La tarde del 27 de marzo en Tulum, un popular destino turístico en la península de Yucatán, Victoria Salazar entró de forma apresurada a una tienda de conveniencia. Un video de la cámara de seguridad la muestra cargando una garrafa de agua vacía, haciendo distintos movimientos con ella, angustiada. Luego Salazar pasa detrás del mostrador, se aferra a uno de los empleados de la tienda, gesticula y mira repetidas veces hacia la puerta. Unos minutos después, llega la Policía. Salazar, una refugiada salvadoreña que tenía cinco años viviendo en México, sale de la tienda.

Lo que sucedió a continuación en las calles de Tulum, y que fue registrado por los transeúntes, fue siniestramente similar a la muerte de George Floyd en Minneapolis.

Afuera, cuatro funcionarios policiales rodearon a Salazar, quien forcejeó ligeramente antes de caer al piso. Sus piernas se agitaban en el aire. A la Policía le tomó solo unos segundos ponerla boca abajo. Dos oficiales procedieron a subirse a su espalda. Se pueden escuchar los gritos de Salazar cuando una mujer policía se arrodilla sobre su cuello. Momentos después, dejó de moverse. En lugar de esperar a una ambulancia o a otras autoridades, el personal de seguridad levantó el cuerpo de Salazar y lo echó en la parte trasera de la camioneta policial.

El espantoso asesinato de Victoria Salazar ha expuesto aún más dos tendencias preocupantes en México.

La violencia de género es rampante. Entre 2011 y 2017, más de 18,000 mujeres fueron asesinadas en el país. La cifra no ha dejado de subir. El año pasado, 969 mujeres fueron víctimas de feminicidio, un número récord. La violencia doméstica y las agresiones sexuales también han aumentado, y la inmensa mayoría de casos quedan impunes. El año pasado se realizaron más de 220,000 denuncias de este tipo. Tras la muerte de Salazar, las autoridades mexicanas arrestaron a su pareja. Se presume que el hombre, un ciudadano mexicano, abusó sexualmente de Salazar y de una de sus hijas pequeñas.

La reacción al asesinato de Salazar también ha dejado al descubierto otro rasgo terrible de la sociedad mexicana. Contrario a lo que sucedió en Estados Unidos tras los hechos de Minneapolis, la muerte de Salazar no ha provocado un movimiento que exija justicia para las mujeres inmigrantes en México. Todo lo contrario. Incluso después de las revelaciones de los horrendos detalles de su muerte —la presión le habría quebrado el cuello y fracturado dos vértebras— no se generaron protestas masivas ni hubo una verdadera indignación pública. Casi todo fue silencio.

¿Qué explica esta apatía? La xenofobia podría ser en parte culpable. En México, la llegada de inmigrantes centroamericanos como Salazar a menudo ha sido recibida con prejuicios, particularmente en los últimos años. “La sociedad mexicana (…) le falló”, escribió Eunice Rendón, activista mexicana sobre temas de migración. “Los que estaban cerca y se mostraron apáticos, los que intentan justificar la atrocidad con su supuesto estado de ebriedad o su condición de migrante”.

Hace apenas dos años, una encuesta realizada por The Washington Post y el periódico mexicano Reforma reveló cuán arraigado se ha vuelto el sentimiento antinmigrante en México. “Más de seis de cada 10 mexicanos dicen que las personas migrantes son una carga para su país porque se quedan con trabajos y beneficios que deberían pertenecer a los mexicanos”, dijo la encuesta. “Una mayoría de 55% está a favor de deportar a migrantes que viajen a lo largo México para llegar a Estados Unidos”.

Estos números, considerablemente más graves en sus opiniones sobre las y los inmigrantes que encuestas similares en Estados Unidos, revelan un panorama decepcionante e hipócrita de la sociedad mexicana. Durante años, México ha buscado que inmigrantes nacionales y centroamericanos en Estados Unidos reciban un trato humano. Pero ese tipo de autoridad moral debe ganarse. La falta de indignación pública clara y proactiva por la muerte de Victoria Salazar ha revelado una grieta en el carácter moral de México.

No tiene por qué ser de esta manera. La indignación por la violencia de género en México ha dado lugar a un extraordinario movimiento social. Hace semanas, miles de mujeres tomaron las calles de Ciudad de México para exigir el cese de la violencia de género. Salazar era una mujer y una refugiada que buscaba seguridad en un nuevo país. Su muerte tiene que ser lamentada. Pero más que eso, debe provocar un debate nacional. Si no lo hace, México le seguirá fallando a su espíritu más noble.

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