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Opinión De cómo el brillante André Leon Talley fue marginado

La autora, Karen Attiah, se toma una 'selfie' con André Leon Talley en 2018. (Karen Attiah/TWP)

Solo espero que André Leon Talley —el único director creativo negro de Vogue, quien falleció esta semana a la edad de 73 años— haya sabido cuánto lo amamos las personas corrientes.

Como alguien que ha leído Vogue y otras publicaciones de moda por años, estaba familiarizada con el porte y personalidad desbordante de Talley, así como de sus títulos en historia francesa y literatura. Me impresionaba su conocimiento casi enciclopédico de todo lo relacionado a la moda, desde la “moda rápida” en los centros comerciales de clase media hasta la alta costura en la pasarela.

Pero cuando lo conocí en septiembre de 2018, quise indagar sobre las políticas de la oficina. Por primera vez en sus 125 años de historia, Vogue acababa de publicar una portada realizada por un fotógrafo negro, Tyler Mitchell, quien había sido solicitado personalmente por Beyoncé. Esta era la cuarta portada de Vogue de la cantante, y desde años antes modelos negras ya habían aparecido en las páginas de la revista. ¿Cómo era posible que ninguna persona negra hubiera fotografiado una portada para Vogue?

Lo que aprendí de Talley aquel día fue una breve pero desagradable lección sobre cómo uno de los más grandes conocedores de la elegancia y una de las personalidades más notorias de la moda había sido marginada por la industria que tanto amaba. Así como Talley fue una luminaria y una inspiración, también fue una advertencia sobre lo que significa ser negro, gay y talentoso en el mundo de la moda blanco y de élite: ninguna cantidad de premios, alta costura y amigos influyentes pudieron salvarlo de que nunca fuera realmente aceptado.

Read in English: How the brilliant André Leon Talley got sidelined

Aunque se decía que se había vuelto algo huraño en sus últimos años, Talley accedió con generosidad a ser entrevistado en su casa en Westchester, Nueva York. Salió a recibirme al porche con uno de sus caftanes característicos, que lucía como un estampado de cera africana. Yo llevaba unos pantalones que había conseguido en una tienda de segunda mano y joyas baratas. “Me gusta tu atuendo, cariño”, me dijo. Entré a su casa mientras aceptaba su ofrecimiento de una botella de agua. Como Talley le había dicho una vez a mi colega de The Washington Post, Robin Givhan, el haber crecido como homosexual en el sur profundo de Estados Unidos le había enseñado el poder de los modales impecables.

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Le pregunté directamente a Talley sobre si había utilizado su posición como el hombre negro más visible en subir la escalera de Vogue para hacer presión y que eligieran a un fotógrafo negro para la portada. “Nunca presioné por nada”, me contestó de inmediato. “Vogue no es un lugar donde se pueda ser mandón. Siempre maticé mis puntos de vista, con cuidado y entendiendo que tenía que transitar por un mundo que era, en esencia, de poder predominantemente blanco. No entras allí presionando y diciendo cosas como ‘tenemos que tener una portada hecha por una persona negra’”.

Talley tomó una copia de la edición de septiembre que yo había traído. “Déjame ver”, dijo. “Hay tantas publicidades, demasiados anuncios”, dijo, mientras hojeaba la revista hacia adelante y luego hacia atrás. “¿Sale mi nombre aquí?”. En ese momento, Talley era editor at large de Vogue, pero su nombre no aparecía en las páginas de los créditos, una omisión que me sorprendió darme cuenta que él todavía no había notado. Talley dejó la revista a un lado. Fue un momento triste e incómodo, uno que recuerdo vívidamente hasta el día de hoy.

Talley me permitió utilizar el baño, sin duda una petición atrevida, pues había leído que no le gustaba dejar que la gente entrara mucho en su hogar. La casa resultó estar llena de toda una vida de acumulación de artículos lujosos. Vi ropa, zapatos, adornos de Chanel, Tom Ford, Manolo Blahnik. Pero de alguna manera, el efecto visual acumulativo era casi desordenado. Al final del día, sin importar lo costosas que fueran, las cosas eran… solo cosas.

Pasamos a conversar sobre otros temas. Habló con gran entusiasmo de Diana Vreeland, la legendaria editora de moda con la que había sido aprendiz. Habló sobre Anna Wintour, quien lo nombró como el primer director creativo negro, y sobre cómo él le enseñó muchas cosas sobre la moda —como ella ya ha reconocido— , pero aun así afirmó que “es una mujer colonial”. Soltó algunos nombres de diseñadores famosos: dijo que Tom Ford y Manolo Blahnik eran sus amigos. Sin embargo, también se quejó de haber sido abandonado por muchos. Al vivir solo, dijo que nunca había encontrado el amor. Parecía estar en un estado de melancólica reflexión sobre su vida y carrera.

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“Debí haberme esforzado más para construir mi propia marca, quizás tener una línea de ropa, hacer otros proyectos”, dijo con nostalgia. Se sabía que a pesar de toda su genialidad y su estilismo para las más altas estrellas de la moda, recibía mucho menos dinero que sus contrapartes. Más tarde me enteré que incluso la casa en la que me recibió no era suya, sino que se la rentaba desde 2004 al director ejecutivo de Manolo Blahnik, George Malkemus, quien en 2020 intentó desalojarlo tras alegar que le debía más de 350,000 dólares.

El mundo de la moda siguió siendo cruel con Talley hasta el final, lo que destaca la necesidad imperiosa de que exista mayor equidad en la industria. Su fallecimiento debería impulsar un ajuste de cuentas y una reflexión de parte de quienes lo utilizaron y luego lo marginaron. Y, para todos nosotros, de los peligros de tratar de encajar a toda costa en instituciones que se niegan a ver nuestro valor.

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