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Opinión Hablar de ‘polarización’ para describir lo que ocurre en América Latina oscurece más de lo que aclara

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez habla durante la inauguración de la edición 35 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), en Guadalajara, México, el 27 de noviembre de 2021. (Francisco Guasco/EPA-EFE/Shutterstock)
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Ernesto Semán es profesor de historia en la Universidad de Bergen, Noruega. Su último libro es ‘Breve historia del antipopulismo’ (Siglo XXI editores).

Que América Latina se debatía entre “civilización y barbarie” fue una idea del argentino Domingo Faustino Sarmiento a mediados del siglo XIX. Imaginaba que el estado liberal sería el vehículo civilizatorio para una región moderna. 70 años después, Rosa Luxemburgo postuló el dilema que enfrentaba el mundo: “Socialismo o Barbarie”.

En este año que se va, con un millón y medio de muertos acumulados durante la pandemia y un tendal económico y social devastador, América Latina ofrece al mundo una forma del optimismo, desesperada y mínima, pero no por eso menos vital: “O Barbarie”.

La recuperación de las mejores experiencias igualitarias de las sociedades latinoamericanas o la férrea (y no tan novedosa) alianza de autoritarismo y mercado.

Gabriel Boric en Chile, Lula en Brasil, Xiomara Castro en Honduras o Pedro Castillo en Perú; procesos inciertos que se volcarán hacia 2022. El futuro de América Latina pende de un frágil hilo de seda, bordado alrededor de procesos disímiles pero que, en cada circunstancia específica, son la última barricada antes del abismo.

Una de las pocas certezas que sobrevivió el comienzo de la pandemia es la que compartíamos muchos en América Latina de que, como escribí en Panamá Revista, “entre las cosas que nos vamos a llevar al otro lado, están la desigualdad y las historias que nos contamos para explicarla”. El reporte 2022 sobre la desigualdad mundial elaborado por Lucas Chancel y Thomas Pikkety lo confirma: la región sigue siendo una de las más desiguales del mundo.

Pero ni la desigualdad ni las formas autoritarias que la fomentaron nacieron con el COVID-19. El imperio de Jair Bolsonaro en Brasil empezó a tomar forma con el golpe de Estado que removió a Dilma Rousseff en 2016; Castro llega a poner fin a la dictadura que se inició en Honduras en 2009 con el golpe contra su marido, Manuel Zelaya; Boric pelea la presidencia de Chile al frente de un movimiento que nació en las revueltas de octubre de 2019; Castillo llegó a la presidencia en Perú enfrentando a la familia Fujimori.

Ni el COVID-19 ni sus consecuencias devastadoras estaban en el horizonte cuando las ultraderechas les daban forma a sus visiones de la sociedad. Las fuerzas embanderadas en el liberalismo parecían más preocupadas con las demandas por igualdad de los líderes populistas y de izquierda que por las respuestas que generaban. Fue el gobierno estadounidense de Barack Obama el que legitimó las autoridades ilegítimas en Honduras y Brasil. Fue el escritor Mario Vargas Llosa —que en su Perú natal apoyó a la candidata presidencial Keiko Fujimori—, quien pocos meses antes de que Chile estallara por los aires dijo que “basta aterrizar en el aeropuerto de Santiago para saber que uno no está en América Latina, sino en un país del primer mundo”.

Hablar de “polarización” para describir lo que ocurre hoy en América Latina oscurece más de lo que aclara. En realidad, la radicalización de los argumentos clásicos de la derecha choca contra coaliciones progresistas que han tendido más a moderarse que a radicalizarse. Ponen énfasis en la expansión de derechos y en una idea de libertad atada a proyectos colectivos igualitarios.

Es el contrapeso al desamparo en este año desolador. En Argentina, el grupo Les Jóvenes produjo el documental Qué queremos hacer, un registro de cómo viven la pandemia los jóvenes como parte de una experiencia mayor. “No somos la previa a la adultez ni el after de la infancia,” dice una de las entrevistadas, y agrega: “La potencia que tenemos es dejar de preguntarnos por los límites y pensar las condiciones de posibilidad.” Es una buena descripción del clima social del que emergen estas opciones políticas.

Vistas así, se trata de un punto de partida similar y distinto al de las izquierdas de décadas atrás, que hoy sucumben en una pesadilla. Una pregunta sobrevuela Adiós Muchachos, la extraordinaria memoria de Sergio Ramírez sobre sus años en el Frente Sandinista en Nicaragua: ¿Las cosas hubieran salido como salieron si no hubiera habido guerra, si una campaña de sabotaje organizada por la primera potencia del mundo no hubiera arrinconado los deseos democráticos más vivaces, realzando los reflejos que dispararon la carrera autocrática de Ortega? Barbara Weinstein, ahora profesora de historia en NYU, solía empezar en la década de 1980 sus clases sobre Nicaragua enfatizando que “el país señalado por Estados Unidos como la amenaza más peligrosa contra el hemisferio occidental tiene cuatro ascensores que funcionan”. ¿Cuál era esa amenaza entonces? ¿Que el sandinismo fuera lo que podía ser y no lo que terminó siendo?

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Fidel Castro había sido el primero en advertir que Nicaragua no debía ser Cuba, que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) podía asociarse a una experiencia de democracia socialista de masas. Y con la misma claridad, también advirtió que hacer ese experimento en medio de una guerra civil era la receta segura para fracasar.

Pero el devenir atroz de Cuba y Nicaragua en el 2021, el descalabro de la economía cubana y el marcado esfuerzo del orteguismo por reprimir una agenda progresista dentro o fuera del sandinismo, son el corolario gris de aquellos tiempos. El gobierno de Cuba enfrentó las masivas protestas de julio con una represión que hasta hoy resultó tan efectiva como autoritaria. Ortega ganó sus propias elecciones después de ordenar el arresto de buena parte de sus rivales, acentuando una similitud con el régimen de Anastasio Somoza que ayudó a derribar en 1979. Pero las fuerzas que se le oponen exhiben obcecadamente la presencia de fuerzas que buscan rescatar un legado progresista. Figuras como Yunior García en Cuba o el mismo Ramírez en Nicaragua están lejos del estereotipo anticomunista forjado durante la guerra fría. Sus miradas de la sociedad muchas veces parecen más conectadas con aquel hilo de seda latinoamericano que con las fuerzas que lo enfrentan. Ahí, también, hay esperanza contra la barbarie.

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