Al igual que millones de personas en todo el mundo, la semana pasada hice un maratón de los nueve episodios de El juego del calamar. Esta serie coreana se ha convertido en un gran éxito en Netflix y ha cautivado a los espectadores con su historia distópica sobre un grupo de personas endeudadas que participan en juegos infantiles por la mayor apuesta posible: si ganan, se volverán millonarios; si pierden, morirán. Es enfermizamente adictiva, gracias en parte a los finales abiertos de cada episodio que garantizan que uno vuelva por más.

También es una sátira descarnada de la desigualdad de la riqueza producida por el capitalismo salvaje. Es por eso que es irónico que el éxito mundial de El juego del calamar sea, de hecho, el mayor tributo posible al poder del capitalismo, y en particular a dos de sus derivaciones más criticadas: la globalización y el libre comercio. Ambas han hecho mucho para mejorar nuestra experiencia de entretenimiento.

Durante mi infancia y adolescencia en la década de 1980, ver televisión significaba ver las tres cadenas principales en Estados Unidos (ABC, CBS y NBC), PBS o un puñado de canales locales independientes. Era una caja de sorpresas repleta de reposiciones y nuevas series. Algunas eran geniales aunque de poca monta para los estándares modernos: El superagente 86, Archivo confidencial, Cheers. La mayoría eran simplemente de baja calidad: Los Dukes de Hazzard, Starsky & Hutch, CHiPs: Patrulla Motorizada, El crucero del amor, Los ángeles de Charlie. Todos los episodios eran independientes (las historias se resolvían cada semana), eran interrumpidos por comerciales, y todas eran producciones estadounidenses. Los únicos programas de televisión extranjeros disponibles en aquel momento eran los dramas de época británicos transmitidos por PBS.

En la década de 1980 comenzaron a aparecer mejores series dramáticas con arcos narrativos más extensos, como St. Elsewhere y El precio del deber, pero no fue sino hasta la década de 2000 que la televisión estadounidense alcanzo una nueva edad dorada con series como Los Soprano, The Wire, Mad Men y Breaking Bad. Sin embargo, esa era ya ha terminado. Juego de Tronos emitió su último episodio en 2019 y desde entonces no ha habido una serie estadounidense que haya logrado tener un impacto cultural similar.

Me encantan shows como Ozark, Succession y Ted Lasso, pero aún así, como muchos otros estadounidenses, he terminado viendo en la actualidad muchos productos extranjeros, en particular en Netflix, que inteligentemente ha liderado el camino de la construcción de una plataforma internacional de streaming. Me he entretenido muchísimo no solo con El juego del calamar de Corea del Sur, sino también con Fauda y Shtisel de Israel, Lupin y Call My Agent! de Francia, Babylon Berlin de Alemania, Occupied de Noruega, y The Crown de Reino Unido. Mi favorita es la serie francesa The Bureau en Amazon Prime. En mi opinión, es la mejor serie de espías de todos los tiempos, y una de las mejores series del mundo, en general.

No debería ser ninguna sorpresa el hecho de que muchos de los mejores programas de televisión ya no se hagan en Estados Unidos. Después de todo, Estados Unidos solo tiene 4% de la población mundial. Es lógico pensar que el otro 96% produzca una enorme cantidad de excelente contenido. El milagro es que ahora podamos ver gran parte de eso. Internet ofrece una infinidad de opciones, y mientras más opciones tengas, mayor serán las posibilidades de encontrar algo genial para ver. Es un alivio que Washington no esté limitando las importaciones de series extranjeras para proteger a productores en cafés de Malibú que se quejan porque ya no logran que sus proyectos salgan al aire. La globalización ha abierto un vasto mercado para la industria del entretenimiento de Estados Unidos, pero también ha garantizado que ya no goce del monopolio del mercado nacional. Eso es positivo.

Cada vez que consumes un programa de televisión extranjero, eres testigo de los beneficios de la globalización y el libre comercio, conceptos que prácticamente se han convertido en insultos. El presidente estadounidense, Joe Biden, no demoniza la globalización ni destruye los acuerdos comerciales de la manera que lo hizo el expresidente Donald Trump, pero continúa aplicando las mismas políticas proteccionistas que este implementó. El gobierno de Biden no ha mostrado ningún interés en volver a unirse al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica o en eliminar los aranceles sobre los productos chinos cuyo costo es pagado por los consumidores estadounidenses.

Gran parte del debate se centra en las personas que se ven perjudicadas por el comercio: trabajadores en industrias que no pueden competir contra contrincantes más rentables en el extranjero. Olvidamos o damos por sentado los beneficios del comercio, como por ejemplo toda la actividad económica que genera empleos, aumenta los ingresos de los hogares y mejora la calidad de vida de los consumidores (es decir, de todos nosotros).

Lo que está sucediendo en la industria de la televisión es un microcosmos de toda una economía que se ha beneficiado de las importaciones de todo, desde textiles y productos electrónicos hasta automóviles. Cuando compras un auto nuevo, tus opciones ya no se limitan a Ford o General Motors, y Chrysler ya ni siquiera es propiedad de Estados Unidos. Ciertamente, en la era de la globalización, las líneas que dividen lo “extranjero” y lo “nacional” se difuminan. Una compañía estadounidense, Apple, vende iPhones, pero sus componentes se fabrican en diferentes partes del mundo. Otra compañía estadounidense, Netflix, muestra programas de televisión que fueron creados en muchos otros países.

No necesitamos aranceles para proteger a trabajadores de industrias moribundas; podríamos ofrecerles asistencia para capacitación profesional o prestaciones sociales para mejorar sus vidas en medio de las perturbaciones de una economía cambiante. Y, mientras tanto, podríamos mejorar la vida de todos a través de la eliminación de aranceles y el fomento a una mayor globalización.