Roberto Valencia es periodista y escritor. Su libro más reciente es ‘Carta desde Zacatraz’.

Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, tiene desvaríos autoritarios, es militarista y no tolera el periodismo independiente. En menos de dos años, su gobierno acumula señalamientos de corrupción, de nepotismo, de una cuestionable gestión económica y de irrespeto a los derechos humanos. En los próximos días y semanas se escuchará aún más que Bukele es una amenaza para la democracia y el Estado de derecho, pero para entender lo que está pasando en el país hay que responder una pregunta elemental: ¿Por qué 65% de los votantes salvadoreños ha terminado apoyando a alguien como Bukele en las elecciones de ayer 28 de febrero?

El triunfo de Nuevas Ideas —el partido de nuevo cuño creado para acuerpar su proyecto político— es tan arrollador como inapelable; por encima incluso de las expectativas, que no eran bajas. Con ello, la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), los dos pilares del sistema de partidos surgido en 1992 tras la firma de los Acuerdos de Paz que acabó con la guerra civil, pasarán a ser dos fuerzas residuales en el poder Legislativo.

Bukele gobernará los últimos tres años de su quinquenio con una Asamblea Legislativa afín, en la que tendrá los dos tercios necesarios para nombrar al fiscal general, al procurador general, al procurador de derechos humanos y a cinco de los 15 magistrados de la Corte Suprema, además de poder aprobar préstamos internacionales y suspender garantías constitucionales. Todo ello sin tener que negociar con la oposición.

La mermada oposición —la político-partidaria y la social— ha aprendido a las malas que detrás de Bukele y el bukelismo no solo hay estrategias publicitarias, mercadología y propaganda, como han venido repitiendo en los últimos meses, hasta el punto de creérselo.

En efecto, Bukele dispone de una maquinaria propagandística muy bien engrasada, y que sin duda ha contribuido a su causa, pero haber logrado en las urnas el respaldo de siete de cada 10 votantes no se explica solo apelando a un electorado aborregado ante un acto de prestidigitación. La sociedad salvadoreña ha dado un apoyo tan abrumador a Bukele por tres razones fundamentales.

Una. Por el rechazo genuino y visceral hacia ARENA, el FMLN y el sistema de partidos corrupto y endogámico que controló el país desde el final de la guerra civil hasta este 30 de abril, último día de la legislatura 2018-2021. Bukele azuzó esos sentimientos, pero él no los inventó.

Ayer domingo visité distintos centros de votación como periodista. En la escuela República de Chile, en el centro de la capital, vi a un joven de no más de 22 años que depositó sus papeletas mientras yo le tomaba unas fotografías. “¿Acá es la de las dipurratas?”, preguntó malicioso a la vigilante enfundada en una camisola de ARENA, antes de introducir la papeleta amarilla en la urna de los diputados. Dipurratas es el insulto que se ha extendido entre los seguidores de Bukele para nombrar a los diputados de ARENA, el FMLN y de otros pequeños partidos satelitales opositores.

Dos. Este 28 de febrero concurrían por primera vez a unas legislativas y municipales dos nuevos partidos: Nuestro Tiempo y Vamos, pero sus votos sumados ni siquiera alcanzarán 3% del total. Bukele ha sido muy hábil para meter a cualquier voz opositora en la misma cesta que a los dipurratas, pero estas nuevas formaciones no hicieron mayores esfuerzos por desmarcarse; al contrario.

Esto va más allá de lo partidario. Académicos, periodistas y activistas críticos con el bukelismo salen de este proceso electoral también con aroma a ser parte de “los mismos de siempre”. Muchos de ellos porque, voluntaria o involuntariamente, abrazaron algunas de las causas, las banderas y hasta las etiquetas (#BukeleDictador, #BukeleAsesino, etcétera) identificadas en las redes sociales con el tándem FMLN-ARENA.

Y tres. En los casi dos años que lleva Bukele al frente del Ejecutivo hay una serie de logros que desde la oposición se han negado o, en el mejor de los casos, ignorado. La violencia atribuida a las maras, una de las preocupaciones primarias para los salvadoreños de estratos sociales empobrecidos, se ha reducido a mínimos históricos. El manejo de la pandemia en términos sanitarios ha sido razonablemente bueno, y el gobierno se esforzó, con éxito, en garantizar con la entrega de generosos y repetidos paquetes alimentarios a la inmensa mayoría de la población, además de ayudas puntuales en efectivo.

La salvadoreña es una sociedad desigual y muy estratificada socialmente. Y esos logros bukelistas quizá no lo sean para quienes viven en zonas residenciales amuralladas y solo saben desplazarse en carro propio, o para quien su economía familiar no depende de la entrega gubernamental de arroz, frijoles y aceite. Pero cientos de miles de salvadoreños se lo han reconocido a Bukele en las urnas. En Ilopango, un municipio esencialmente obrero del extrarradio capitalino, el voto a favor del partido de Bukele duplica el recibido en Antiguo Cuscatlán, el municipio más próspero del país.

Un sector amplio de los periodistas creyó que para “abrir los ojos” de la ciudadanía bastaría con airear todo lo malo de Bukele —lo que indica el primer párrafo de esta columna— y excluir de sus agendas el descenso en la violencia homicida, las ayudas, las vidas salvadas en el polémico Hospital El Salvador, el inicio de la vacunación gratuita contra el COVID-19, o la recientemente iniciada entrega de computadoras y tabletas a los estudiantes de centros educativos públicos.

Justo ayer el diario La Nación, de Argentina, publicó una entrevista con Marty Baron, exdirector de The Washington Post. Dice Baron que los periodistas “debemos asegurarnos de que no somos parte de la polarización, de que no acentuamos esa polarización”, porque “nuestro trabajo es conocer los hechos, independientemente de a quién ayude y a quién hiera”.

Este 28 de febrero, las urnas terminaron de disipar las dudas. Bukele y el bukelismo se han consolidado como el desenlace trágico del bipartidismo imperfecto que parió la guerra civil, un sistema que resultó incapaz de resolver los problemas que más aquejan a los salvadoreños: pobreza, desigualdad y violencia.

Como periodista, me temo que los tres años hasta la próxima cita electoral serán realmente duros. A Nayib Bukele le estorba sobremanera el periodismo no plegado a sus intereses.

Si alguien quiere ver el vaso medio lleno, Bukele ha acumulado el suficiente capital político como para poder afrontar en los tres años que le restan problemas enquistados, como las pensiones de hambre, la reforma fiscal o el diálogo con las pandillas. Pero hay también sobradas razones para ver el vaso medio vacío, y que el masivo respaldo popular acentúe la deriva autoritaria y el militarismo creciente. No habrá que esperar mucho para saberlo.