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Opinión La reunión trilateral pinta para ser todo menos simbólica

Foto de archivo del 5 de marzo de 2012 de la reunión entre el entonces vicepresidente estadounidense, Joe Biden, con el entonces candidato presidencial mexicano Andrés Manuel López Obrador, en Ciudad de México. (AP Photo/Alexandre Meneghini, File)
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Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

Ha transcurrido un lustro desde que se celebró la última reunión de “Los tres amigos”, como solía llamarse al encuentro frecuente entre el primer ministro de Canadá y los presidentes de Estados Unidos y México.

El expresidente estadounidense Donald Trump fue quien suspendió estas citas anuales, que iniciaron en 2005, porque su gobierno prefirió priorizar las relaciones bilaterales. Pero la semana pasada las tres administraciones que conforman el bloque norteamericano anunciaron la reanudación de esta práctica que en ocasiones anteriores ayudó a profundizar la cooperación y a resolver los desacuerdos.

La expectativa sobre la agenda de temas es tan grande que los tres gobiernos están obligados a jerarquizar las preocupaciones. Tony Payán, especialista en las relaciones México-Estados Unidos, profetizó que se tratará de una reunión meramente simbólica. Sin embargo, los líderes de las tres naciones han adelantado que no están dispuestos a desperdiciar la oportunidad.

Por ejemplo, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, declaró que tenía confianza en que la reunión se traduciría en acciones puntuales porque ninguno de los tres dignatarios tiene tiempo que perder.

El mandatario estadounidense, Joe Biden, y el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, han compartido mensajes similares. “Los tres amigos” coinciden en los grandes expedientes: migración, desarrollo, integración y recuperación económica, cambio climático, COVID-19 y seguridad.

Pero lo que verdaderamente pondrá a prueba la amistad son las diferentes propuestas que hay dentro cada uno de esos temas. Entre ellos destaca la iniciativa que el presidente mexicano llevará a la reunión —según advirtió— como un as bajo la manga: para ordenar la migración ilegal, propondrá resucitar el programa Bracero, que funcionó entre los años 40 y 60, y que consistía en entregar visas temporales de trabajo para los migrantes mexicanos.

La idea sería que, esta vez, Estados Unidos acepte entre 600,000 y 800,000 personas trabajadoras, provenientes de México y América Central, como invitadas temporales a participar en las acciones que el gobierno federal está emprendiendo para la recuperación económica.

Esta propuesta presenta como problema obvio la tensión que generaría sobre el ánimo antimexicano imperante en una parte amplia del electorado estadounidense. ¿Cómo convencer a las personas contribuyentes de ese país de apoyar tal iniciativa si sus impuestos pudieran terminar sirviendo para incrementar la presencia extranjera en su territorio?

Es cierto que la iniciativa del presidente mexicano ayudaría a la regulación del fenómeno migratorio, pero este argumento no sirve para contrarrestar la xenofobia que llevó a Trump a la Casa Blanca y que aún continúa vigente entre la población estadounidense.

Otro tema que también podría tensar las conversaciones es la iniciativa del presidente Biden para ofrecer deducciones fiscales por 7,500 dólares a las personas que adquieran vehículos eléctricos. No goza de simpatía entre las autoridades canadienses y mexicanas, ya que las plantas armadoras de este tipo de vehículos se encuentran mayoritariamente en Estados Unidos.

En el mismo rumbo está la convicción de los gobiernos estadounidense y de Canadá a favor de las energías limpias, la cual contrasta con la visión del gobierno mexicano, que decidió desincentivar inversiones, tanto privadas como públicas, en la generación eólica y fotovoltaica. Por más que el gobierno mexicano haya hecho esfuerzos para dejar fuera de la agenda de discusiones el tema del cambio climático, será muy difícil para Canadá o Estados Unidos guardar silencio al respecto.

Entre las autoridades de los tres países habrá fricción por la interpretación de los párrafos del T-MEC donde se fijaron las reglas de origen para la industria automotriz que obligan a que las partes de los vehículos sean fabricadas, en su mayoría, en alguno de los tres países.

Mientras Canadá y México coinciden en su respectiva interpretación, Estados Unidos abraza una lógica mucho más rígida que ha puesto en jaque a este sector. Se suma como problema que buena parte de los superconductores utilizados en la industria manufacturera de exportación provengan de Asia; y también que la logística de transporte marítimo de estos componentes haya sido interrumpida desde que estalló la pandemia de COVID-19.

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Otro asunto álgido será la demanda presentada ante los tribunales del país vecino por el gobierno mexicano en contra de ciertas prácticas comerciales negligentes e ilegales cometidas por empresas estadounidenses.

Este mosaico de asuntos conflictivos impedirá que la reunión entre los tres líderes políticos vaya a ser de carácter meramente simbólico. Todo lo contrario: sugiere que las acciones propuestas para enfrentar los distintos dilemas vayan a tensionar la conversación. Las agendas de migración, integración comercial y cambio climático incluyen varios asuntos explosivos que, de no abordarse con serenidad política, podrían poner en riesgo, por otros cinco años, la ocurrencia de las reuniones trilaterales.

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