El octavo congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) —único partido autorizado en el país— fue un déjà vu: en varios momentos de los cuatro días, Fidel Castro se dirigió a los 300 militantes seleccionados desde las pantallas del Palacio de las Convenciones de La Habana. En esas mismas pantallas, Fidel Castro apareció lanzándose de un tanque de guerra con boina y uniforme verdeolivo de campaña. Fidel Castro fue citado una y otra vez en los discursos y en muchas de las intervenciones de las secciones de debates. La mirada de Fidel Castro, proyectada en una imagen junto a la de los mártires Julio Antonio Mella, Carlos Baliño y José Martí, estuvo posada —cualquiera de los presentes podría ocurrírsele decir que sin parpadear— en el salón donde, por primera vez en seis décadas, los comunistas escogieron para el puesto más poderoso del país —primer secretario del PCC— a un hombre que no lleva el apellido Castro.

Incluso, en ese viaje al pasado, lo más noticioso que ocurrió era un secreto a voces. En 2018 Raúl Castro, al entregarle la presidencia del país a Miguel Díaz-Canel, declaró sin tapujos lo que ocurriría ahora en 2021: “…cuando yo falte, puede asumir (Díaz-Canel) esa condición de presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y primer secretario del Partido Comunista (...) Y se ha planificado así”. Una muestra de la falacia que es el proceso electoral cubano. Por eso al último día del congreso del partido, cuando en teoría no se conocían los resultados de la votación de los militantes, Díaz-Canel llegó a la cita ya con un discurso preparado sabiéndose elegido. Luego, como de costumbre, leyó páginas y páginas impresas durante más de una hora donde aclaró que Raúl Castro “será consultado sobre las decisiones estratégicas de mayor peso para el destino de la nación”.

La frase de Díaz-Canel no solo significa la vigencia del castrismo pese a que no haya ya Castros en la cúpula gubernamental, sino que deja claro que, mientras que Raúl Castro esté con vida, su poder será más nominal que real. Nada nuevo. Es un poco lo que venía sucediendo en los últimos años: un Raúl Castro que se dejaba ver solo cuando las circunstancias lo requerían, dígase visitas de alto nivel al país, efemérides importantes o coyunturas inevitables, y un Díaz-Canel clonado por todo la isla asistiendo a infinidades de reuniones y a todo lo que ocurriese, un verdadero apaga fuegos, un gestor burocrático de Castro.

Miguel Díaz-Canel es un “sobreviviente”, afirmó Raúl Castro en el mencionado discurso de 2018, en el que explicó que el actual presidente de Cuba fue escalando la pirámide comunista desde la base y que formaba parte de una generación de jóvenes que se corrompieron por el camino. Sortear el campo minado de la juventud siendo un dirigente comunista, permitió al castrismo identificar en Díaz-Canel una promesa fiel que fueron ensamblando poco a poco. “A lo largo de los años ha demostrado madurez, capacidad de trabajo, solidez ideológica, sensibilidad política, compromiso y fidelidad hacia la Revolución”, dijo esa vez Castro sobre su fiel soldado.

En ese sentido Raúl Castro, que no tenía un heredero por default como lo fue él para su hermano Fidel, no fue avaricioso y preparó su relevo antes que el paso del tiempo comenzara a pasarle factura a su cuerpo, cosa que a Fidel sí le sucedió. Una de las últimas apariciones de Fidel Castro vivo fue a sus casi 90 años en el anterior congreso del partido, en 2016. En ese momento, el dictador que estuvo casi medio siglo en el poder ni si quiera podía caminar por su propio esfuerzo. Meses después murió habiendo cumplido los 90 años. Hoy, Raúl Castro vive los meses finales de sus 89 años y se dice que está enfermo, pero la idea de comenzar a degradarse físicamente le debe perturbar menos ahora que en teoría el país no descansa en sus hombros.

Con voz engolada, con el rostro recio de molestia, Miguel Díaz-Canel advirtió en su primer discurso como mandamás cubano: “Al lumpen mercenario que lucra con el destino de todos, a los que piden invasión ya, a los que continuamente ofenden de palabra y de hecho a quienes no descansan, ¡que la paciencia de este pueblo tiene límites!”. Es decir, bajo su mando, la esencia del castrismo, que es en definitiva la férrea represión contra los que disienten del régimen, va a continuar. De hecho, horas antes de que Díaz-Canel pronunciara estas palabras desde el estrado de los comunistas, agentes de la Seguridad del Estado allanaron la sede del Movimiento San Isidro y secuestraron al artista Luis Manuel Otero y a la poeta Afrika Reina, el rapero Maykel Osorbo también fue secuestrado, además de que periodistas independientes, activistas de la sociedad civil, artistas y opositores fueron impedidos de salir de sus domicilios bajo amenazas de encarcelamiento y, para evitar que denunciaran sus situaciones, les cortaron las comunicaciones.

Esto demuestra que, después de 62 años, al castrismo no le hace falta timonel. Cualquiera puede abrir la sala de máquinas y sentarse a conducir el sistema. Es el caso de Díaz-Canel. Los Castro diseñaron un régimen tan macabramente eficaz que ni siquiera ellos son necesarios para que accione.

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