No debería haber sido una incógnita saber si un oficial de Policía podía arrodillarse sobre el cuello de un hombre durante más de nueve minutos, quitándole lentamente su vida, y tener impunidad total o incluso parcial. No deberíamos haber tenido que contener nuestro aliento colectivo desde el momento que se anunció que había un veredicto en el juicio de Derek Chauvin hasta el momento en el que se leyó ese veredicto. Esto no debería parecerse tanto a una victoria.

Pero así se siente. Los miembros del jurado del juicio de Chauvin confiaron en sus ojos y oídos. Vieron el video de George Floyd inmovilizado en el duro pavimento, lo escucharon suplicar una y otra vez que no podía respirar, y responsabilizaron plenamente a Chauvin. Vieron a George Perry Floyd Jr. —plenamente— como un ser humano.

Muchas veces, ese simple reconocimiento de humanidad ha sido, al parecer, demasiado pedir. Los agentes de Policía que mataron a Philando Castile, Michael Brown, Eric Garner y tantos otros hombres negros fueron absueltos de cualquier irregularidad o ni siquiera fueron acusados. La sentencia de Chauvin es un alivio tremendo y, esperamos, un comienzo.

Los miembros del jurado no contemporizaron ni intentaron buscarle la quinta pata al gato. Encontraron a Chauvin culpable de los tres cargos, incluyendo asesinato involuntario en segundo grado, por el cual el exoficial podría pasar hasta 40 años en prisión. Tras leer los veredictos y sondear al jurado, el juez Peter A. Cahill ordenó que Chauvin fuera detenido de inmediato. Verlo esposado fue una escena de justa proporcionalidad.

Quizás el hito social más importante alcanzado en este juicio es que el jurado aparentemente no dio crédito al intento de la defensa de Chauvin de justificar la manera en que el acusado trató a Floyd debido a su color de piel. Por supuesto, el abogado defensor, Eric Nelson, no mencionó esto de manera explícita. Utilizó un lenguaje codificado que esperaba que los miembros del jurado entendieran. El arresto de Floyd había tenido lugar en una zona “de alta criminalidad”, dijo. Los espectadores horrorizados que vieron cómo moría Floyd era una “multitud” ruidosa que tenía que ser controlada. El hecho de que el musculoso Floyd estuviera ebrio le había dado una fuerza “sobrehumana”.

Esa es la manera en que los hombres negros han sido estigmatizados durante 400 años, como fuertes, furiosos y criminales, a los que hay que controlar y hasta dominar de ser necesario.

Tras el asesinato de Floyd, millones de estadounidenses de todos colores de piel y etnias salieron a manifestar en todo el país para insistir en el mensaje del movimiento Black Lives Matter: las vidas negras sí importan. Al ver la magnitud de las protestas, tuve la sensación de que algo crucial podría estar cambiando. Sentí que podría comenzar realmente un ajuste de cuentas generalizado contra el racismo sistémico.

Este juicio quizás solo sea el primer paso en ese proceso. Como dijo el hermano de Floyd, Philonise, en una conferencia de prensa luego del veredicto, mientras afroestadounidenses como Daunte Wright sigan siendo asesinados por la Policía, “tenemos que marchar. Tendremos que hacer esto de por vida”.

Pero también tenía que haber un ajuste de cuentas específico con lo que Chauvin hizo el 25 de mayo del año pasado en la esquina de la Calle 38 y la Avenida Chicago, en Minneapolis. Los fiscales del juicio de Chauvin —Jerry Blackwell, Steve Schleicher y Matthew Frank— presentaron un caso tan poderoso que, en mi opinión, era simplemente apabullante. Sin embargo, era imposible saber qué pensaban los miembros del jurado.

A título personal, pensé que sería una victoria contundente para el estado de Minnesota. Pero dice mucho sobre la problemática historia de esta nación el hecho de que no pudiera creer en mi propio análisis del juicio, ni en mis propios ojos y oídos, ni que pudiera tener la misma confianza que Philonise Floyd dijo que tenía en que Chauvin sería condenado, hasta el momento exacto en el que se leyeron los veredictos.

Casi tan importante como los veredictos de culpabilidad es el hecho de que tantos oficiales de la Policía de Minneapolis —incluyendo al jefe de la Policía, Medaria Arradondo— testificaran para los fiscales que acusaban a Chauvin. Es probable que la solidaridad de la “delgada línea azul” no haya desaparecido para siempre. Pero al menos sabemos que tiene límites. Eso es un comienzo y, esperamos, un precedente.

“Días como este no suceden”, dijo un emocionado Chris Stewart, abogado de la familia Floyd. Stewart señaló lo obvio: no debería ser tan difícil obtener justicia para un ciudadano asesinado brutalmente por un oficial de Policía. No debemos hacernos ilusiones de que la justicia llegará con facilidad en el próximo caso de violencia policial injustificada contra un afroestadounidense. Además, las personas afroestadounidenses merecen mucho más de las fuerzas del orden que no ser asesinados por la Policía. Como bien lo dijo Stewart: “Con demasiada frecuencia, los afroestadounidenses solo reciben la lanza o la espada. Necesitamos más escudos”.

Sin embargo, justo en este momento, es posible sentir tanto júbilo como alivio. George Floyd obtuvo justicia hoy. Al igual que todos nosotros.

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