Una mujer y un hombre le hablan al mar a media mañana del último día del 2021. Han bajado el muro del malecón de La Habana y desde los arrecifes dicen frases en yoruba. Están vestidos de blanco y tienen tapadas sus cabezas con pañuelos. El hombre está arrodillado: con su mano izquierda hace sonar una maraca azul mientras la derecha la levanta al cielo. La mujer introduce y saca sus manos del agua en un mismo acto, que repite varias veces, con los ojos cerrados mientras balbucea. Estoy encima del muro y desde allí solo alcanzo a distinguir la palabra “ayúdanos”. A unos metros de mí, un pescador también observa la escena mientras le quita con un cuchillo las escamas a un pescado. A nuestras espaldas, en la Avenida de los presidentes, un cartel dice con letras en rojo: “Año 64 de la Revolución”.

A las 12:00 de la noche, 21 salvas de artillerías remueven la ciudad con su estruendo. Los cañonazos significan que el primer día del año ha llegado y, en Cuba, este día tiene el valor añadido de ser también el aniversario del castrismo: un régimen dictatorial entrado en la tercera edad que sigue, a esta altura de su vida, disfrazado de revolucionario. Los estallidos desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña no pueden ser más inoportunos: se sienten como globos de colores y serpentinas colocados en una funeraria. Hoy en Cuba no hay absolutamente nada que celebrar. La isla pocas veces ha estado más triste y más desvencijada que ahora.

El país se siente como si hubiera culminado en sus entrañas una guerra civil y se adentrara ahora en la posguerra, o como si estuviese en los días posteriores al paso de un huracán que arrasó con todo el territorio nacional. Esa sensación de destrozo viene de lo vivido en 2021, un año en el cual, además de estar sumidos en una pandemia, el régimen volvió la cotidianidad de la isla un suplicio.

Por un lado, la imperiosa obligatoriedad de reformar el ineficiente sistema económico, hizo que el presidente Miguel Díaz-Canel dictara la “Tarea ordenamiento”. Su implementación provocó un resultado contrario al que buscaba: una inflación de 60% en los precios minoristas de los comercios y de 6,900% en el mercado informal. Esta situación se unió a una caída de 13% del Producto Interno Bruto entre 2020 y 2021. Esta combinación de factores económicos negativos, más la devaluación de la moneda nacional, el desabastecimiento de las tiendas y las farmacias, han hecho que los cubanos tengan que pasar una verdadera odisea todos los días para llevar un plato de comida a la mesa y para medicarse.

Durante las fiestas de fin de año, por ejemplo, muchas de las casas en el país no sirvieron cerdo, el plato clásico de las festividades en Cuba, porque no había ni dónde ni cómo comprarlo. Conozco un solo amigo que sí logró tener cerdo en su casa para esperar el año: lo tenía congelado en su refrigerador desde hacía siete meses.

Es por ello que, a lo largo del año pasado, dada la grave situación de falta de alimentos y medicamentos, el exilio cubano tuvo que disponerse a ayudar a sus coterráneos, enviando hacia la isla toneladas de medicamentos y comida por vías alternativas a las del régimen.

Además de la escasez y la precariedad de la vida, los cubanos tuvieron que convivir en 2021 con la furia desmedida del castrismo, que se sintió en pánico al ver tanta inconformidad ciudadana declarada. La respuesta del régimen a las ansias de cambio de los cubanos fue colocar la varilla de la represión en un nivel nunca antes visto.

De no ser por las más de 6,380 acciones represivas durante el año —según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos— y por los 955 presos políticos en estos 12 meses —según Prisoners Defenders—, el país se le hubiese escurrido de las manos.

La semana de la Navidad en Cuba transcurrió mientras cientos de ciudadanos eran sancionados a largas condenas de cárcel por haber salido a la calle en las protestas populares de julio a ejercer su derecho de manifestarse. Los juicios fueron un guiño déspota del castrismo para seguir imponiendo el terror y demostrar de lo que es capaz de ejecutar si está en juego su status quo.

Un gesto cargado de simbolismo ejemplarizante dirigido a la sociedad civil disidente y que enterró las pocas ganas, si quedaban algunas, de celebrar el fin del año en un país marchito. De todos modos, es imposible que exista la felicidad en una nación donde es más fácil estar preso que sentarse a la mesa a comer un plato de comida.