Diego Salazar es periodista peruano y autor del libro ‘No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo’.

El pasado 19 de mayo, dos personajes públicos peruanos, ambos excandidatos fujimoristas al Congreso de la República, atacaron vía Twitter a Gonzalo Banda, un joven politólogo que ha ganado notoriedad en los medios durante esta campaña electoral debido a su inteligente y original análisis del confuso momento político que atraviesa el Perú.

Una de ellos —accionista del principal grupo de medios del país, el cual es propietario del diario donde Banda publica una columna quincenalle decía que fuera a pedir una columna a otro diario para que deje de “ensuciar El Comercio con tus imbecilidades”.

El otro —exjefe del Fondo Editorial del Congreso de la República— se refería a Banda como “este provinciano acomplejado”. Ambos respondían con esos insultos a un comentario del politólogo sobre el candidato presidencial Pedro Castillo.

Ese mismo día por la tarde, la periodista Stefanie Medina, quien cubre la campaña de Castillo para la cadena de noticias por cable Canal N, publicó en Twitter un video perturbador. En él se ve cómo un grupo de simpatizantes del candidato corren detrás del vehículo que transporta a la periodista gritando “prensa basura”, “corrupta” y “vendepatria”.

Ese día, Castillo realizó varias actividades en la ciudad de Huamanga. Ahí, en una de sus intervenciones, el candidato amenazó con “publicar cuánto ganan los que conducen los programas de televisión y quién les paga”. En otra actividad de Castillo, uno de los animadores de la campaña encendió al público desde el estrado con gritos de “prensa mercenaria” y “medios mermeleros” (“mermelada” se llama en Perú a los presuntos pagos a periodistas para favorecer a un político).

Fue en ese momento, según me contó Stefanie Medina, que la periodista recibió una patada por la espalda. Diana Falcón, periodista de la radio RPP, quien se encontraba cerca a Medina en ese instante, me dijo que percibió un movimiento extraño a su lado, escuchó a Medina quejarse y que, al girar para ver qué había ocurrido, esta le dijo que la habían pateado.

Poco después, cuando Medina, Falcón y otros periodistas subieron a una camioneta para continuar el trayecto de campaña tras el candidato, tuvo lugar la persecución que pudimos ver en el video de Twitter. Lo que no pudimos ver, y me confirmaron ambas periodistas, es que uno de los simpatizantes intentó agredir a Falcón con el asta de caña de la bandera que portaba. El golpe, me dijo la periodista, fue detenido con la mano por uno de los miembros del equipo de Castillo.

Estos episodios, ocurridos el mismo día, son solo una pequeña muestra de la creciente y acelerada degradación de la discusión pública en el Perú. A la profunda crisis política que atraviesa el país desde hace ya unos años —y que ha tenido como consecuencia una elevadísima desafección ciudadana—, la campaña electoral ha sumado una virulencia y despliegue de violencia —de momento, casi siempre verbal— que está contaminando y haciendo aún más difícil nuestra vida en sociedad.

La conversación política ha sido secuestrada por una suerte de mentalidad de asedio, donde ambos bandos han decidido que el otro desea aniquilar a los míos o mi forma de vida y no hay posibilidad de entendimiento alguno con la otra parte.

No basta con señalar las muchas carencias, aspectos negativos o propuestas con las que no estoy de acuerdo del candidato por el que no estoy dispuesto a votar. Hay que gritar —en Twitter y Facebook, en videos de Instagram o TikTok, en mensajes de WhatsApp, en portadas de periódico o entrevistas televisivas— que, de llegar a la presidencia, Pedro Castillo convertirá al Perú en un estado comunista de la noche a la mañana, aliado además con grupos terroristas, o que Keiko Fujimori reinstaurará la dictadura de su padre en los primeros meses, qué digo, en las primeras semanas de gobierno.

En un artículo publicado en 2017 en The New York Times, el periodista David Brooks definía la mentalidad de asedio de esta forma: “Toda la ‘cultura’ o todo el mundo es irremediablemente hostil. De ahí surge una profunda sensación de pesimismo (...) El mundo que nuestros hijos heredarán será horrible. La mentalidad de asedio plantea un miedo apocalíptico”.

Lo más llamativo es que los candidatos que hoy despiertan estas pasiones desbocadas, despertaban poco más que indiferencia o incluso mofa antes de las elecciones. La conversión de Pedro Castillo y Keiko Fujimori en depositarios de todos los males o en salvadores de la patria, y de sus partidarios en una grey enfurecida que abraza un culto milenarista, ha ocurrido a una velocidad de vértigo.

Los dos candidatos que se enfrentarán el próximo 6 de junio en la segunda vuelta obtuvieron solamente 18.921% y 13.407% de los votos en la primera. Y hasta dos semanas antes de esta, todas las encuestas los ubicaban lejos de los favoritos. No han pasado ni dos meses desde la primera vuelta y la campaña por la segunda se ha convertido acelerada y progresivamente en una lucha fratricida por el alma y futuro de la nación.

Lejos de centrarse en las diferentes propuestas o visiones de país, los candidatos y sus simpatizantes han optado por presentarse como los legítimos representantes y guardianes del pueblo, la familia y la peruanidad. Se arranchan nuestros símbolos patrios y en el camino han arrastrado incluso a una de las pocas instituciones que era capaz de generar consensos en el país: la selección peruana y su camiseta.

Los medios, por supuesto, no han ayudado: según un estudio reciente, 59% de los peruanos cree que los principales diarios, radios y televisoras del país favorecen a alguno de los candidatos. De ese porcentaje, una amplísima mayoría, piensa que la favorecida es Keiko Fujimori.

Todo esto, esa violencia e inconsciencia, hace pensar que candidatos, sus asesores, responsables de medios y muchas personas de a pie parecen haber olvidado que, nos guste o no, habrá un día después del 6 de junio.

Embebidos en lo que David Brooks llama “una narrativa para expresar su propia superioridad”, donde algunos parecen sentirse cómodos pensando que son ”mártires en un mundo malicioso”, los nuevos conversos olvidan que el nuevo presidente o presidenta del país se ceñirá la banda el 28 de julio y, a partir de ahí, tendrá que gobernar para todos los peruanos, incluidos aquellos que sientan que el final del mundo ha llegado.

Y olvidan también que quien lidere el país, uno de los más desconfiados del mundo, donde —como recuerda un estudio del World Values Survey— solo 4.2% piensa que la mayoría de la gente merece confianza, tendrá que lidiar con esta fractura casi irreconciliable que entre todos estamos ensanchando a diario.

Con poco más de una semana de campaña, los peruanos debemos buscar echar freno y dar marcha atrás a esta batalla campal. De lo contrario, gane quien gane, la crisis política de estos últimos cinco años nos parecerá pronto un edén al cual regresar llenos de nostalgia por los buenos tiempos. Y la responsabilidad será enteramente nuestra.

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