Ian Ayres es profesore y vicedecane de la Facultad de Derecho de Yale. El pronombre que utiliza es “elle”.

A partir del inicio del nuevo año escolar este otoño, comenzaré a adoptar una nueva práctica. Ya es común que mis colegas en la universidad y yo les pidamos al alumnado que nos digan cuales son sus pronombres, de preferencia al comienzo del semestre. En estos esfuerzos por tener consideración hacia la forma en que las personas eligen ser descritas, no se le presta suficiente atención a las circunstancias en las que lo más apropiado es no especificar el género en absoluto. Nunca, de forma intencional, identificaría erróneamente el género de otra persona, pero desafortunadamente corro el riesgo de hacerlo hasta que sepa los pronombres de esa persona. Es por eso que, cuando comience el nuevo año escolar, trataré de referirme en principio a todas las personas como “elle/elles”.

Al hacerlo, estaré empleando una “norma dispositiva”, un concepto cuya importancia he estudiado durante mi carrera como profesor de derecho. Una norma dispositiva llena los vacíos en una relación legal, pues establece una condición que se mantiene de forma general hasta que se acuerda un valor específico. En el derecho contractual, por ejemplo, si un acuerdo no menciona el precio, los tribunales llenarán el vacío con un precio razonable. En el caso de los trasplantes de órganos, algunos países asumen por norma dispositiva que las personas quieren donar sus órganos; otros, como Estados Unidos, asumen que no es así.

Ya he adoptado varias normas dispositivas en mis clases. Por ejemplo, a veces cambio lo que significa que estudiantes levanten la mano cuando hago una pregunta. Le digo a la clase: “Levantar la mano significa que no quieres responder la pregunta”. Me he dado cuenta de que participan más personas tímidas cuando asumo como norma dispositiva que todo el mundo quiere hablar.

En el caso de la identidad personal, prefiero los pronombres predeterminados que no asumen el género de los demás. En lugar de asumir la identidad de género de alguien en función de cómo se ve, viste o actúa, es más apropiado referirse a esas personas como “elle/elles” hasta tener más información. Y siempre que sea posible, es importante crear oportunidades lo más pronto para aprender sus pronombres elegidos. Esto se ha convertido en una práctica estándar en entornos académicos y de otro tipo.

Comenzar las interacciones con el valor predeterminado inclusivo “elle/elles” tiene menos probabilidades de ofender que utilizar estereotipos perjudiciales para adivinar los pronombres de alguien. En la escuela primaria, se le recomendó a uno de mis hijos que adoptara una estrategia similar para dirigirse a las maestras como “profesora” hasta que la maestra dijera si prefería “señorita” o “señora”. La no identificación es una norma dispositiva mucho menos costosa que la identificación errónea.

Algunas personas insisten en lo complicado que es realizar este tipo de cambio lingüístico. Sin embargo, adoptar de forma generalizada el “elle” puede en realidad reducir la carga cognitiva de un hablante. Hace años, mis padres me dijeron que no les gustaba eso de “señora” o “señorita” porque al usarlo tenían que asumir si una mujer estaba casada o no. Llamar a las personas “elles” como norma dispositiva libera al hablante de tener que adivinar el género de alguien. Pero lo más importante es que tiene la ventaja de reducir las suposiciones asociadas con el género que podrían generar los oyentes. Tiene además el beneficio crucial de dirigirse de manera más respetuosa a las personas con identidades no binarias. Así como los baños para todos los géneros facilitan la vida de las personas transgénero, el uso del “elle/elles” como norma dispositiva hasta que se indique lo contrario, afirma el espacio lingüístico en el aula para las personas que no se identifican exclusivamente como hombres o mujeres.

De forma intencional, nunca identificarías erróneamente la identidad racial de alguien, y la mayoría de las personas cumplen la norma periodística de “incluir detalles raciales o de país solo cuando son claramente relevantes para la historia”. De manera similar, un hablante debe evitar identificar de forma errónea el género, y también debería tener una capacidad predeterminada limitada para no mencionar el género al describir a los demás. Yo sugeriría que si eliges “él” o “ella” como pronombre personal, consideres adoptar “él/elle” y “ella/elle”, porque eso le daría a los demás la libertad de no especificar tu género al referirse a ti.

Sin duda, el uso del “elle” podría confundir a estudiantes que tienen la costumbre de que se refieran a ellos utilizando solo “él” o “ella”. Pero esta ambigüedad se puede resolver con facilidad si los profesores explican que hemos adoptado el “elle” como norma dispositiva y se genera un espacio lo más rápido posible para que los estudiantes compartan sus pronombres. En mi opinión, los beneficios de evitar suposiciones de género en las conversaciones superan las confusiones ocasionales.

Me preocupo profundamente por mis estudiantes y todavía les solicitaré, aprenderé y utilizaré sus pronombres escogidos. Pero este año, al comenzar con “elle” como pronombre predeterminado, espero enseñarles a mis estudiantes la importancia de las normas dispositivas y a la vez, una mejor manera de evitar identificar erróneamente el género de las demás personas.