Mientras en el Palacio de las Convenciones de La Habana se celebraba el octavo congreso del partido comunista de Cuba, en el que el presidente Miguel Díaz-Canel relevó a Raúl Castro en el cargo más importante del país, primer secretario del partido, la sede del Movimiento San Isidro, que es el domicilio del artista Luis Manuel Otero Alcántara, fue asaltada. Varios agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil entraron a la casa y se llevaron por la fuerza en patrullas policiales a Otero Alcántara y a la poeta Afrika Reina. Afuera de la vivienda, para justificar ante el barrio la arbitrariedad, los agentes gritaron: “¡Qué viva la revolución! ¡Qué viva Fidel! ¡Qué viva el partido! ¡Abajo la gusanera!”. De la vivienda, los agentes se marcharon con las obras recientes de Otero.

Después de ser liberado y a pesar de tener un cerco policial rodeando su domicilio, el artista decidió salir a reclamar la devolución de sus obras. Lo hizo durante casi una semana en la que cada vez que puso un pie fuera de casa, fue encarcelado durante horas. En la última de estas detenciones, dos supuestos delincuentes comunes lo amenazaron en una celda de dos metros. Al salir, Otero decidió emprender una huelga de hambre y sed con el objetivo de recuperar sus obras, que le indemnizaran los destrozos a estas y que le levantaran el cerco policial a su vivienda que cumplía 26 días de acoso. Al séptimo día de la huelga declaró: “Si mi cuerpo llega a morir espero sea la continuidad a la chispa por la libertad de Cuba”.

Pero aunque Otero se inmole por la causa de derrocar a la dictadura cubana y quiera morir por defender su arte, por su libre expresión, no podrá lograrlo. El régimen cubano lo ha secuestrado a tal punto que le impide ya no solo su creación artística, sino el derecho a decidir sobre su vida.

Porque Otero es hoy la piedra más molesta en los zapatos del castrismo y, a su vez, sin que el artista haya apuntado allí, se ha vuelto imprescindible para la subsistencia del régimen. Porque su muerte en una huelga que exige derechos fundamentales de un ciudadano significaría potenciales nuevas sanciones de Estados Unidos hacia la isla y una ruptura definitiva en la relación bilateral de estos gobiernos como en los viejos tiempos. Y porque su existencia da pie para, en negociaciones a puertas cerradas —ya sea con la Unión Europea o Estados Unidos o quien sea—, aseverar que en Cuba se permite que los ciudadanos manifiesten libremente sus ideas y así demostrar falazmente la permisión en la isla de una oposición política, aprovechando para presentar a dicha oposición como una caricatura mercenaria.

El arte y el activismo político de Otero han alcanzado tanta notoriedad dentro y fuera de Cuba que el régimen no pudo pasar de largo su huelga de hambre y sed como hizo con los presos políticos Yosvany Arostegui, Orlando Zapata y otros, a quienes en su momento dejó morir. El gesto no simboliza que el régimen cubano se haya vuelto más humano que en antaño. El gesto expresa el condicionamiento que padece hoy el régimen ante la actual crisis económica, cuya única salida a corto plazo pasa por una reconciliación con Estados Unidos para emular el florecimiento del país en los tiempos del expresidente Barack Obama, porque el gobierno no contempla cambiar su ineficaz modelo económico. Por tanto, otro mártir de la oposición cubana haría descolgar el teléfono a la actual administración de Joe Biden que ya anticipó que, en una hipotética marcha atrás a la política de Donald Trump hacia Cuba, el acercamiento ocurriría sobre la base del respeto a los derechos humanos del pueblo cubano.

Es por ello que, cuando se cumplían ocho días de la protesta pacífica, el régimen tuvo que entrar nuevamente a la sede del movimiento San Isidro, de madrugada esta vez, y llevarse al artista a un hospital. Con Otero a salvo, pero en sus manos e incomunicado, el régimen filtró algo de información solo cuando el Departamento de Estado de Estados Unidos se pronunció al respecto. De esta manera no se ve comprometido con la opinión pública internacional y mantiene a Otero Alcántara inmovilizado.

Luis Manuel Otero Alcántara encarna todo lo que el régimen dice promover, pero que en definitiva no reproduce: un artista negro de un barrio pobre que quiere expresarse y crear con libertad y tener una vida digna. Eso es lo que le molesta al castrismo: su genuina fuerza para luchar contra el capitalismo de Estado cubano.

Mordiéndose los labios, el gobierno tendrá que seguir lidiando con su obra, aunque le remueva el piso, porque su propuesta artística y cívica es fundamental para un mejor país, que es lo que promueve el presidente Díaz-Canel. Y esa nación superior no será posible si el régimen sigue obligando a sus ciudadanos a atentar contra sus vidas para acceder a sus derechos.

Leer más: