Jesús Martín-Fernández es compositor, neurocirujano en el Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria, en Tenerife, España, y neurocientífico en el centro de investigación IMETISA.

Hace unos meses, junto con mi equipo de trabajo, publicamos un estudio neurocientífico en la prestigiosa revista Neuroscience en el que comparamos mediante resonancia magnética funcional la actividad cerebral de personas sanas, con gustos musicales diversos, al escuchar diferentes estilos de música: reggaetón, música clásica, folklore y electrónica. Eliminamos la letra de los fragmentos musicales para que el procesamiento del lenguaje no influyera en los resultados, y así estudiar únicamente la actividad cerebral generada por la música.

Los resultados, sorprendentes y que se han publicado en notas periodísticas alrededor del mundo, mostraron que el reggaetón activaba significativamente más las regiones cerebrales que se estudiaron, en comparación con el resto de los estilos. Estas áreas fueron las auditivas (encargadas del procesamiento del sonido), motoras (encargadas de procesar el movimiento) y los ganglios basales, encargados de modular el movimiento y las respuestas relacionadas con el placer o el aprendizaje basado en la recompensa. Esta última zona es también donde se originan enfermedades como el Parkinson, en la cual hay una muerte progresiva de un grupo de neuronas que genera una disfunción progresiva no solo en el movimiento, también en el procesamiento de las emociones y el lenguaje.

Este no fue un estudio sociológico ni musical. No podemos —ni pretendemos— sacar conclusiones sobre qué estilo es mejor o si un estilo es más beneficioso que otro para el cerebro, ni muchísimo menos. Lo que sí hemos constatado es que el poder de la música, que conocemos desde hace milenios, va más allá de una idea romántica: hablamos de una respuesta cerebral tangible, significativa e interesante que habrá que continuar investigando para sacar más conclusiones.

¿Podría ser esta respuesta tan llamativa de los ganglios basales, una zona primitiva del cerebro, consecuencia de la influencia de los ritmos jamaicanos y africanos de los que deriva el reggaetón? ¿O será la claridad del ritmo y la ausencia de complejidad tímbrica lo que hace más sencillo el procesamiento de este estilo musical? Son respuestas que tendremos que seguir buscando en las próximas investigaciones.

La neurociencia ha estudiado los efectos de la música desde hace décadas. Por ejemplo, Oliver Sacks en el libro Musicofilia mostraba ya una gran cantidad de relatos sobre el poder de la música en pacientes con Parkinson. En los años 50 —cuando ni siquiera existía tratamiento farmacológico para esta enfermedad— la única forma de recuperar, aunque fuera por un instante, la fluidez de los movimientos y la coordinación era escuchando música. Algunos pacientes incluso lograban salir de su constante estado de rigidez e inexpresividad en el que estaban enclaustrados, y bailaban algunos pasos. Sucedía más con ritmos sencillos, repetitivos y sin sonidos estridentes.

Con la neurociencia, y mediante resonancias magnéticas, podemos ver ‘’brillar’’ determinadas regiones de nuestro cerebro: desde las más evolucionadas que compartimos con los mamíferos más avanzados (neocórtex), hasta otras primitivas que se cree que ya estaban presentes desde hace millones de años en animales vertebrados, como los ya mencionados ganglios basales y el tallo cerebral.

Y aunque obviamente han ido experimentando cambios debido a la evolución de las especies, estas regiones antiguas se siguen encargando de aquello que compartimos con todas las especies, sean viejas o recientes: nacer, crecer, reproducirse y morir.

Para cumplir estas cuatro etapas vitales y así conseguir la supervivencia de la especie, el cerebro está programado para sentir placer con toda actividad que presente ventajas evolutivas: la alimentación y el sexo. Lo hemos comprobado no solo de forma empírica, sino también viendo “brillar” alguna de estas regiones. Pero la música sigue siendo una interrogante: ¿por qué el cerebro está programado —y con una estructura minuciosamente articulada— para sentir placer con la música si esta no ofrece ninguna ventaja evolutiva?

Aunque aún no tenemos la respuesta, como diría el doctor Robert Zatorre, pareciera como si la música y el cerebro estuvieran hechos el uno para el otro. Por ejemplo, si durante una cirugía cerebral con el paciente despierto estimulamos la porción superior del lóbulo temporal, este experimentará alucinaciones musicales.

Asimismo, sabemos que la música es algo inherente al ser humano, tanto como el lenguaje. De hecho, algunos teóricos defienden que fue la música la que dio lugar posteriormente al lenguaje. Si no, ¿cómo explicaríamos que un recién nacido no es capaz de reaccionar al lenguaje, pero sí a la música? Sobre todo, a la primera música que conocemos: el latido cardiaco de nuestra madre.

La música es como un amplio catálogo de emociones al que tenemos acceso inmediato para elegir, casi a nuestro antojo, qué queremos sentir. Es capaz de generar una actividad cerebral de magnitud similar a la que puede producir alguna de las drogas más potentes que conocemos. ¿Cómo no va a ser, entonces, un arma poderosa para entender mejor cómo funciona nuestro cerebro?

¿Pero entonces sería suficiente con encender la luz —es decir, los ganglios basales— en los pacientes con Parkinson? ¿Realmente este género caribeño basado en patrones rítmicos ancestrales podría ayudar al inicio y sincronización de los movimientos? No lo sabemos. En ciencia necesitamos datos, no podemos basarnos en suposiciones ni en sensacionalismos. Pero tampoco podemos cerrar esta puerta que se abre a continuar investigando. Necesitamos ir un poco más allá de nuestros prejuicios y gustos musicales, y ver hasta qué punto llega el poder que, desde nuestra existencia, le hemos dado a la música.

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