El pasado 9 de enero, cuando se repitieron elecciones en el estado de Barinas, en Venezuela, Sergio Garrido, un modesto dirigente local logró conseguir más de 14 puntos de ventaja ante Jorge Arreza, un contrincante que se ha desempeñado como canciller, vicepresidente y ministro del régimen, además de ser padre de uno de los nietos del expresidente Hugo Chávez y contar con todos los recursos oficiales, como quedó evidenciado en su breve campaña.

¿Cómo interpretar la victoria del opositor Garrido en el estado natal de Chávez, que fue manejado por dos décadas por el clan familiar del fallecido mandatario? Barinas se ha convertido en una suerte de símbolo y caso de estudio del cual varios buscan extraer lecciones sobre qué puede funcionar y qué no en el camino hacia lograr un cambio político en Venezuela. Pero este hecho, sumado a los resultados del proceso general del 21 de noviembre de 2021, puede arrojar distintas lecturas. Una de ellas es la rebelión de los electores contra los polos dominantes.

El politólogo Héctor Briceño sostiene, con análisis numérico, que en el país se puede pensar en una doble rebelión: “El PSUV [Partido Socialista Unido de Venezuela] y sus aliados del GPPSB [Gran Polo Patriótico Simón Bolívar] disminuyeron el caudal de votos en lugares en los que antes dominaban casi sin competencia, pero también aumentaron su votación en antiguos bastiones opositores: las grandes ciudades, donde la división opositora y la abstención fue decisiva. Así, la gran fortaleza chavista, su desproporcionada votación en pueblos pequeños, cuya sumatoria les otorgaba una ventaja importante en elecciones nacionales, se vio en esta elección claramente disminuida, mientras irónicamente, crecieron en circuitos de tradicional dominio opositor. Allá votaron más para castigar al chavismo, aquí votaron menos para castigar a la oposición”, afirmó en un artículo para la revista Democratización.

A Briceño también le llama atención que la mayor cantidad de votos obtenidos por distintos factores de la oposición provenga de estados rurales venezolanos, cuando el comportamiento tradicional era urbano. Tal vez Barinas, una entidad ubicada en la región llanera, sea una muestra de este fenómeno.

Aquel 21 de noviembre, durante el macroproceso electoral venezolano, Freddy Superlano, un representante del Partido Voluntad Popular, afín al abstencionismo, ganaba la gobernación con una diferencia de 0.36 puntos frente al aspirante a repetir, el entonces gobernador Argenis Chávez, hermano menor de Hugo.

El Tribunal Supremo de Justicia suspendió la totalización de votos, aludiendo a una inhabilitación previa de Superlano, y convocó a un nuevo proceso. La Contraloría inhabilitó a los candidatos emergentes, el chavismo bloqueó a sus propios aliados y una vez asumida la candidatura de Arreza, usaron todas las ventajas del poder en una campaña dispareja y sin ningún prurito.

Las preguntas rondan en la cabeza de varios dirigentes opositores, que aún intentan dilucidar las próximas acciones para ser más eficaces. Sucede lo mismo con los dirigentes del chavismo —incluyendo al perdedor Arreaza— que recibieron con este resultado la confirmación de que hay algo que los ha desconectado con la realidad de millones de venezolanos.

Garrido era, hasta diciembre, un dirigente regional del partido socialdemócrata Acción Democrática. Se hizo con la candidatura a gobernador luego de una serie de inhabilitaciones a candidatos.

Una de las claves del triunfo opositor fue que Superlano y Garrido tejieron alianzas y lograron concitar más respaldos de otros excandidatos. Otra de ellas parece ser el descontento interno del propio chavismo.

Antes de esta elección, muchos aún discutían los resultados de las regionales del 21 de noviembre. Si bien las oposiciones lograron ganar cuatro de las 23 gobernaciones en disputa (incluyendo Barinas) solo repitieron en el estado insular de Nueva Esparta. Hubo también algunas sorpresas: el chavismo ganó 212 de las 335 alcaldías, mientras que el no chavismo obtuvo el resto distribuidos así: Mesa de la Unidad, 63; Alianza Democrática, 38; y otros partidos, 22.

En 2017, el PSUV y sus aliados se alzaron con 309 alcaldías. En noviembre de 2021, en el caso del estado Barinas, siete de los 12 gobiernos municipales pasaron a manos de opositores. Además, en cinco de los que ganó el chavismo, la victoria estuvo más asociada a la fragmentación de la oposición, que a las simpatías por el PSUV y aliados.

De acuerdo con declaraciones al medio Crónica Uno, para la consultora política Carmen Beatriz Fernández este estado es la maqueta electoral de lo que podría ocurrir en el país, tanto para la oposición como para el oficialismo. Y es que, por una parte, hay factores que indican el gran descontento de una población con el deterioro de su calidad de vida y el abuso del tradicional ventajismo estructural del gobierno chavista; pero, por otro lado, le sirvió a Maduro de experimento. Para el chavismo gobernante era una cuestión de honor no perder esa plaza, que, aunque no entra entre las regiones con mayor cantidad de electores, tiene todo el simbolismo descrito. No obstante —y esa es otra de las lecciones que se extraen— la oposición radical evitó el boicot electoral. En contraste, Arreaza declaró la necesidad de reencontrarse con el chavismo.

Hay otros factores que creo prudente traer a colación. Tres de los gobernadores de oposición son de la generación de la vieja política, los cuatro son hechura del tradicional partido Acción Democrática, mientras que, al contrario, el PSUV y sus aliados están mostrando una generación de relevo y una generación intermedia.

¿Podrían los resultados del 21 de noviembre también estar mostrando que el experimento de los partidos jóvenes opositores, que nacieron con la era chavista, está reclamando un cambio?

En Venezuela, da la impresión de que luego de 22 años en una suerte de guerra de baja intensidad, con el peor periodo desde 2016, cuando se agudizó el hambre en el país y las condiciones de vida precaria impulsaron la mayor migración de personas en la región, hay un movimiento que busca un equilibrio. Lo pude ver recientemente en el terreno.

En lo económico, los venezolanos han obligado al gobierno de Maduro a una dolarización de facto. Muchos buscan la manera no de sobrevivir sino de reconfigurar el sistema. Algo similar parece estar ocurriendo en lo político-electoral. Podrían crearse posibilidades de romper con la inercia anterior, con ese ir hacia la nada que caracterizó al país en los últimos años y construir nuevos espacios.