Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.

Ha vuelto a ganar el premio Nobel de Literatura un hombre que escribe en inglés. Pese a su origen tanzano y su pertenencia a la minoría musulmana de su país, Abdulrazak Gurnah es miembro de la Royal Society of Literature y un escritor, sin duda, británico. Es experto en la obra de otro premio Nobel nacido en las antiguas colonias, V. S. Naipaul, que al igual que Gurnah llegó a los 18 años a Inglaterra. Y como Kazuo Ishiguro, también premio Nobel, estudió en la Universidad de Kent.

Su condición de refugiado y su obra poscolonial lo singularizan en la nómina de los otros 117 premiados. Pero menos de lo que puede parecer. Es el quinto escritor africano que gana el Nobel, después de Wole Soyinka (1986), Naguib Mahfuz (1988), Nadine Gordimer (1991) y J. M. Coetzee (2003). Cuatro son hombres y cuatro escriben en inglés, aunque en el continente se hablen cerca de 2,000 lenguas y cerca de la mitad sea femenino. Mahfuz sigue siendo el único de esos premiados que escribe en árabe.

Cada año se repite la misma historia con el premio Nobel de Literatura. Incluso cuando gana alguien imprevisto, se impone la maquinaria eurocéntrica. La gran mayoría de los ganadores —incluidos el chino Gao Xingjian o el peruano Mario Vargas Llosa— viven o pasan largas temporadas en Europa. Por eso tal vez haya llegado el momento de dejar a un lado al episódico ganador —como hacemos por inercia los periodistas culturales— y de abordar el problema de fondo. Si los galardones no representan a la literatura de nuestra época es porque la institución que los otorga no se ha adaptado a la realidad del siglo XXI. La Academia y la monarquía suecas son sistemas jerárquicos y anacrónicos, nacidos en el Antiguo Régimen, incapaces de entender, juzgar y premiar la nueva sociedad de la creación y del conocimiento.

Por ese motivo los Nobel siguen mostrando un sesgo muy marcado en su identificación de la excelencia. También han reconocido de un modo abrumador a hombres del norte global los premios Pritzker, Hasselblad y Turing, que son llamados respectivamente como los Nobel de la arquitectura, la fotografía y la computación (con sedes en Chicago, Suecia y Nueva York). Los países con más restaurantes con estrellas Michelin son Francia, Japón, Italia, Alemania y Estados Unidos, que no por casualidad también están entre los que suman más premios Nobel.

Los criterios con que se evalúan y recompensan las aportaciones a la cultura universal nacieron en la Europa colonialista, fueron adoptados por las instituciones académicas de Estados Unidos y perpetúan lógicas de otras épocas. Pese a la crisis moral que ha vivido en los últimos años, la Academia Sueca no se ha producido ni siquiera una tímida reestructuración. No van a adaptarse a los nuevos tiempos porque en ellos pesa demasiado la tradición y el testamento de Alfred Nobel. De modo que se impone la necesidad de la creación de unos nuevos premios internacionales que reconozcan las principales aportaciones a las artes y el conocimiento, en consonancia con las características de nuestra época. Unos galardones que recompensen la excelencia por medio de un sistema realmente postcolonial.

El dinero de Alfred Nobel provino de la dinamita. La Fundación Hyatt, ligada a la cadena de hoteles, paga el premio Pritzker; la marca de cámaras Hasselblad, el que lleva su nombre; Google otorga ahora un millón de dólares para el Turing. Parece lógico que esos nuevos premios sean financiados por los grandes agentes económicos y culturales de nuestra época. La filantropía de Bill y Melinda Gates quizá hubiera obtenido frutos más concretos si hubiera hecho visibles a los grandes creadores o científicos del sur global. Un mapeo sistemático y justo del talento reclama, además, el uso de algoritmos y big data para reformular radicalmente los sistemas de evaluación y juicio, el tipo de herramientas que poseen las grandes plataformas. El problema es que se trata de corporaciones occidentales que por lo general carecen de proyecto cultural, pues solo creen en la humanidad como fuente de datos y de consumo.

De modo que debería ser la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) quien liderara ese proyecto. Ya otorga, de hecho, muchos premios que no reciben ni una mínima parte de la atención de los Nobel. Deberían ser transformados en una gran estructura que logre el mismo prestigio que tienen la lista de patrimonio, tanto material como inmaterial, de la humanidad. Unos premios que incluyan las ciencias y las disciplinas que no existían en el siglo XIX. Unos premios que distingan a los creadores de todos los ámbitos artísticos. Unos premios decididos por un jurado que no esté compuesto por miembros ni vitalicios ni de una única nacionalidad, sino de los cinco continentes, que tengan a su disposición instrumentos que permitan detectar la excelencia sea cual sea el lenguaje y la cultura en que se exprese.

Sé que esto puede sonar utópico, pero hace 20 años no existía Wikipedia, que ahora se puede leer en 300 idiomas y es la única página web sin ánimo de lucro entre los 100 sitios más visitados de internet.

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