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Opinión El vodevil electoral de los Ortega-Murillo terminará de sepultar la democracia en Nicaragua

Una pancarta del presidente de Nicaragua y candidato presidencial para las elecciones 2021, Daniel Ortega, y su esposa y compañera de fórmula, Rosario Murillo, en Masaya el 2 de noviembre de 2021. (Oswaldo Rivas/AFP vía Getty Images)
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Wilfredo Miranda Aburto es periodista nicaragüense. Es cofundador de ‘Divergentes’ y colaborador en ‘El País’, ‘Univision’ y ‘The Guardian’.

La puesta en escena es predecible: Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja presidencial de Nicaragua, aparecerá la noche del 7 de noviembre en cadena nacional sonriente, complacida, con los brazos en alto, marcando un dos con sus dedos índices y medios en señal de “victoria arrasadora” del Frente Sandinista en las elecciones generales. Probablemente la celebración será en casa, donde despachan desde hace más de una década, si se toma en cuenta que las únicas cuatro apariciones públicas que tuvieron durante la campaña electoral que simularon hasta ahora han sido en circuito cerrado, íntimo.

Digo campaña electoral simulada porque en Nicaragua no ha existido una de verdad. De hecho, la pareja presidencial no ha tenido ni que esforzarse por hacer mítines políticos, porque los resultados de la elección los aseguraron cinco meses atrás, cuando apresaron a todos los precandidatos opositores. Ese zarpazo represivo anuló todo signo de competencia. Liquidó por completo un proceso que era considerado clave para la resolución de la crisis sociopolítica que el país atraviesa desde las protestas de 2018, las cuales fueron reprimidas con brutalidad por policías y paramilitares. Sobre todo, instaura una nueva etapa dictatorial con el quinto mandato y cuarto consecutivo del caudillo sandinista, de la mano de su esposa recién nombrada de facto “copresidenta”. Una réplica tropicalizada de los Ceaușescu en Rumania, los Kim en Corea del Norte o los Castro en Cuba.

Cualquiera de los siete aspirantes presidenciales presos (Cristiana Chamorro, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, Medardo Mairena, Miguel Mora, Arturo Cruz y Noel Vidaurre) le hubiesen ganado a Ortega en las urnas, según la última encuesta de CID-Gallup, la más creíble en Nicaragua. El sondeo reveló que 65% de las personas consultadas votaría por alguno de estos presos políticos, mientras que solo 19% por Ortega y Murillo. La encuestadora también mostró el desplome de la simpatía hacia el Frente Sandinista como organización política: solo 5% se declara militante de ese partido. Es la bancarrota política. Es una caída sin precedentes que patentiza el desencanto generalizado hacia una “segunda etapa de la revolución” que ha disparado a matar, que ha manejado mal la pandemia de COVID-19 y ha radicalizado una represión propia de dictaduras tenebrosas que en América Latina se creían casi extintas.

Con la liquidación de la elección garantizada por medio de la instrumentalización de la fiscalía, que acusa a los opositores de delitos de “lavado de dinero” y “traición a la patria” —hasta ahora no probados—, la pareja presidencial procedió a confeccionar unos comicios a la medida. Los cinco candidatos que aparecerán en la boleta de este domingo son completos desconocidos para la población y corren en partidos políticos comparsas, o “zancudos”, como les dicen en Nicaragua. Cuentan con el beneplácito oficial porque no representan riesgo alguno para el poder sandinista. La campaña electoral que estos “zancudos” han protagonizado es irrisoria. Son el complemento secundario de la obra de vodevil electoral que los Ortega-Murillo han montado, y a la que nadie asiste porque la pantomima es tan mala, que ni alegar medidas sanitarias por la COVID-19 logra disimular el desprecio mostrado por el electorado.

El 28 de octubre en su alocución diaria, Murillo catalogó estas elecciones como “históricas”. No puedo estar más de acuerdo, porque desde 1990, cuando la revolución sandinista perdió el poder en las urnas ante la expresidenta Violeta Barrios de Chamorro, nunca una elección había carecido de contendientes opositores reales. El caudillo sandinista nunca ha sido un ganador limpio e indiscutible de elecciones, pero esto permite apreciar a un Ortega en el punto más bajo de su carrera política.

En 2006 ganó la contienda gracias al pacto con el corrupto expresidente Arnoldo Alemán. Ambos se confabularon para rebajar el techo electoral a 35% para conseguir el Ejecutivo, ya que en los comicios anteriores en los que Ortega perdió nunca alcanzó 45% necesario. El retorno al poder de Ortega quedó empañado.

En 2008, durante las elecciones municipales, fue registrado un fraude electoral sin precedentes. Boletas marcadas por los opositores aparecieron en basureros y las anomalías fueron abundantes. Fue el primer ensayo de fraude.

Con el tiempo, y aunque con una oposición torpedeada y cada vez más menguada, el oficialismo se vio obligado a fraguar todo tipo de fraudes en 2011 y 2016 para mantener las apariencias democráticas y avanzar en la conquista del poder absoluto. El fraude de 2011 permitió a Ortega la dominación del Parlamento. Enseguida, la Corte Suprema de Justicia —controlada por el sandinismo gracias al mismo pacto con Alemán— emitió un cuestionado fallo que eliminó el candado constitucional de la reelección. Lo demás fue pan comido: la mayoría legislativa aprobó en 2014 una reforma constitucional que habilitó la reelección indefinida.

Sin embargo, es la primera vez desde 2008 en la que los Ortega-Murillo no necesitan siquiera fraguar un fraude electoral porque no existe competencia real. Tampoco necesitan pretender pudor democrático porque desde aquellas protestas que iniciaron en abril de 2018, donde murieron 328 personas, las caretas se han caído. La pareja presidencial, en su ejercicio pleno del absolutismo, ha decidido sumergirse en la ilegitimidad nacional e internacional que trae consigo la elección figurada de este domingo.

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Aunque los Ortega-Murillo traten de disimular unos comicios que la oposición perseguida cataloga de “circo y farsa”, Nicaragua se encamina a una profundización de la crisis sociopolítica. El futuro no es promisorio. Viene más represión política, migración forzada (ya en crecimiento hacia Estados Unidos), una economía en declive y la perpetuación de una pareja que no tiene motivos para dejar el poder y que, para mantenerlo, no duda en usar la cárcel y la violencia bruta.

Sin embargo, por muy bien montada que esté la puesta en escena la noche de este domingo, a la pareja presidencial le será imposible esconder tanta abyección política y humana con presos políticos —incluidos los precandidatos opositores— sometidos a torturas y desnutrición en la cárcel. Sin duda, los Ortega-Murillo nunca han tenido una victoria tan pírrica como la de este domingo.

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