The Washington PostDemocracy Dies in Darkness

Opinión Estados Unidos tiene mucha influencia sobre El Salvador. Es hora de usarla.

Foto del 28 de febrero de 2021 del presidente salvadoreño, Nayib Bukele, en una conferencia de prensa. (Stanley Estrada / AFP)
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Durante la mayor parte del siglo XX, El Salvador, como muchos de sus vecinos centroamericanos, fue gobernado por dictadores que además de pisotear los derechos humanos obstaculizaron el desarrollo e inspiraron movimientos revolucionarios. Tras una década de una sangrienta guerra civil y una intervención concertada de Estados Unidos, el país estableció una democracia imperfecta pero funcional en la década de 1990 y comenzó a tener progresos económicos. Pero en la actualidad, al igual que la cercana Nicaragua, El Salvador parece estar regresando al caudillismo bajo el gobierno del presidente Nayib Bukele, lo que pone en peligro no solo los logros de las últimas décadas sino también los esfuerzos de Estados Unidos para reducir la emigración de la región.

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Bukele ha mostrado tendencias autocráticas desde que ganó la presidencia en 2019, pero fue restringido por la Asamblea Legislativa y los tribunales, que se opusieron a algunas de sus medidas radicales para controlar la propagación del COVID-19. Sin embargo, en las elecciones de febrero, el partido del presidente ganó 56 de los 84 escaños de la Asamblea. En su primera sesión, realizada el sábado 1 de mayo, los nuevos legisladores aprobaron destituir a los cinco magistrados constitucionalistas de la Corte Suprema, así como al fiscal general, quien también se había opuesto a los excesos de Bukele. Los seis funcionarios fueron rápidamente reemplazados por simpatizantes de Bukele, lo que le otorgó el control de facto sobre las tres ramas de gobierno.

Read in English: The U.S. has a lot of leverage over El Salvador. It’s time to use it.

La purga provocó una fuerte reacción tanto a nivel nacional como internacional. Decenas de grupos de la sociedad civil salvadoreña condenaron las destituciones, y a ellos se les unieron altos representantes de la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos y el gobierno de Biden. El secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, llamó a Bukele el domingo 2 de mayo para protestar su medida, mientras que la vicepresidenta Kamala Harris, encargada de liderar la participación de Estados Unidos con la región, tuiteó: “Nos preocupa profundamente la democracia de El Salvador”.

Al parecer, Bukele ni se inmutó. “Con todo respeto: Estamos limpiando nuestra casa… y eso no es de su incumbencia”, tuiteó el 2 de mayo, dirigiéndose a “la comunidad internacional”. El lunes 3 de mayo, declaró: “El pueblo no nos mandó a negociar. Se van. Todos”. Como escribió el periodista Roberto Valencia en Post Opinión, es probable que la lista negra del presidente se extienda al procurador de Derechos Humanos y al Tribunal Supremo Electoral, entre otros altos funcionarios.

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Impresiona esta actitud desafiante en un líder de 39 años de un país que usa el dólar estadounidense como su moneda, recibe cerca de 20% de su Producto Interno Bruto en remesas de trabajadores radicados en Estados Unidos e incluso en la actualidad está negociando con el Fondo Monetario Internacional para obtener un rescate financiero muy necesario. Estados Unidos tiene una influencia extraordinaria sobre El Salvador, y el gobierno de Biden no debería dudar en usarla para disuadir a Bukele de desmantelar su democracia. Harris dijo el martes 4 de mayo que Estados Unidos “debe responder” al golpe de Estado contra el poder Judicial; debería rápidamente respaldar sus palabras con acciones.

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