Nicko Nogués es activista empresarial y defensor de los derechos humanos y medioambientales. Es fundador del Instituto para el Desarrollo de Masculinidades Anti Hegemónicas.

El machismo —ese conjunto de ideas, acciones, actitudes, narrativas y normas que señalan la superioridad del hombre sobre la mujer— vive en nuestra sociedad y perpetua múltiples violencias y desigualdades. Todas las personas podemos tener conductas machistas, independientemente de nuestro género, identidad u orientación sexual. No obstante, los hombres protagonizamos la mayor parte de las violencias.

El machismo también nos afecta como hombres y por eso, en lugar de sentirnos ofendidos cuando se habla de estos temas, es hora de mirarlos de frente para aprender a identificar esas conductas en nosotros mismos y entender el impacto que tienen en nuestras relaciones y contextos.

Para ello, es imprescindible que asumamos nuestra responsabilidad y generemos entre nosotros espacios de reflexión, diálogo y cuestionamiento donde abordemos estos temas incómodos.

Si eres hombre tal vez te sientas sorprendido o incluso molesto con esa necesidad. Puede ser que pienses que actualmente “ya no se puede ser hombre” porque "ya todo es machista”. Pero las violencias machistas siempre han existido, solo que antes estaban tan normalizadas que pasaban por invisibles. Hoy las vemos porque hay más movimientos, herramientas y estudios para su análisis.

Hay que reacomodar esa sensación de “ataque personal” que, como hombres, podemos sentir cuando se abordan estos temas. Al profundizar en ella, veremos que los hombres no solo somos los principales accionadores de estas violencias, sino también los principales receptores.

Por ejemplo, a nivel global, se estima que al menos 90% de todos los homicidios registrados en el mundo son cometidos por hombres. Las víctimas de esos homicidios también son mayoritariamente varones, en una proporción de 80 a 20 respecto a las mujeres. Es decir, hombres matando a otros hombres.

Los patrones de conducta machista como no pedir ayuda, pensar que la depresión es un signo de debilidad o de falta de hombría, o el miedo a perder el trabajo, interfieren en nuestra cotidianidad y salud mental. En México, casi 15 millones de hombres han experimentado depresión y 92% de la población carcelaria es masculina; a nivel global es 93%.

Este machismo, por supuesto, afecta más a las mujeres: en el país, seis de cada 10 mujeres han sufrido un incidente de violencia y cuatro alguna forma de violencia sexual. Se estima que 99.6% de esos delitos sexuales son cometidos por hombres.

Estos datos no sugieren que todos los hombres, por el simple hecho de ser hombres, seamos homicidas, violadores o violentadores, pero sí ponen de manifiesto que formamos parte de un patrón estadístico que tiende a conectar lo que entendemos por masculinidad con la agresión, el dominio y el abuso de la fuerza. Y que se sigue viendo a lo femenino como algo a poseer y a cosificar.

El problema no es ser hombre, pero sí cómo seguimos entendiendo la masculinidad en una cultura donde se asocia a comportamientos de control, exceso de autoridad y fuerza, analfabetismo emocional y la tendencia a abusar de todo aquello que no encaja con el patrón imperante, lo cual nos afecta a mujeres, hombres y demás personas.

Para entender mejor cómo funciona esto en nuestro día a día, basta con que le preguntemos a otros hombres —o mejor aún, a nosotros mismos— cuándo fue la última vez que contaron un chiste sexista o hicieron un comentario homofóbico, o lo escucharon y —aunque ya no haga gracia— prefirieron quedarse callados.

Algunas otras preguntas sobre lo que hacemos respecto a nosotros mismos y las mujeres: ¿cuándo fue la última vez que le dijiste a una mujer “cuidado con cómo vas vestida”, porque pensaste que quizá algún otro hombre pudiese propasarse con ella? ¿Compartes el concepto de friendzone, o que hombres y mujeres no pueden ser amigos porque ellas solo funcionan como conquistas? ¿Has tenido relaciones íntimas sin tener ganas porque los hombres ‘siempre tenemos ganas de sexo’? ¿Mides tu hombría en función de tus conquistas sexuales?

Y otras sobre nuestras emociones y acciones: ¿has competido por tomar más que tus amigos? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste de tus emociones abiertamente con alguien? ¿Pides ayuda cuando lo necesitas o buscas resolverlo tú solo? ¿Alguna vez hablaste con tu padre de temas íntimos, dudas sexuales, emociones, miedos o inseguridades? ¿Alguna vez has ido a terapia? ¿Cuándo fue la última vez que te hiciste una revisión médica simplemente por cuidarte?

Aunque puede que la pregunta definitiva, la más incómoda, no sea si somos machistas o no, sino qué tan machistas somos. Cuestionarnos, poner el foco en nosotros y nuestras conductas es la forma más directa de dimensionar en nuestra vida diaria la problemática machista y por qué debemos combatirla.

Eso será mucho más beneficioso que seguir cuestionando o criticando la forma en la que las mujeres están actuando ante nuestro machismo. Porque, nos guste o no, ellas llevan más de 250 años y cuatro olas de feminismos cuestionado la cultura machista en la que vivimos, proponiendo alternativas, y haciendo lo que consideran necesario para combatirla.

Por eso es hora de que nosotros, en pleno siglo XXI, empecemos desde nuestras propias masculinidades a ocuparnos de lo que nos toca. Tal vez a partir de allí podamos colaborar de forma conjunta todas las personas para dejar atrás el machismo.

Aún queda un largo e incómodo camino por recorrer, que pasa necesariamente por dejar de sentirnos ofendidos cuando se habla de machismo. En todo caso, hay que empezar a sentirnos ofendidos con el machismo y la cultura machista que confunde el ser hombre con ser macho, algo que nos urge resignificar hasta que nos demos cuenta de que existen tantas formas de ser hombre como hombres existimos en el mundo.