Wilfredo Miranda Aburto es periodista nicaragüense. Es cofundador de ‘Divergentes’ y colaborador en ‘El País’ y ‘The Guardian’.

En América Latina, excepto por Bolivia, Cuba y Venezuela (las últimas dos consideradas dictaduras desde hace mucho), solo el gobierno de México mantiene una seria dicotomía con la autocracia de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. El mejor ejemplo de ello lo dio el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en su mañanera este 10 de enero, cuando contradijo públicamente a su cancillería y anunció que al final enviaría a Managua a un representante a la toma de posesión de la pareja presidencial acusada de cometer crímenes de lesa humanidad.

El espaldarazo de la democracia mexicana (considerada la hermana mayor de las maltrechas centroamericanas) al régimen sandinista es vergonzoso y expone el hemisferio jurásico de la ideología de AMLO, bajo cuyas creencias solapadas con la doctrina Estrada se unirá la tarde de este lunes en la vieja Plaza de la Revolución a un escenario desolado y repudiado por la mayoría de las democracias del mundo. Ramiro Ayala, jefe de la cancillería en la embajada de México en Nicaragua, será el enviado del mandatario azteca, luego de que la Secretaría de Relaciones Exteriores de ese país cancelara la presencia oficial, por medio de su titular Marcelo Ebrard, en Managua.

Lo llamativo no es que Ayala no sea un alto funcionario como Ebrard, sino esa necesidad yerma de AMLO para con México de cumplir con esos viejos códigos de la izquierda. “Tenemos buenas relaciones con todos y no queremos ser imprudentes”, justificó, en un momento en que no tomar parte de esta investidura deja claro qué presidentes tienen un compromiso real con los derechos humanos universales.

Ortega y Murillo tomarán protesta en medio de un hondo aislamiento internacional. Se autoimpondrán una banda presidencial después de masacrar a 355 personas en las protestas de 2018, y de encarcelar a todos sus opositores para participar en unas elecciones sin competencia que no pusieron en riesgo la perpetuación en el poder.

Lo que sucede en Nicaragua es atroz y es inconcebible que un presidente como AMLO sucumba a viejos romanticismos revolucionarios para no condenar sin ambages, por ejemplo, las torturas que sufren los presos políticos en Nicaragua, de acuerdo con denuncias de sus familiares. 36 de los 170 reos de conciencia están encerrados en El Chipote, prisión que es piedra angular del régimen familiar de los Ortega-Murillo. Los principales líderes opositores son interrogados sin descanso, están encerrados en celdas de aislamiento; a unas los dientes se les caen por la comida dura que le dan los carceleros. No les permiten el paso de alimentos y la desnutrición (de hasta 40 kilos) es la norma. 12 de los 36 encerrados en El Chipote son adultos de la tercera edad —como AMLO— y también los que más alarman: sus enfermedades preexistentes y crónicas se han descontrolado ante la falta de atención médica. Quizás al presidente mexicano le suenen los nombre de algunos de ellos, por citar a quienes compartieron su ideología: los exguerrilleros históricos de la revolución sandinista como Dora María Téllez, Víctor Hugo Tinoco y el general en retiro Hugo Torres, de 73 años, quien fue conducido a mediados de diciembre de El Chipote a un hospital de Managua “en una condición delicada de salud”.

La ambivalencia de AMLO con un régimen que persigue y dispara a matar se inmiscuye en esa izquierda que se niega a ser fósil y es incapaz de desmarcarse de la barbarie. Pero mandatarios como el presidente electo de Chile, Gabriel Boric, son prueba de que puede existir una izquierda latinoamericana moderna; una izquierda libre de esas justificaciones vergonzantes y que enarbola como estandarte la defensa de los derechos humanos. Esto no solo es político, se trata de las centenares de vidas y familias que la represión Ortega-Murillo ha quebrado en Nicaragua. Ya no se vale el verso de Cortázar de una Nicaragua violentamente dulce, porque la violencia que hemos vivido desde 2018 no tiene nada de dulce.

Esta tarde, cerca del oleaje del lago Xolotlán picado por el viento que baja del volcán Momotombo, en la vieja plaza de la Revolución Sandinista (desde hace mucho tiempo una plaza con un significado mancillado), Ortega y Murillo llegarán en sus Mercedes Benz blindados a autoinvestirse bajo el aplauso ensayado de su séquito y sus familiares. Seguramente, ambos despotricarán contra los presos políticos y los llamarán “apátridas”, el nuevo señalamiento de moda, y usarán esa retórica que AMLO gusta comprar: que las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea este 10 de enero son agresiones yanquis, imperialistas, colonialistas… que han sido víctimas de “intento de golpe de Estado”. En la tarima enflorada estarán también, como siempre, aquellos dinosaurios de Monterroso que al despertar siempre están allí: los mandatarios de Cuba y Venezuela. La novedad quizás será Cao Jianming, enviado especial de la República Popular China y vicepresidente del Comité Permanente de la Asamblea Nacional Popular. Jianming es el único aliado de peso que la pareja puede presumir para disimular el aislamiento, tras romper relaciones con Taiwán y dar por finalizado un ordeño sostenido de 15 años, que culminó con el robo del edificio en el que funcionaba la embajada de la isla rebelde en Managua.

Esta tarde será la cuarta vez consecutiva que Ortega se coloque la banda presidencial y su esposa la segunda. Han roto cualquier límite ético, moral y humano por permanecer en el poder. Se quedan porque se quedan, parafraseando el estribillo de una de sus canciones de propaganda. Se quedan después de comandar crímenes de lesa humanidad en 2018 y de haber apresado a todo aquel que critique su autocracia. Pero esa banda presidencial, que aúna a este matrimonio adicto al poder total, está salpicada de sangre.

Si bien con aislamiento internacional podrán seguir gobernando y reprimiendo en Nicaragua, mientras aprovechan las ambivalencias para seguir consiguiendo financiamiento de multilaterales, la ilegitimidad en la que su gobierno cae hoy viene aparejada de soledad. Solo algunos incautos se prestan para acompañar a los patriarcas de El Carmen (residencial oficial y familiar) a empezar su otoño, ahora más solos que nunca.