Más de uno de cada de 10 estadounidenses han recibido al menos una dosis de la vacuna contra el coronavirus, pero todavía están esperando una respuesta clara a una pregunta clave: ¿Qué pueden hacer una vez que estén completamente vacunados?

La respuesta actual no es para nada satisfactoria. La guía oficial de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) es que las personas vacunadas necesitan seguir utilizando cubrebocas, mantener el distanciamiento físico y básicamente cumplir con todas las precauciones previas a la vacuna. Quienes tienen ansias por tomar un avión para visitar a sus seres queridos podrían dudar de hacerlo ya que les han advertido de no ver la vacunación como un “pase libre para viajar”. La única área en la que los CDC han cedido es en sus lineamientos sobre cuarentenas: ahora dice que 14 días después de haber recibido la segunda dosis de la vacuna, y por un período de tres meses, las personas plenamente vacunadas no necesitan cumplir con una cuarentena tras ser expuestas a alguien con COVID-19.

Aunque eso sin duda es un alivio, no es para nada un argumento de venta sólido. A fin de cuentas, las vacunas de Pfizer y Moderna tienen una efectividad de 95% previniendo enfermedades sintomáticas y casi de 100% previniendo enfermedades graves. Estos son resultados asombrosos, y básicamente significan que el COVID-19 en una persona vacunada no es peor que un resfriado fuerte o una gripe.

Sin embargo, debido a que la investigación sobre si las personas vacunadas pueden o no transmitir el COVID-19 no es definitiva, se les está pidiendo a las personas que no cambien sus hábitos. Esta precaución es comprensible, pero la falta de orientación podría llegar a causar tanta frustración que algunas personas podrían decidir irse a los extremos: he tenido pacientes que me han hablado de desechar los cubrebocas y salir a visitar varios bares en una noche. Otros podrían cuestionar el propósito de la vacuna si sus vidas permanecen iguales. No es suficiente explicar el objetivo social de alcanzar la inmunidad colectiva dentro de varios meses o años; necesitamos articular las libertades que las personas pueden disfrutar en la actualidad gracias a la vacuna.

Espero que los CDC proporcionen recomendaciones más específicas post-vacunación basadas en los mejores datos disponibles, aunque estén incompletos. Existe cada vez mayor evidencia de que, al igual que con muchas otras vacunas, las personas que reciben la inoculación contra el coronavirus esparcen menos el virus y son menos contagiosas tras la exposición. Dos estudios preliminares de Israel revelaron una disminución en la carga viral tras la aplicación de la vacuna Pfizer. Una prepublicación informó que la vacuna AstraZeneca redujo 67% los resultados positivos en las pruebas. Los datos de la vacuna de Moderna también sugieren que reduce la infección asintomática. Juntos, estos resultados deberían permitir a los CDC proporcionar una hoja de ruta preliminar para la vida postvacuna.

El punto de decisión más sencillo es en torno a las actividades esenciales que las personas anteriormente consideraban de alto riesgo. Quienes solían posponer citas médicas como exámenes de detección de cáncer o visitas al dentista, deben retomarlas. Quienes no están trabajando solo por temor a la exposición pueden regresar sabiendo que tienen una protección razonable ante contraer un caso de enfermedad grave.

Creo que los lineamientos podrían ir más allá y afirmar que también se pueden realizar algunas actividades no esenciales, con precauciones. Las personas que anhelan ir al gimnasio o a un restaurante deberían poder hacerlo, siempre y cuando sigan cumpliendo reglas como el uso de cubrebocas y el distanciamiento, en caso de que sean contagiosas para los demás. Sin embargo, aún no aconsejaría que las personas recién vacunadas fueran a bares abarrotados, y deberían tener especial cuidado de no llevar el virus a sus casas si viven con personas no vacunadas.

Si todas las personas en un hogar están vacunadas, creo que las recomendaciones deberían permitir más actividades que antes se consideraban de alto riesgo. Una pareja que quiera reunirse con otra pareja ya vacunada probablemente esté segura haciéndolo, incluso con abrazos y encuentros en lugares cerrados, sin cubrebocas. Quizás deberían seguir evitando las grandes concentraciones de personas, porque el riesgo se incrementa con la exposición, y no hay garantía de que todos los que dicen estar vacunados realmente lo estén.

¿Qué sucede con las y los adultos mayores que quieren ver a sus familias? Si la razón por la que las visitas no ocurrían era la preocupación por los ancianos, entonces muchas familias podrían decidir que ahora está bien visitarlos porque ya están protegidos. La probabilidad de contraer el COVID-19 durante un viaje ya es bastante baja, y con el uso atento de cubrebocas durante los vuelos, las y los adultos mayores solo supondrían un riesgo menor para familiares que no se han vacunado. Ese riesgo puede reducirse aún más si las visitas vacunadas evitan otras reuniones sociales antes de viajar.

Hay quienes podrían decir que no hay datos suficientes como para hacer estas recomendaciones. Sin duda, no lo sabremos con certeza hasta no tener resultados de pruebas y rastreo de contactos en el mundo real. Si se descubre que muchas de las nuevas infecciones por COVID-19 se originaron por personas vacunadas, o si las variantes emergentes no son afectadas por las vacunas existentes, los lineamientos pueden ajustarse: tal vez las personas vacunadas deban tener nuevamente mayores restricciones.

Pero si hay algo que hemos aprendido durante la pandemia, es que las personas necesitan una guía clara y práctica sobre cómo transitar sus vidas, y la necesitan ahora. Finalmente tenemos vacunas que brindan una protección extraordinaria. Ayudemos a las personas a utilizarlas para su propia protección, y recuperemos al mismo tiempo cierto grado de normalidad, así damos a todos la esperanza de un futuro posterior a la pandemia.

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