Gustavo Gorriti es director de IDL-Reporteros en Perú.

El gran poder de las palabras en tiempos de guerra tiene dos filos. El periodista Edward Murrow, por ejemplo, describió cómo Winston Churchill “movilizó al idioma inglés y lo lanzó a la batalla…” en la hora más negra de Inglaterra y Europa en la Segunda Guerra Mundial. Así fue. No hubo mejor general que la lengua inglesa hecha fuego y heroísmo en los combates que llevaron a la primera y decisiva victoria contra el nazismo.

Una guerra fallida: América Latina y las drogas

El filo opuesto lo representa la “guerra contra las drogas”, que este mes cumple 50 años. Richard Nixon, el complejo presidente estadounidense que la declaró en junio de 1971, no movilizó al idioma inglés sino a burocracias cautivas de una metáfora (las drogas son "el enemigo…”) inadecuada y torpemente aplicable al problema que trataron de enfrentar.

El cautiverio bajo el poder de la metáfora equívoca ha durado medio siglo. Abunda en narrativas trepidantes de osadía, corrupciones, extravagancias, excesos y traiciones que se cuentan y contarán desde Hollywood y Netflix, hasta los narcocorridos mexicanos y los bailes de carnaval en la selva del Vraem en Perú, donde campesinos cocaleros danzan la representación del aterrizaje precario y apurado de las narcoavionetas, en el primer paso de la ruta clandestina hacia el mercado final.

Ganó la narrativa pero ganaron más las burocracias creadas para librar una “guerra” que prontamente percibieron no podía tener fin y resultó, por eso, buena: una fuente sin término de presupuestos, contratos, compras, poder e influencia que creó economías enfrentadas con el narcotráfico, pero dependientes de él.

Lo que no se ganó fue la “guerra”, puesto que el narcotráfico continuó, se adaptó y expandió. Es que nada tenía de “guerra” la dinámica de un gran mercado de psicotrópicos potentes (y muchas veces peligrosos) en boom desde la segunda parte de la década de lo 1960 en Estados Unidos sobre todo, cuyo inmenso margen de ganancia movilizó energías empresariales en la América Latina de la década de 1970 y después.

Fue una revolución económica que, antes de la hegemonía neoliberal, la apertura de fronteras y los tratados de libre comercio, marcó una eclosión exportadora, verticalmente integrada, que en las deprimidas economías latinoamericanas de esos tiempos llegó a representar —como fue el caso en el Perú— sumas mayores que la de todas las exportaciones no tradicionales del país. Pero las economías legales y las clandestinas, mantenían, como en toda América Latina, una ósmosis permanente entre sí.

El boom del narcotráfico fue una revolución capitalista, primitiva pero gigante, que cambió América Latina.

Antes de los Chicago Boys, el boom del narcotráfico significó una revolución capitalista, primitiva pero gigante, que cambió e impactó profundamente gran parte de América Latina con todas las características, inequidades y violencias propias de un capitalismo sin filtros ni regulaciones excepto los del lucro y la fuerza.

Su ilegalidad y sus millones de dólares elevaron la corrupción y la hipocresía a nuevos niveles. Casi cada país abunda en historias en las que los encargados de reprimir el narcotráfico lucran de él, mientras mantenían (o mantienen) estrechas relaciones con agencias de inteligencia o investigación estadounidense. Casos como los del dictador Manuel Noriega en Panamá o el asesor Vladimiro Montesinos en Perú, que tuvieron una cercana cooperación con la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) estadounidense mientras recibían fortunas de los narcotraficantes, se encuentran —con variaciones— en casi todos los países por donde fluye el narcotráfico.

Debajo de las plutocracias narcotraficantes y sus beneficiarios intermedios, en la ancha base demográfica de la pirámide está el proletariado de la cocaína: los campesinos cocaleros de Perú, Bolivia y Colombia. A diferencia de las fortunas extravagantes y el poder letal de los narcotraficantes —señores de los cielos y patrones del mal—, el denominador común de los campesinos cocaleros, especialmente en zonas de colonización, es la pobreza.

¿Por qué persisten en la siembra de coca para el narcotráfico? Porque, dentro del ecosistema de la escasez, la coca ofrece una comercialización expeditiva, con liquidez inmediata, cultivo sencillo y varias cosechas al año. La contraparte es la devaluación de la vida y derechos que significa coexistir con empresarios ilegales, parte importante de cuyo capital es la capacidad de infligir violencia.

En la “guerra” de medio siglo, el narcotráfico en América Latina ha cambiado escenarios, organizaciones y personajes, pero en general se ha expandido. Las redes criminales involucradas total o parcialmente en el narcotráfico tienen hoy importancia en Brasil, Venezuela, Paraguay, Honduras, México, junto con Colombia, Perú y Bolivia, entre otras naciones. Con pocas excepciones, los mapas de mayor violencia criminal y más alto índice de homicidios (los mayores del mundo) corresponden a los países con más organizaciones criminales narcotraficantes.

Así que la “guerra” de 50 años ha sido, además de generosa en narrativas de plomo y plata, socialmente tóxica y calamitosa, falaz como concepto y dañina en su aplicación. Aunque hemos sido extraordinariamente lentos en aprender de la experiencia, creo que medio siglo de tribulación cognitiva es suficiente.

Las hoy decrépitas metáforas bélicas deben desaparecer mientras se encara con racionalidad y sin prejuicio cada uno de los problemas —seguridad ciudadana, anticorrupción, alternativas de desarrollo rural, uso legal de la hoja de coca, tratamiento de adicciones, aplicaciones terapéuticas de psicotrópicos— que la distorsión conceptual de una “guerra” forzada sobre la realidad, agrupó y deterioró a la vez.

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