdades (protestas en Chile), la crisis política y de derechos humanos (Bolivia, Venezuela, Nicaragua, Cuba, Perú), la violencia contra sus líderes sociales (Colombia) y la crisis migratoria venezolana, recibió desprevenido la llegada del virus. Casi un año después, la devastación abruma: informes de organizaciones internacionales señalan que la pandemia producirá 45 millones de nuevos pobres en América Latina y que el Producto Interno Bruto ha tenido su mayor descenso en más de un siglo.

Pese a la llegada de las vacunas, todavía cuesta comenzar a pensar en una salida: el continente sufre ahora mismo una segunda ola brutal, con récords de muertes y contagios desde México a Brasil, y con gobernantes negacionistas tanto de la derecha (Jair Bolsonaro en Brasil) como de la izquierda (Daniel Ortega en Nicaragua). Sí se puede intuir que, cuando baje la marea, nuestras sociedades tendrán como prioridad buscar un mejor contrato social que fortalezca lo que se ha visto superado. Los gobiernos deberán enfrentarse a estas demandas con el descontento en las calles, en medio de la deuda y la contracción económica continental y global, y con una ciudadanía dispuesta a tomar la iniciativa, cansada de dirigentes y partidos mediocres que no han dado la talla.

El reordenamiento debe pasar por la necesidad de fuertes inversiones para mejorar las infraestructuras de salud, educación y comunicaciones. Pese a la lucha heroica de doctores y enfermeras, los sistemas de salud pública se han visto precarios y obsoletos, y han mostrado qué puede ocurrir cuando los gobiernos no los priorizan; sin acceso a un buen internet, las diferencias de por sí notables en la calidad de la educación entre colegios privados y públicos, y zonas urbanas y rurales, no han hecho más que exacerbarse. Para paliar la desigualdad social será necesaria la intervención del Estado.

El virus ha acaparado casi toda la discusión, pero también ha habido noticias positivas, desde la salida a la crisis política en Bolivia a través de elecciones hasta la aprobación en Argentina del derecho al aborto —una victoria de los movimientos feministas— y la convocatoria en Chile a una Asamblea Constituyente para discutir la redacción de una nueva constitución. Los cambios apuntalan la necesidad de construir sociedades más justas y democráticas para la región, con justicia y democracia duradera que no dependan de un solo gobierno ni de una sola generación, y que no puedan desmoronarse con las crisis futuras que todavía nos queda sobrellevar. En un continente dado al corto plazo, no es poco.

En medio de la crisis sanitaria hubo incendios forestales en Brasil y Argentina, y tanto la deforestación como la explotación de los recursos naturales y la expansión de nuestras fronteras agrícolas siguieron avanzando, imparables. Con nuestro accionar afectamos el equilibrio de los ecosistemas; estamos viviendo ya en un estado permanente de emergencia. Algunos dirán que eso no es nuevo para los latinoamericanos, acostumbrados a saltar sin transiciones de una crisis a otra. Sin embargo, en este momento de reconfiguración de las fuerzas geopolíticas, tenemos una gran oportunidad para impulsar las reestructuraciones que nos gustaría ver en la región. Si no es después de una pandemia que nos ha obligado a ver la profundidad de nuestras carencias, ¿cuándo?

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